Prostitution in Cuba
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    La cola del dinosaurio

    La cola del dinosaurio
    El Gobierno cubano le teme tanto a la libertad de los empresarios
    cubanos como a la libertad de palabra, de prensa, de asociación, o al
    pluripartidismo
    Alex Heny, Nueva York | 22/10/2016 8:52 am

    “Cuando me desperté, ya había perdido todo…”
    El Inversionista Desconocido
    Mi hermano decía, ya en los lejanos años 90, y yo he hecho mía la frase,
    que hacer negocios con el dinosaurio es arriesgar que un día dé un
    coletazo y derrumbe todo.
    Su pronóstico, con tanto de fatalismo isleño como de sentido común, se
    ha cumplido al pie de la letra. Llegaron a Cuba todos aquellos
    aventureros de Europa y las Américas, nuevos adelantados, capitalistas
    de cuatro dólares, exizquierdistas setenteros, fornicadores de
    jineteras, bebedores de mojitos, fundando “firmas” que en poco tiempo
    fueron cayendo como moscas, fumigados por el aliento de la bestia.
    Ahora les tocó a los nacionales, a la naciente industria restaurantera,
    y lo que sucede no es diferente: ha anunciado el desgobierno que
    suspende el otorgamiento de licencias, y que va a revisar las ya existentes.
    Hay en Cuba una alergia oficial al negocio capitalista. Tal es así que
    la palabra “negociante”, allá, el bendecido businessman del capitalismo,
    conlleva un sentido sombrío, amenazante; cuidado con ese tipo, que es un
    negociante, se decía y dice. O sea, que no es un confiable proletario o
    campesino que trabaja por salario, y no por plusvalía.
    Cuidado, que no es de los nuestros.
    La cosa híbrida que ha estado malnaciendo en Cuba en los últimos años,
    ese coqueteo con la eficiencia del capital, ese te-odio-mi-amor de los
    comunistas que necesitan desesperadamente del capitalismo para
    subsistir, termina por asustarlos.
    Oficialmente declaman que la sociedad no puede estratificarse en pobres
    y ricos. Que está mal que alguien haga dinero con su talento. Prefieren,
    pareciera, que la sociedad siga siendo monolítica, terriblemente
    homogénea, masa informe de obreros y campesinos disfrutando la equidad
    de la miseria.
    Pero, en realidad, insisto, lo que tienen es miedo.
    Miedo, porque saben que el ciudadano que no depende del Estado es libre
    por antonomasia. Libre de la estrechez crónica, de arengas, de marchas
    en la Plaza, de la consigna y el lema. Y la libertad, se sabe, es la más
    mortífera enemiga de las tiranías.
    Le temen entonces tanto a esa libertad de los empresarios cubanos como a
    la libertad de palabra, de prensa, de asociación, o al pluripartidismo.
    No quieren ver a esos isleños insolentes conduciendo autos, con altos
    estándares de vida, habitando buenas casas, hiperequipadas con lo que se
    han traído de Miami, Ecuador o Panamá. Que se jodan de nuevo, es lo que
    murmura el dinosaurio, y se dispone a incinerar la incipiente iniciativa
    privada cubana.
    Mucho menos les gusta a los coroneles y generales la idea de que alguien
    desde el extranjero proporcione el capital, de que sea un dueño en las
    sombras —porque no le dan otra opción— que ayude al crecimiento de esa
    nueva clase empresarial.
    Y todo porque esa inversión extranjera no pasa por las zarpas oficiales,
    no alimenta las cuentas, el Grupo Empresarial de las FAR no las controla
    y, por tanto, no es revolucionariamente kosher.
    Se indigna entonces, se asombra la bestezuela de lo fácil que han
    crecido, como hongos tras la lluvia, restaurantes, bares y discotecas; y
    ahora quiere fiscalizar, averiguar de quién es ese dinero que se les
    escapa, como si no se supiera de antemano, y desde siempre, que en Cuba
    no hay divisa para que los ciudadanos inviertan, que esta tiene que
    venir de otro lugar, junto con los contenedores repletos de lo necesario
    para fundar negocios privados y prósperos.
    Ese tullido capitalismo de estado que en Cuba aun pretenden, cosa
    maltrecha, ni siquiera a medias, es como masturbarse a través de la
    ropa, corriendo, y con una mascota de cátcher en la mano: no funciona.
    El desgobierno lo sabe, por supuesto que lo sabe, pero es que ya no se
    trata —nunca se ha tratado— del bienestar del pueblo abnegado y trabajador.
    Se trata del diezmo. Se trata del proverbial bacalao y de quién lo
    corta. Se trata de esa escuálida pierna de jamón, plato exclusivo para
    la familia gobernante y sus satélites.
    Se trata pues del control absoluto de la divisa, de las cuentas en
    bancos extranjeros, donde Castros y bocucos engordan cuentas que les
    permitirán a algunos un tranquilo retiro, y a otros seguir siendo dueños
    del desastre de la Cuba postdesastre: una versión caribeña y en
    miniatura de la Rusia post Gorbachov.
    Para el que esté prestando atención, esta “suspensión de licencias”, ese
    “proceso de fiscalización” que se anuncia, es un urgente llamado de
    atención:
    Empresarios, la cola bestial del animal comenzó a moverse otra vez.

    Source: La cola del dinosaurio – Artículos – Opinión – Cuba Encuentro –
    www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/la-cola-del-dinosaurio-327303

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