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    Fin del duelo – los habaneros vuelven a sonreír sin levantar sospechas

    Fin del duelo: los habaneros vuelven a sonreír sin levantar sospechas
    09 de diciembre de 2016 – 14:12 – Por IVÁN GARCÍA

    El duelo impuesto por el Gobierno durante nueve días solamente consiguió
    que la gente se escondiera para beber alcohol y realizar otro tipo de
    actividad cotidiana

    LA HABANA.- El calor regresó a la ciudad junto al reguetón, la bulla y
    el alcohol. No hay nada que moleste más a Danay, 26 años, que las gotas
    de sudor deslizándose por sus mejillas, mezclado con el insoportable
    olor a querosene de los autos antiguos utilizados como taxis en La
    Habana y el escandaloso reguetón del Micha tronando en sus oídos.

    “Vírate al revés, apretadita y en puntilla de pie”, resuena la voz ronca
    del Micha, un exmarginal reconvertido en cantante, en el equipo de audio
    de Luis Alberto, 56 años, taxista privado que conduce doce horas
    diariamente un híbrido automovilístico: carrocería de Chevrolet de 1948,
    motor de Mercedez Benz alemán, banda de freno japonesa y caja de
    velocidad de Hyundai sudcoreano.

    “Cómo extrañaba la bulla y la sandunga de los cubanos. En estos nueve
    días de duelo, La Habana parecía una funeraria gigante. De truco. No se
    vendía ron y si te veían tomando cerveza eras un pichón de
    contrarrevolucionario”, expresa Luis Alberto, mientras intenta driblar
    la colección de baches de la calles capitalinas.

    De los cinco pasajeros que viajan en el auto nadie habla de Fidel
    Castro. Ni del duelo nacional. Zulema dice que sacaron bolsas de pollo a
    veinticuatro fulas cada una en el mercado de Carlos III y cuenta cómo
    administra los pollos.

    “Sí los pongo en el congelador mis hijos y mi esposo, que comen como
    anormales, se los jaman en una semana. Pongo cinco postas de pollo en un
    “nailito” dentro de la nevera. El resto los guardo en un freezer que
    tiene candado”, le explica al pasajero a su lado, un negro con pinta de
    deportista que viaja con la cabeza encogida en la parte trasera del auto
    y solo sabe asentir, sin opinar.

    Un joven con un peinado estrafalario vive en otra dimensión. Escucha con
    unos audífonos inalámbricos a Jay Z a decibeles elevados. No participa
    del debate cotidiano de los habaneros sobre la falta de dinero, comida e
    incertidumbre en el futuro.

    Solo mira por la ventanilla del auto y a ratos con un paño limpia la
    pantalla de su reluciente Samsung Galaxy 7. A los veinte minutos de
    viajes Danay estalla.

    El calor, los goterones de sudor que le estropean el maquillaje, el
    reguetón a todo volumen y el humo del cigarrillo del chofer, un
    cigarrillo tras otro, como Marlon Brando en la saga de El Padrino, la
    perturban: “Por favor, usted puede bajar esa música y dejar de fumar”.

    El taxista la mira como a un extraterrestre y responde. “Nena, aunque no
    lo parezca el carro es mío. Si estás de mal humor, puedes bajarte.
    Apuesto cualquier cosa que tu novio te dejó”, y todos se ríen.

    Me quedo con esa imagen. La risa. En los últimos nueve días, sonreír era
    sospechoso. Los habaneros caminaban como zombis, solemnes y cabizbajos.

    Cuando hablaban sobre Fidel Castro ponían a echar andar ese reproductor
    automático que muchos cubanos llevan dentro: “El estadista más grande
    del siglo XX, el comandante invicto, el hombre que escapó a más de 600
    atentados de la CIA”. Así por el estilo. Los comentarios eran réplicas
    de la jerga oficial.

    La gente bebía ron a hurtadillas, la bulla se apagó y un silencio que
    daba más miedo que sosiego se esparció por toda la ciudad. Los que
    gustaban de hacer cuentos de Pepito en las esquinas, donde Fidel Castro
    era el centro de la broma, aplazaron los chistes hasta nuevo aviso.

    Los bares privados solo vendían refrescos, maltas, batidos de frutas y
    hamburguesas. Ni mojitos ni vino. “Tú estás loco, brother, si me cogen
    los inspectores me quitan la licencia”, el dueño del bar le dice en voz
    baja a un cliente. Pero antes de cerrar, mira de un lado a otro, y a los
    que quedan en el bar les ofrece un trago de ron añejo: “Éste va por la
    casa, para que celebren lo que quieran celebrar”.

    Y es que la muerte de Fidel Castro apagó de golpe el costumbrismo, los
    pregones callejeros y ese lenguaje sabroso y desenfadado de los cubanos.
    Aunque Cuba es un juego de espejo.

    Por debajo de las alcantarillas se apostaba a la bolita y se jugaba a
    las cartas o bacarat en los casinos clandestinos conocidos como burles.
    Las jineteras ‘trabajaron’ exclusivamente a domicilio.

    “En esos nueves días de velorio nacional no era prudente jinetear por
    los alrededores de los bares particulares y las discotecas”, subraya
    Zaida, que el lunes volvió ‘pal’ fuego’. “Los clientes tenían hambre. El
    duelo terminó a las 12 de la noche del domingo 4 y enseguida empecé a
    tener solicitudes. Es que los hombres estaban tensos”.

    Veinticuatro horas después de que las cenizas de Fidel Castro fueran
    colocadas por su hermano Raúl dentro de una enorme roca que según dicen
    fue traída de la Sierra Maestra, en el cementerio santiaguero de Santa
    Ifigenia, a 900 kilómetros de La Habana, a la capital regresó el choteo,
    la bulla y los borrachos volvieron a descorchar las botellas.

    El reguetón a todo volumen no podía faltar.

    Source: Fin del duelo: los habaneros vuelven a sonreír sin levantar
    sospechas | Cuba –
    www.diariolasamericas.com/america-latina/fin-del-duelo-los-habaneros-vuelven-sonreir-levantar-sospechas-n4109774

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