Prostitution in Cuba
We run various sites in defense of human rights and need support to pay for more powerful servers. Thank you.
Archives
Recent Comments

    Mitos de la Antigua Cuba

    Mitos de la Antigua Cuba
    JORGE SALCEDO | Boston | 4 de Diciembre de 2016 – 14:19 CET.

    En la mitología de la Antigua Cuba, a Fidel Castro, el dios de la
    Revolución, se lo representa como un joven guerrero empuñando un fusil
    de mira telescópica, saltando de un tanque de guerra o avanzando sobre
    la tribuna, la diestra en alto, el índice extendido, conduciendo,
    instruyendo o amonestando a los cubanos.

    En el reino vegetal, se lo asocia con el caguairán, árbol autóctono, de
    madera muy recia, también con el cocotero, el marabú y la guayaba. Entre
    los animales, se le consagran el caballo, las vacas ubérrimas, el cerdo,
    la rata y los tiburones. Se lo invoca popularmente con los números uno,
    13, 26 y 59; aunque sus cifras secretas son el cero, el infinito y el
    número ocho. Sus colores distintivos son el rojo, el negro, el verde y
    el verde oliva, generalmente combinados en pares alternos: rojo y negro,
    verde y rojo.

    Fidel aparece en varios cultos universitarios como una encarnación de la
    Justicia Social, la Revolución Socialista, la Revolución y la Soberanía
    de los Pueblos. La doble asociación con la Revolución Socialista y la
    Revolución a secas probablemente se deba a la contaminación mitológica
    del culto fidelista con cultos anteriores o contemporáneos al suyo que,
    al igual que el cristianismo, el comunismo y el fascismo, influyeron
    decisivamente en la religiosidad latinoamericana.

    En algunas tradiciones tropicales y subtropicales, Fidel aparece como
    alegoría de nociones abstractas del siglo XX tardío, principalmente del
    Tercermundismo y la No-Alineación (o No-Alimentación, dependiendo de la
    fuente), que no tuvieron continuidad.

    De sus relaciones con Mirta, Natalia y Dalia, nacieron sus hijos
    mortales; de sus relaciones con Hatuey, Céspedes, Maceo y Martí,
    nacieron los cubanos; de su relaciones con la prensa, nació la
    Revolución. También se le atribuye la paternidad de Daniel, Hugo, Dilma,
    Evo, Cristina, Rafael y otros dioses menores de la Gran Amazonía.

    Innumerables leyendas y episodios bélicos dan cuenta de la astucia y
    valentía de Fidel, rasgos que algunos historiadores, sobre todo los más
    jóvenes, reclaman también para la figura histórica. En batalla desigual,
    Fidel destronó al tirano Batista, erradicó las plagas de analfabetismo,
    cerdos y vacas que asolaban los campos de Cuba, y las de prostitución y
    edificios, que asolaban sus ciudades. Pero su hazaña mayor fue la
    expulsión de los yanquis. Los “yanquis” fue el sobrenombre que Fidel dio
    a los súbditos y asociados del Imperio, su principal enemigo. Fidel
    enfrentó y derrotó a los yanquis en todos los rincones del mundo —el
    Caribe, Centro América, las selvas asiáticas y africanas, el Medio
    Oriente, los Andes, Hollywood y Naciones Unidas—. También frustró sus
    más de 600 intentos por recuperar las empresas que les había confiscado.

    Mención aparte merecen los incesantes y peculiares enfrentamientos de
    Fidel con los gusanos —un caso mitológico único—, pues él vivía
    obsesionado con esta plaga que brotaba sin cesar de la tierra,
    probablemente a causa de la humedad del trópico y de la fertilidad de su
    suelo. Fidel derrotó a los gusanos en tantas ocasiones y de tan diversos
    modos que aquella guerra, en un comienzo cruenta y riesgosa, se
    convirtió con el tiempo en una fastidiosa rutina. Las invariables y
    contundentes victorias de Fidel contra Batista, el Imperio y los gusanos
    le ganaron el epíteto de “Nuestro Invicto Comandante en Jefe”, y su
    culto se extendió a todos los rincones del mundo.

    Fidel tenía el don de la locuacidad y el poder de la magia. Su presencia
    emanaba un magnetismo tan intenso que perturbaba las telecomunicaciones,
    la órbita de los satélites y la estabilidad del planeta. Su palabra
    podía aniquilar ciudades, borrar industrias, tradiciones artísticas y
    periodos históricos, con todos sus eventos y personajes célebres
    incluidos. Con su sola presencia, hacía aparecer y desaparecer a Cuba,
    in situ o en otras partes, por lo que muchos estudiosos insisten en
    considerar a ese país como un atributo suyo. La hipótesis no es
    descabellada. En las excavaciones realizadas en los estratos rocosos de
    la Isla que corresponderían a la dinastía castrista, se han encontrado
    restos de fortificaciones españolas adornadas con plomo, carrocerías
    inmaculadas de autos americanos, fusibles gigantescos de televisores
    URSS, pero ninguna evidencia material de los cubanos.

    A Fidel se le atribuyen los milagros de la educación y la salud
    gratuitas, la mortalidad infantil negativa (-255 cubanos por cada 1000
    nacidos vivos) la apertura de las aguas del Golfo y el generoso desvío
    de las tormentas tropicales hacia su propio territorio —para evitar,
    según decía, víctimas en los países más pobres, todos bajo su
    protección—. En Haití se le considera un dios fuerte, y se le guarda el
    mayor respeto.

    Cuenta la leyenda que, al morir, Fidel Castro tenía 900 años. A sus
    funerales asistieron todos los hombres y mujeres honrados del planeta,
    excepto Barack Obama. La ceremonia, multitudinaria y austera, fue
    organizado por Raúl Castro, su hermano, y por Bernarda Alba, una hermana
    de la orden franciscana social. Llevaban llorándolo 33 días y sus noches
    cuando, de repente y a la vista de todos, el cuerpo inmortal de Fidel se
    desprendió de su cadáver y ascendió hacia lo alto a través de un pasaje
    hacia lo desconocido, que los allí presentes describieron entonces como
    una “súbita y espléndida pirámide de cristal”, un “torbellino de
    palabras gastadas” o “un rabo de nube de cono invertido”. Aquel cuerpo
    inmortal de Fidel, visible e invisible como el vapor de agua que
    asciende del asfalto, era también la imagen viva del guerrillero
    glorioso que entró en La Habana c. 1960.

    Anonadados, aunque no sorprendidos —él los tenía acostumbrado a estas
    cosas—, los cubanos presenciaron la ascensión de Fidel como quien ve el
    cumplimiento de una vieja profecía, su cuerpo luminoso hecho uno con el
    Sol, la estrella principal y la más cotidiana, la más cercana y la más
    cálida. Nadie reparó en su cuerpo mortal, consumiéndose en el suelo como
    un fuego fatuo.

    Raúl recogió las cenizas mortales de su hermano, las depositó en un
    cofre de cedro, se ató el cofre a la cintura y fue arrastrándolo
    penosamente por los pueblos y ciudades del país hasta llegar a Santiago
    de Cuba, en una peregrinación que duró nueve meses, seis horas y tres
    minutos. En el cementerio de Santa Ifigenia, tomó en sus manos las
    cenizas de Fidel, las mezcló con los restos mortales de Martí, y musitó
    para la Historia: “De aquí, ciudad de héroes, saldrán los nuevos
    inmortales. De aquí, ciudad gloriosa, saldrán los nuevos cubanos”. Pensó
    añadir un exaltado “¡Patria o muerte!” y “¡Hasta la victoria siempre!”
    para animar a los presentes, pero, por primera y única vez en su vida,
    le ganó un extraño deseo de no repetir a los otros.

    Los habitantes de la Cuba actual viven una existencia regalada,
    tranquila, más o menos burguesa; sin objetos, ritos, monumentos ni
    símbolos que aludan a los mitos de la Antigua Cuba. Pero, si les
    preguntan, ellos aseguran que Fidel Castro está allí, en lo más alto,
    como siempre, iluminando sus vidas, y que sienten su presencia todos los
    días del año; especialmente en agosto, mes oficial de su culto, cuando
    le elevan encendidas plegarias, himnos y alabanzas.

    Source: Mitos de la Antigua Cuba | Diario de Cuba –
    www.diariodecuba.com/cuba/1480738425_27153.html

    Print Friendly

    Leave a Reply

    Your email address will not be published. Required fields are marked *