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    A dónde fue a parar el hombre nuevo?

    ¿A dónde fue a parar el hombre nuevo?
    Los insospechados ‘héroes’ de la Cuba de hoy
    Lunes, abril 17, 2017 | Jorge Ángel Pérez

    LA HABANA, Cuba.- Yo no había cumplido los dos años cuando el argentino
    Ernesto Guevara escribió a Carlos Quijano, director del semanario
    uruguayo Marcha, esa carta que se conocería luego como El socialismo y
    el hombre en Cuba. Cincuenta y dos años transcurrieron desde que en
    Montevideo se hicieran públicas esas cuartillas que intentaron explicar
    las posibilidades de “evolución”, que tendría cualquier sujeto que
    pasara sus días en una sociedad empeñada en construir el socialismo.

    En un viaje por África inició Guevara esos apuntes que luego vaciaría en
    una epístola que hizo viaje hasta Uruguay, y en la que el otrora
    guerrillero se muestra obsesionado con la construcción de una sociedad
    diferente, y habitada por individuos tan nuevos como esa “casa” soñada.

    Muchos años transcurrieron y no pude dar con ese proyecto de hombre.
    Supongo que estuve torciendo el camino en medio de tanta búsqueda.

    Confieso que lo he perseguido, aunque no con el mismo empecinamiento de
    Diógenes el Cínico, aquel filósofo que en la antigüedad griega estuvo
    hurgando, sin sosiego y ayudado por una lámpara, en cualquier señal que
    le hiciera descubrir a un hombre. Este Diógenes tampoco lo encontró,
    pero al menos tuvo la suerte de que se le plantara delante un Alejandro
    Magno que creyó que el harapiento sabio reconocería su grandeza; lo que
    no ocurrió, y Diógenes siguió buscando, como yo…

    Y así ando todavía, empeñado en conocer al hombre nuevo del que habló el
    guerrillero argentino. Un hombre que debía emerger de una revolución, de
    una sociedad “recién fundada”. Y fueron muchos los que al principio
    creyeron que ese nuevo hombre estaba entre los que bajaron de esas
    sierras del oriente cubano luciendo largas y hermosas cabelleras, y
    barbas muy pobladas, y collares de semillas ensartadas. Y no fueron solo
    los “revolucionarios” cubanos los que creyeron tal cosa; a ellos también
    se le sumaron casi todas las izquierdas del mundo.

    Ese hombre debía ser el paradigma, el espejo en el que se fijara el
    “resto”, y quizá fue eso lo que ocurrió, y en unos meses desaparecerían
    las barbas, las melenas, y hasta los collares, y estos hombres, los
    paradigmas, comenzaron a lucir como otros que ya conocíamos, y a vivir
    de idénticas maneras que los anteriores y en sus mismas casas, y a decir
    usando formas peores, y sobre todo sin hacer consultas, sin permitir
    disentimientos, sin oposiciones.

    El hombre nuevo fue entonces a la plaza para escuchar largas arengas y
    las mismas preguntas: “¿Están de acuerdo? ¿Alguien se opone?” Y muchos
    serían los que gritaron que si estaban de acuerdo, que no se oponían, y
    tan alto gritaron que pareció un grito unánime, la masa unida en un solo
    grito, un grito irrevocable y sin rupturas, una voz que no tenía
    disidencias. El pueblo fue una sola voz, el pueblo adoptó un tono
    idéntico, al menos en apariencias, al hombre con el que soñó el Che
    Guevara. Y fue entonces cuando el hombre nuevo comenzó a perder su
    individualidad. Así comenzó todo, cuando ese hombre dejó de ser un
    individuo y se convirtió en “masa” o en “maza”.

    Y pobre suerte tocó a quienes no renunciaron a sus estrenados pelos
    largos y a los que ajustaron a su piel las telas de sus pantalones;
    pobres los que escucharon más allá de Carlos Puebla. De la noche a la
    mañana las canciones de Elvis Presley fueron sustituidas por el Himno
    del 26 de Julio o el de la Alfabetización. Y Virgilio Piñera fue odiado
    por aquel que inventó al hombre nuevo. Ese mismo inventor argentino
    lanzó alguna vez un libro del dramaturgo al aire, allá en Argelia, y
    hasta preguntaría quien se atrevía a leer allí a “ese maricón”.

    Resulta que el “maricón” no era un hombre nuevo. Así renovaba el
    discurso machista el perpetrador de ese ente idealista. Y ese ser
    novísimo dejó de leer a Piñera; ni chistó cuando los maricones fueron
    encerrados en campos de concentración, porque creían que todo se hacía
    con el deseo de construir a ese individuo distinto, aunque a muchos les
    pareciera demasiado ajeno.

    Cansado de ese hombre nuevo del que hablaba el socialismo cubano, y
    cansado de que el “héroe” de Santa Clara defendiera con su discurso a un
    hombre que ideara el mismo, me propuse insistir en esa búsqueda, y tal
    persistencia me llevó a descubrirlo. Y encontré a ese hombre no en un
    ideal si no en un designio.

    Y empecé a ver a un hombre diferente, renovado en el discurso y en la
    manera de hacerlo. Fue así que creí encontrar un hombre nuevo mientras
    escuchaba a la hija de Guevara. Ella ostentaba una breve disensión,
    sobre todo si recordábamos la manera de hablar de los cubanos. La
    doctora Aleida Guevara March, perdió la cadenciosa sabrosura del habla
    de las cubanas. Esta pobre mujer se decidió por la cadencia italiana que
    tiene el español que hablan los argentinos. ¿Acaso era una cubana
    renovada y nueva? No lo creo, a menos que veamos también heroicidad en
    esas jineteras que hablan como su novio español o con la misma dureza de
    su viejo alemán.

    Yo vi también a ese hombre, no en el cuerpo de ese gigante resuelto que
    soñó el “discurso revolucionario”. Lo miré en un hombre mínimo, que
    puede ser hasta escurridizo, timorato. Puedo verlo en el hombre que
    tiene miedo, como aquel Virgilio ante un Fidel que dirigía unas palabras
    a los intelectuales en el inicio mismo de la revolución. Y también lo
    percibí en el joven que pasa toda su adolescencia soñando con una
    computadora o una tableta y termina conformándose con una memoria de
    quince gigas para grabar el “paquete”, cincuenta y dos años después de
    que el Che escribiera aquella carta.

    Y hasta he conseguido descubrir al hombre nuevo en aquel que pone flores
    al retrato de un padre al que apenas conoció porque resulta que su
    progenitor murió en Angola, y no pudo pasar con él ni siquiera un verano
    en alguna playita cubana. Descubrí a ese hombre en el sufrimiento de un
    jovencito que sufrió mucho tras enterarse de que su padre había muerto
    ahogado en el Estrecho de La Florida, ese niño que ya reconoce que su
    papá no podrá reclamarlo, que perdió la esperanza de dejar de ser un
    ciudadano cubano. Y yo me preguntó si habrá algo peor, para quienes
    soñaron con una sociedad y un hombre renovados, que ese niño que sueña
    con ser ciudadano de otro país.

    Hay familias cubanas que tienen hasta un hombre nuevo por generación, y
    yo conozco tres generaciones de héroes en una misma familia. El primero
    de ellos volvió en urna pequeñita; allí lo metieron después de que
    muriera defendiendo, en África, alguna causa extraña. El hijo de este
    hombre que volvió muerto tuvo también un comportamiento heroico. Cuando
    lo “invitaron” a pelear en el mismo continente en el que murió su padre
    dijo que no, que él no quería volver en una urna, que no quería que su
    madre y su esposa reverenciaran unos restos que podrían no ser los
    suyos, y que él se moriría en Cuba, junto a los hijos que iba a tener.
    Solo tuvo uno; y este es el tercero de los héroes de esa familia, y a
    quien el padre jamás le pregunta de dónde saca tanto dinero, porque sabe
    que su hijo le nació bien lindo. El muchacho se fue de su casa porque no
    quería trabajar la tierra por tan poco dinero, y ahora vuelve cada vez
    con los bolsillos llenos; resulta que es un pinguero de éxito, otra
    manera de ser un hombre nuevo.

    ¿Qué habría pensado Guevara de este último? ¿Lo habría tenido por hombre
    nuevo? Quizá no, como tampoco yo tengo por héroe a esos desfachatados
    hijos de papá que pasean por Turquía, compran en tiendas neoyorquinas, o
    se divierten escandalosamente con Gente de Zona; pero tengo una mirada
    benévola para el que volvió de alguna “misión” infectado por el VIH,
    aunque contagiara a unos cuantos en esta isla de hombres nuevos.

    El hombre nuevo puede tener también un nombre de mujer; podría ser un
    travesti o quizá un transexual, o una de esas mulas que vienen cada
    semana a revender la ropa que compraron antes, por precios ínfimos, en
    cualquier islita del caribe; y quienes, a pesar de las ganancias que
    disfrutan, prefieren no sufragar los gastos de la Federación de Mujeres
    Cubanas, que no las considera trabajadoras.

    Estos y estas son hombres nuevos. No andan procurándose cargos y
    responsabilidades que sirvan para probar sus fidelidades. Saben que la
    mejor “bondad” es saber que han cumplido el deber de protegerse, y de
    hacerlo también con sus hijos o con sus padres. A fin de cuentas, estos
    hombres nuevos también una época heroica, y de sacrificios
    excepcionales. Ellos son nuestros hombres nuevos.

    Source: ¿A dónde fue a parar el hombre nuevo? CubanetCubanet –
    www.cubanet.org/opiniones/donde-fue-parar-el-hombre-nuevo/

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