Prostitution in Cuba
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    Yo tengo una mina de oro

    Yo tengo una mina de oro’
    De cazador de fortunas en el Oriente cubano a proxeneta en la capital
    del país
    Viernes, julio 14, 2017 | Jorge Ángel Pérez

    LA HABANA, Cuba.- Yariel creyó alguna vez que había encontrado el mejor
    de todos los negocios. Por esos días vivía en un pequeño caserío cercano
    a Moa, en la provincia de Holguín, donde se había desatado una fiebre a
    la que algunos rebautizaron, y con razón, como la del oro. Yariel estuvo
    entre los que contrajeron tal excitación y acompañó a esos que hurgaron
    en el fondo de los ríos, en sus laderas, en cualquier hueco donde
    pudiera estar dormido el metal.

    El muchacho se fue con quienes hincaron las paredes de una cueva junto
    al río, o al más agreste de los sitios. Yariel se hizo compañero de esos
    hombres de cualquier edad, y también de las osadas mujeres que cargaron
    palas, picos e improvisadas escurrideras. Entre estas últimas estaba
    Lisette, la novia de Yariel.

    El joven creyó que la suerte le había tocado a la puerta, que finalmente
    había una razón para creer que el futuro para el oriente cubano sería
    promisorio. Fue un amigo quien le habló del oro que podían encontrar, y
    lo incitó a que hicieran el pequeño viaje, y allá fue, creyendo en la
    fuerza de sus brazos, en sus habilidades, en la suerte.

    Así pasaron la primera semana, durmiendo a la intemperie, pero no
    encontraron al rastros del “dorado” que buscaban, sin embargo los deseos
    se mantuvieron firmes, y soportaron mosquitos, erupciones en la piel,
    algún catarro, y hasta hambre. Yariel volvió con las manos vacías esa
    primera vez. Unos días más tarde volvió con deseos renovados al mismo
    sitio, y como aquellos indios que encontraron los conquistadores en el
    oriente del país, se hincó de rodillas en el río para encontrar la “suerte”.

    En la tercera ocasión la tropa fue mermando. Lisette estuvo entre las
    desertoras, y él creyó que era mejor porque tendría una preocupación
    menos y quizá más suerte. Y tuvo razón porque después de atender a los
    consejos de los más “expertos”, del mejor reconocimiento de la zona, y
    de la trabajosa limpieza del metal se enteró de que había conseguido
    casi tres onzas, y se fue a venderla. Ya tenía un contacto, que le pagó
    setenta y cinco CUC, con los que compró ropa para él y para su novia.
    Con el resto del dinero, bien poco, preparó otro viaje, y al regreso le
    pagaron cincuenta, y luego una suma casi idéntica.

    Y supone que le habría seguido yendo bien, de no ser por el policía que
    decidió extorsionarlo, y al que pagó esa vez, y en otra ocasión. “Si no
    me salvas vas preso”, y pagó, y volvió dos veces más, y en la tercera el
    policía no le creyó que había vuelto sin nada, y por eso lo puso en una
    celda toda la noche, y quizá hubiera estado más si su madre no
    interviene amenazando al policía con hacer una denuncia.

    Yariel tuvo miedo y no volvió más a buscar oro, pero hizo otro viaje.
    Esta vez agarró una mochila con lo poco que tenía y salió a la búsqueda
    de otro “Dorado”. El destino fue La Habana. Aquí están todavía, él y su
    novia, a pesar de las dos deportaciones. Ahora la búsqueda es otra, pero
    el sitio puede ser tan peligroso como el anterior. En aquel trabajo lo
    peor eran las reacciones del mercurio aunque él aprendió a tomar
    precauciones. Ahora Yariel acompaña cada día a su novia a la calle
    Monte. Ella ofrece su cuerpo y sus destrezas eróticas por diez o quince
    CUC, y hace lo que tenga que hacer para conseguirlo, para que sus
    clientes se “envicien”.

    Yariel siempre está muy al tanto, es él quien descubre al posible
    cliente. “Yo sé lo que nos gusta a los machos”, me dice. Es él quien
    estudia el terreno y saca conversación con la “presa”, pero solo si lo
    nota interesado en los atributos de su muchacha. En ese momento sí que
    ataca y asegura, con cierta desfachatez, que ya se la “comió” como tres
    veces, y que vale la pena pagar los quince pesos. Él le abre el camino y
    ella “ataca” luego, hace su parte. Yariel está seguro de haber resuelto
    su vida. “Yo tengo una mina de oro”, asegura, y para que no me quepa
    duda apunta con su índice a la entrepierna de su novia.

    Yariel y Lisette no son excepciones de una regla. Ellos también
    estuvieron buscando su “Dorado”, y solo lo encontraron en la calle
    Monte, muy lejos de esa tierra que vio nacer a los Maceo. Ellos, como
    tantos se ven obligados a migrar, se esconden de la policía porque son
    indocumentados en la capital de su país. “Y no me da la gana de vivir
    allí por un salario de trescientos pesos cubanos”, dice, y asegura que
    ellos ganan diez veces más que una prima que es médico, a quien “salva”
    cuando va por oriente.

    “La miseria nos llevó a esto”, dice, y también que no se siente
    culpable. Asegura que si lo hubieran dejado buscar oro la cosa habría
    sido diferente. “Los demás no son mejores que yo”, y me dice que su
    bisabuelo también se alzó en la Sierra Maestra, luego me hizo una seña
    para indicar que su mujer había terminado con su trabajo. “Voy a ver
    cuánto dio la mina”, y alcanzo a contemplar el beso que él le diera a su
    muchacha, a su mina de oro. Así son nuestras minas de oro, esas que no
    permiten más que la sobrevida.

    Source: ‘Yo tengo una mina de oro’ CubanetCubanet –
    www.cubanet.org/opiniones/yo-tengo-una-mina-de-oro/

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