Prostitution in Cuba
We run various sites in defense of human rights and need support to pay for more powerful servers. Thank you.
Archives
Recent Comments

    Cortesanas de la utopía

    Cortesanas de la utopía
    El castrismo prohibió la prostitución por ser algo propio del
    capitalismo, pero ésta simplemente transformó su formato. Primero,
    sobrevivió a cambio de poder e influencias: después, el dinero volvió a
    la ecuación. La penuria hizo el resto
    YOANI SÁNCHEZ, La Habana | Marzo 11, 2017

    Una prostituta envejecida es como un libro con páginas ajadas que
    describe la vida de una nación. Un manual de sobrevivencia para
    acercarse a los vaivenes de la realidad, aprender su parte más carnal y
    por momentos sórdida. Muchas de las cortesanas de la utopía en Cuba ya
    son octogenarias. Pasaron de acariciar el pecho de sus ídolos barbudos a
    que la artritis las azote en las largas filas para comprar el pan.

    Hace más de medio siglo en esta Isla se decretó el fin del intercambio
    de sexo por dinero. Nadie, nunca más, vendería su cuerpo por un poco de
    comida, por una posición social o un mejor empleo. Las putas eran cosa
    del pasado capitalista y en el país que se encaminaba a la utopía no
    había espacio para tal debilidad. Tenían que transformarse en
    milicianas, en trabajadoras destacadas e intachables madres del hombre
    nuevo.

    Pero la prostitución, ¡ay!, siguió existiendo. Como la lotería que se
    sumergió en la ilegalidad tras ser proscrita y los chistes contra el
    Máximo Líder que se protegieron en los susurros, el oficio más viejo del
    mundo se rodeó de sombras. Los clientes ya no eran nacionales con unos
    pocos pesos para gastarlos en el burdel más cercano, ni marineros
    deseosos de recuperar en el trópico los largos días de continencia en
    altamar.

    Las putas eran cosa del pasado capitalista y en el país que se
    encaminaba a la utopía no había espacio para tal debilidad
    En lugar de eso, la meta de las cortesanas socialistas era terminar en
    el lecho con un guerrillero bajado de la Sierra Maestra, capturar a
    algún jerarca del Partido Comunista o liarse con un ministro que le
    proveyera de carro, viaje al extranjero o casa. El dinero en efectivo no
    participaba en la operación. Ella daba caricias y él devolvía poder.
    Eran los años de la poligamia revolucionaria en que un comandante que se
    respetara necesitaba tantas queridas como medallas.

    El proxeneta se transformó. Proliferaron los jefes de protocolo que
    conectaban a estas dedicadas compañeras con los visitantes extranjeros
    invitados por la Plaza de la Revolución. Con ropa ajustada amenizaban
    las fiestas donde guerrilleros latinoamericanos intercambiaban copas con
    etarras, líderes sindicales y diplomáticos de Europa del Este. Ellas
    reían y flirteaban. Una Revolución es puro amor, pensaban ellos.

    La caída de la Unión Soviética ocasionó un cataclismo en aquellas camas
    donde se intercambiaban sudor e influencias, semen y privilegios. Con el
    fin del subsidio llegado desde el Kremlin y las reformas económicas que
    el oficialismo se vio obligado a hacer, el dinero recuperó su capacidad
    de convertirse en bienes, servicios y caricias. La nueva generación de
    prostitutas había leído a Carlos Marx, declamado a Nicolás Guillén y
    echado flores al mar tras la desaparición de Camilo Cienfuegos. Eran, al
    decir de Fidel Castro, las más cultas del mundo.

    La nueva generación de prostitutas había leído a Carlos Marx, declamado
    a Nicolás Guillén y echado flores al mar tras la desaparición de Camilo
    Cienfuegos. Eran, al decir de Fidel Castro, las más cultas del mundo
    El turismo internacional entró a mediados de los años noventa con sus
    bebidas enlatadas, sus hoteles prohibidos para nacionales y sus damas de
    compañía rebautizadas como jineteras. La propaganda oficial había
    vociferado por todo el mundo que Cuba fue, antes de enero de 1959, “el
    burdel de los americanos”, pero chocó entonces con la evidencia de que
    la Isla se erigía como el prostíbulo de europeos y canadienses.

    Eran los años del remate, de los precios ridículos. Un jabón, un pomo de
    champú o un par de zapatos bastaban para pagar los favores de estas
    jóvenes que habían sido formadas para habitar el futuro y terminaban en
    la cama con un hombre que les triplicaba la edad y del que ni siquiera
    sabían pronunciar el nombre. El sueño que acariciaban muchas de ellas se
    resumía en un contrato de matrimonio, la emigración y una nueva vida
    lejos de Cuba.

    Hoy, muchas de aquellas gráciles cortesanas -que inundaron con
    vestimenta colorida las afueras de las discotecas- se han transformado
    en madres o abuelas que pasean a su prole por un parque en Milán, Berlín
    o Toronto. Con sus pensiones compran apartamentos en la Isla y regresan
    dispuestas a pagar por un amante joven que suspire ante el pasaporte con
    la nueva nacionalidad que ellas adquirieron con el sudor de su pelvis.

    Son las supervivientes airosas de una dura batalla, pero otras solo
    lograron una enfermedad venérea, largas noches en los calabozos y el
    trato de groseros clientes que regateaban hasta el último beso.

    La respuesta oficial contra las jineteras se concentró en la represión.
    Detenciones, condenas a prisión y deportaciones forzadas hacia su
    provincia de origen fueron algunos de los rigores que debieron sortear
    estas trabajadoras del sexo. El chulo cobró importancia en la misma
    medida en que la calle se volvió un riesgo. Ahora, muchas aguardan en
    una habitación, ellos consiguen al cliente, cobran el dinero y
    administran sus vidas.

    Los conocidos pingueros no resultaban tan mortificados por la policía en
    un país donde la tradición machista no estigmatiza igual a la mercancía
    que viene empaquetada en cuerpo de mancebo
    Floreció también la prostitución masculina. Los conocidos pingueros no
    resultaban tan mortificados por la policía en un país donde la tradición
    machista no estigmatiza igual a la mercancía que viene empaquetada en
    cuerpo de mancebo. Ellos logran burlar la vigilancia y llenan cada
    espacio del territorio nacional donde el acento delata a un visitante.
    Pueblan el muro del Malecón, muestran sus endurecidos bíceps en las
    playas más turísticas y la mayoría ofrece un servicio unisex que duplica
    sus posibilidades y amplía sus ingresos.

    Porque el dinero, ¡ay!, siguió comprando cuerpos. Mucho más en un
    momento en que una nueva clase emerge a tropezones entre los despojos
    económicos. Los nuevos ricos no llevan uniforme militar, sino que
    regentan restaurantes privados o administran una empresa mixta. De la
    mano de ellos el cliente nacional se ha vuelto a colar en la foto de la
    prostitución cubana.

    El incremento de las desigualdades sociales y el boom turístico que ha
    vivido la Isla desde el comienzo del deshielo diplomático entre La
    Habana y Washington han potenciado también el mercado carnal. En 2016 el
    país alcanzó la cifra récord de cuatro millones de visitantes
    internacionales. Los más solicitados vuelven a ser los clientes llegados
    del país del Norte, esos yumas que la propaganda oficial creyó haber
    extirpado de los burdeles.

    Estas mujeres se lanzan a los brazos de los turistas porque “no pueden
    cubrir las necesidades básicas de alimentación, vestido y calzado”
    En el reciente Simposio Internacional Violencia de Género, Prostitución,
    Turismo Sexual y Trata de Personas realizado en enero pasado en La
    Habana, un investigador del Ministerio del Interior reveló cifras
    alarmantes. De un grupo de 82 prostitutas que estudió la mayoría eran
    “mestizas, seguidas por blancas y negras, provenientes de familias
    disfuncionales y permisivas, que viven en condiciones de hacinamiento”.

    Estas mujeres se lanzan a los brazos de los turistas porque “no pueden
    cubrir las necesidades básicas de alimentación, vestido y calzado”. Una
    de cada tres se inició en el oficio antes de los 18 años y “cobran entre
    50 y 200 dólares”, en dependencia del servicio que brinden.

    No buscan lujos, sino migajas. Son las nietas de aquellas cortesanas que
    jadeaban entre consignas y privilegios.

    Nota de la Redacción: Este texto ha sido publicado este sábado 11 de
    marzo en el diario español El País .

    Source: Cortesanas de la utopía –
    www.14ymedio.com/internacional/Cortesanas-utopia-prostitucion-Cuba-cubanas-prostitutas-Gobierno-Castro_0_2178982086.html

    Print Friendly

    Leave a Reply

    Your email address will not be published. Required fields are marked *