Prostitution in Cuba
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    Ciudad underground

    Ciudad underground
    8 noviembre, 2016 8:03 pm por Alberto Alberto Rodríguez López

    Alamar, La Habana, Alberto Rodríguez, (PD) Amanece en La Habana y los
    que pueden abrir los ojos lo hacen. Salen de sus nichos poblados de
    cucarachas y rajados. El peligro del derrumbe se deslizó en el sueño o
    la pesadilla hambrienta. Mejor pasar de la vida a la muerte sin sentirlo.

    La vecina baldea sobre lo mismo y tose un viejo al que le dicen Catana
    en pos de su penúltima afeitada. Catana, ya lo sabe usted, es el
    paradigma del viejo conocido.

    Salimos al mundo bullicioso con un poco de café en las tripas. Y
    mascullamos la próxima desgracia mientras el último de los mohicanos,
    con su hacha tomahawk con banderita cubana, grita de corrido “viva el
    socialismo próspero sostenible”, y sale a recoger el dinero de la
    lotería municipal.

    Con suerte, asaltamos la guagua del tipo Yutong o híbridos catarrientos.
    Con suerte nos atropellamos y no nos damos de trompadas. Con un poco más
    de suerte, viajamos apretados con un grupo de estudiantes de
    preuniversitario que hacen el recorrido agradable. Cantan reguetón,
    moviéndose a su ritmo. Huelen a perfume caro y tienen hálito de alcohol
    mañanero. Comentan, entre paradas, para tomar aliento, a cómo está el
    precio en oferta de la prueba que se acerca.

    El chofer sube su música, que canta “Cuba qué linda es Cuba…” y alguien
    grita: “apaga esa mierda”.

    En el centro de trabajo nos espera la infusión de caña santa, un arreglo
    de la dirección y el sindicato para calmar los nervios y matarnos por
    hipotensión.

    Nos enteramos que ha muerto Soledad. Tenía 54 años. Fue al médico al que
    llaman PM, debe ser por aquello de potencia médica, que sabiendo que es
    el corazón, le recetó diuréticos y calmantes. Soledad, ya lo sabe usted,
    es el paradigma de la víctima conocida. Para no andarnos con menudencias
    resaltando el folletín, Soledad tenía su joven hijo en Valle Grande.
    Penando, en espera de juicio oral y ni el mismo fiscal sabe de qué
    manera y mediando qué artilugio hará las conclusiones acusatorias.

    Alguien decidió enterrar a Soledad lo más rápido que se pueda. Su ataúd,
    igual al que nos toca a todos por mandato, es bajado verticalmente por
    la escalera de la funeraria. El elevador no funciona por un apagón no
    programado.

    En el cementerio llueve. Las lágrimas se confunden con la lluvia. El
    hijo llega esposado, cuando cierran la lápida.

    Antes de entrar otra vez a nuestros nichos rajados, el último de los
    mohicanos, tarareando su canción protesta, se nos acerca y nos propone
    picadillo de los niños, a tanto la libra, o pescado de dieta, a más
    cuanto el kilo. No tenemos para eso, decimos. O quizá no lo decimos.
    Callamos o desconfiamos del mohicano.

    En la noche, rezamos a cualquier santo que haya sido constructor:
    Respetuosamente te pedimos, mi santo, que este edificio del siglo de los
    tibores de palo no se raje más. No queremos morir aplastados. Bis.

    Catana tose antes de apagar su pupila insomne con una cajita de planchao
    a la distancia de su brazo.

    La ciudad underground vive su segunda vida mientras intentamos dormir.
    Salen las jineteras de la noche en busca del corcel que pague el
    alquiler, los zapatos Gucci y ropa Chanel de una boutique de París. La
    marca Mango no. Suena a fruta de aquí.

    En los cafés la música de los cincuenta retumba descascarando las
    paredes y los papelitos de droga se pasan de mano en mano. Muere un
    chulo de cadena de oro por una puñalada advertida, y los colegas lo
    velan esperando que llegue el patrullero que duerme salvando su pellejo
    en la esquina más oscura. Ya lo sabe usted, nuestro proxeneta, es el
    paradigma del hombre nuevo en busca de la libertad sexual y del trabajo
    por cuenta propia.

    Con suerte no contactan las rajaduras que harían colapsar el edificio
    histórico. Con un poco más de suerte, no hemos muerto. Nos salvamos, por
    un pelo canoso, de no visitar Colón y quedarnos en la más democrática de
    las instituciones socialistas: la bóveda colectiva.

    De cinco en cinco podemos, con mucha suerte, rememorar nuestras
    aventuras mañaneras de la trasportación pública en la bóveda socialista.
    Bailar reguetón, ofendernos con palabras de muertos, códigos
    descifrables solo en la frialdad del camposanto. Darnos cuenta que tanto
    estudio y compras de pruebas para sacar exámenes, de nada vale en la
    claustrofobia de nuestros huesos tintinando como sonajeros.

    Con suerte, antes de salir a la batalla diaria, despejándonos de nuestra
    pesadilla anterior, seremos felices en un momento. Será un absoluto y
    único instante en nuestras vidas ricas en sobresaltos estimuladores y
    viajes sin pasaporte al centro de la tierra desgraciada. Es el minuto en
    que podemos pensar, sin ataduras al pasado de la Cuenca Lechera y el
    Cordón de La Habana, que en el 2030 colocaremos la primera piedra. Con
    esa piedra, construiremos el socialismo próspero y sostenible con la
    ayuda, clamada por todos los medios, del capitalismo próspero y
    sostenible, a sólo 180 kilómetros de nuestra ciudad subterránea.
    otrebla262@gmail.com; Alberto Rodríguez; +5354481048

    Source: Ciudad underground | Primavera Digital –
    primaveradigital.org/cubaprimaveradigital/ciudad-underground/

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