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Coctel habanero: Cien anos de perdon | Prostitución en Cuba
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    Coctel habanero: Cien anos de perdon

    SOCIEDAD
    Cóctel habanero: Cien años de perdón
    Raúl Soroa

    LA HABANA, Cuba – Junio (www.cubanet.org) – He estado muchos años sin
    visitar un restaurante estatal. En verdad, más correcto sería decir que
    he estado muchos años sin poder visitar ningún tipo de restaurante, por
    diversas razones. Primero, por el mayorcito de los muchachos, hijo de mi
    esposa de un matrimonio anterior, a quien no teníamos con quién dejar
    para salir a dar un paseo; después vino el pequeño fruto de nuestro
    matrimonio, y las cosas se complicaron más aún.

    Eso, más el trabajo, la rutina… Pero fundamentalmente, por falta de
    recursos. Durante los primeros años de la década del 90 la mayoría de
    los centros gastronómicos cerraron. Los que quedaron con vida ofertaban
    los más insólitos platos: picadillo extendido -léase algo de carne de
    averigua y mucho plátano molido o cualquier otro elemento similar- sólo
    por citar un ejemplo.

    A mediados de la famosa década reabrieron sus puertas la mayoría de los
    restaurantes principales de la isla, pero en divisas, sólo al alcance de
    los turistas extranjeros. Luego legalizaron los paladares, pero comer
    uno de los platos que ofertaban quedaba fuera del alcance de muchos
    cubanos. Algunas de las paladares y cafeterías particulares más modestas
    eran un peligro. Podías estar degustando un delicioso plato de ratas
    asadas como si fuera pollo, tamales de calabaza y aserrín, pizza con
    condones derretidos en lugar del queso. Por lo tanto, mi esposa y yo
    decidimos olvidar que existían restaurantes.

    Hace una semana salimos a dar un paseo, a pleno mediodía. Desafiando un
    sol que literalmente rajaba las piedras recorrimos varias de las tiendas
    en divisas, sólo para mirar y soñar. Luego de caminar por el Malecón y
    contemplar a los sempiternos pescadores con sus carretes, sus anzuelos y
    su loca esperanza de capturar un pez en medio de las aguas turbias,
    contaminadas; a las parejas olvidadas del terrible sol, apretadas contra
    el muro; a un policía oriental derritiéndose a un costado del Hotel
    Riviera, entregado sin mucho entusiasmo a cazar jineteras, decidimos
    entrar a uno de los otrora restaurantes insignia de la capital.

    Al viejo restaurante lo habían restaurado un poco, con mucho mal gusto,
    pero al menos mostraba algo de limpieza y orden. Estaba vacío. Los
    camareros conversaban, sentados alrededor de una mesa. Nadie nos prestó
    atención en los primeros momentos. Necesitamos varios minutos de espera,
    dos o tres llamados cada vez en voz más alta y perentoria, para que una
    muchacha muy joven, rubia, muy bonita, toda una criolla de la mejor
    casta, se nos acercara y con voz neutra y falta de entusiasmo nos
    invitara a sentarnos en una de las mesas. Rápidamente nos trajo la carta.´

    El menú era escaso, pero aún no habíamos terminado de leerlo cuando la
    bella camarera anunció que sólo había pollo frito y arroz blanco. La
    cerveza en pesos convertibles y los pollos costaban tanto que daba pena
    comérselos, y pensamos seriamente conservarlos como una valiosa
    propiedad. Daba pena comerse algo tan costoso.

    Sentados ya sobre el burro, decidimos darle de palos, y pedimos dos
    raciones de pollo y arroz. Después de intercambiar dos o tres bromas con
    la rubia sobre “la cosa” (¿Cómo estaba la cosa? Lo mal que iban las
    cosas, etc.) la camarera entró en confianza, y hablando en un tono bajo,
    con aires de complicidad, nos dijo: “¿Quieren ver la otra carta?” Y,
    maravilla de maravillas, nos mostró una reluciente carta con un
    asombroso menú, distintas variedades de platos con pollo, filete
    uruguayo, arroz congrí, ensaladas, pastas, pescados, postres, etc. No
    podía salir del asombro. La joven, haciendo un gesto muy conocido en la
    isla, nos indicó que era por la izquierda (ilegal) y, muy sonriente, nos
    explicó: “Hay dos cartas, mi chino, la de Fidel y la nuestra”.

    Un restaurante dentro de un restaurante. Resulta que los ingeniosos
    camareros, capitanes, cocineros, administradores, se habían puesto de
    acuerdo. Por un lado cocinaban y ofertaban los productos que les
    suministra la empresa estatal, y por otro lado los productos que ellos
    conseguían por la izquierda, en dependencia del cliente. Con un tacto
    sin igual y una capacidad de análisis psicológico que envidiarían Gustav
    T. Fechner, Wundt y Sigmund Freud, mostraban uno u otro menú.

    “Todos ganamos”, dijo con su bellísima sonrisa. “A Fidel lo de Fidel y a
    nosotros lo de nosotros”. Comencé a provocarla, le hablé de la
    honestidad, de que eso no era legal, etc. Con unos ojos verdes que
    irradiaban, me contestó: “Hay que luchar, mi chino, que la cosa está muy
    mala. ¿Qué tú quieres, que me muera de hambre? Además, ladrón que roba a
    otro ladrón tiene cien años de perdón”.

    Satisfechos por la excelente comida, con los bolsillos seriamente
    dañados, abandonamos el vetusto restaurante, otrora insignia de la
    gastronomía habanera. Todavía conserva el hombre que le pusieron sus
    verdaderos dueños. Sabe Dios por qué lugar de este mundo andan hoy, qué
    ha sido de sus vidas, y pensé en la ironía de la vida. Esa rubia y
    hermosa camarera de alguna forma les hacía justicia. Ella no sabe
    quiénes fueron esos dueños, cómo construyeron ese sitio, con cuánto
    sacrificio lo convirtieron en lo que otrora fue. Ella nació muchos años
    después del 59, sin embargo, de alguna forma les cobraba la mala jugada
    a los que un día, hace ya muchos años, allá por los sesenta, robaron ese
    sitio a sus dueños. Nada, que como dice el dicho: “Ladrón que roba a
    otro ladrón…”

    http://www.cubanet.org/CNews/y06/jun06/12a6.htm

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