Prostitution in Cuba
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    Cuba, como congelada en el tiempo

    Cuba, como congelada en el tiempo
    Por CARLOS MANUEL ÁLVAREZ 22 julio 2016

    Nunca un país fue tan viejo como cuando Cuba empezó a ponerse al día. El
    ritmo vertiginoso de los acontecimientos no hace más que confirmar
    nuestro cómico, antediluviano atraso. La fundación New 7 Wonders, que
    busca preservar monumentos a nivel mundial, acaba de elegir a La Habana
    como Ciudad Maravilla y, en sentido estricto, aunque sus habitantes se
    nieguen a creerlo, lo es.

    Por otra parte, los vuelos directos de seis aerolíneas estadounidenses
    fueron aprobados recientemente, lo cual traerá, de modo inexorable y
    comprensible, una andanada cada vez mayor de extranjeros curiosos, con
    ánimos de remontarse a tiempos históricos ya clausurados y extintos.

    Cuba como parque temático. El museo insular, entre republicano y
    prosoviético, entre la cortina de hierro y el capitalismo industrial de
    los cincuenta: los ya insoportables Chevrolets clásicos, las máquinas de
    coser Singer, los refrigeradores General Motors, los Ladas y los
    Moskvitch, las lavadoras Aurika, las matrioshkas, la propaganda marcial
    y partidista.

    Es probable que, promesa mediante de que se los lleven a otro sitio
    apenas un tanto más próspero, no muchos cubanos rechazarían la propuesta
    de vaciar Cuba y dejarla así, intocada, inconcebiblemente detenida,
    hollín y luz, envuelta en esa curiosa y atractiva pátina de tiempo en la
    que, sin embargo, se hace tan difícil sobrevivir.

    No obstante, a los ya inminentes pasajeros de las aerolíneas con vuelos
    directos autorizados a Cuba habría que decirles: “No teman. Compren sus
    boletos con toda la tranquilidad y confianza del mundo”. Los recursos
    mediante los cuales los cubanos hemos intentado modernizarnos, o todas
    las buenas nuevas que han sucedido en el lapso apretado de los últimos
    meses, desde que se reiniciaran las relaciones con Estados Unidos, han
    terminado en sonoros fracasos, por lo que no habría qué temer. La Habana
    no se va a volver Dubái, todavía.

    No importa que engañosamente parezcan síntomas de avance los efectistas
    desfiles de Chanel en pleno Prado habanero, el rodaje pirotécnico de
    Fast and Furious 8 por las calurosas calles de la ciudad –hasta unos
    días antes, mal asfaltadas y prácticamente intransitables–, el concierto
    de los Rolling Stones o las sorpresivas visitas de Usher, Katy Perry,
    Rihanna, la prole Kardashian, et al.

    Nada de esto es pernicioso en sí mismo, pero sí rabiosamente incómodo si
    el coqueteo, cuando no prostitución descarada de la aristocracia
    política local, sirve como telón de fondo a la ausencia de libertades
    civiles y al deterioro acelerado de los servicios públicos.

    Estas visitas, que serían causas como normalmente la prensa en general
    se encarga de reseñarlas, también son efectos. Que los embajadores
    culturales del pop, del rock y de la moda nos sigan visitando es señal
    inequívoca de que seguimos siendo lo que somos, lo que ya casi
    eternamente hemos sido, no de que somos otra cosa, nueva o distinta,
    vaya uno a saber qué. El primer día en que ninguna celebridad nos
    visite, tras este interruptus eufórico, será el primer día del después.

    El único ajetreo sustancial, ocurrido al interior del país, ha sido en
    los parques y áreas públicas donde el gobierno se ha tomado la molestia
    de habilitar puntos wifi para que los cubanos comunes y corrientes, con
    genuino asombro, puedan por vez primera chatear con sus allegados en el
    extranjero, hablar por videollamada, verles la cara y reconocer, antes
    de que la imagen se congele, los gestos de un nieto o un hermano no
    visto hace tantísimo.

    El parque en el que ahora me conecto, sentado en un quicio de acera,
    para enviarle este texto al editor, es un hervidero impúdico de voces
    que desconocen la privacidad, el sentido del espacio ajeno, el recato,
    la vergüenza. Hay casi una fiesta aquí, una pequeñísima y divertida
    revolución.

    Algunos gritan. Y todos ventilan sus problemas íntimos para quien quiera
    oírlos, los trapos sucios, las ilusiones más pueriles, en fin, el
    pañuelo de escabrosas interioridades que, como norma, las familias
    suelen reservarse solo para sí mismas.

    Los domingos en la tarde, el parque, salvo por el detalle del wifi —o
    sobre todo por eso— ha vuelto a ser el parque de provincias de comienzos
    del siglo XX, donde los habitantes del pueblo acostumbraban a reunirse
    para galantear, conversar, estirar las piernas.

    El pasado 4 de junio, en el discurso inaugural de la Séptima Cumbre de
    la Asociación de Estados del Caribe (AEC), con sede en La Habana, el
    presidente Raúl Castro hizo alarde de su excelente forma física y mental
    a los 85 de edad. Y acto seguido, para que no quedasen dudas de que
    hablaba en serio, dijo que, no importa lo bien que estuviera, el 24 de
    febrero de 1918 entregaba el poder.

    No fue un error, como las mentes retorcidas podrían pensar. Raúl no hizo
    más que sugerir con delicadeza la verdadera dirección de nuestro
    trayecto. Eso significa que si la tendencia histórica se mantiene, e
    irremediablemente Cuba sigue avanzando hacia su pasado, otro siglo de
    autocracia nos espera.

    Carlos Manuel Álvarez es un periodista cubano

    Source: Cuba, como congelada en el tiempo – Español –
    www.nytimes.com/es/2016/07/22/cuba-como-congelada-en-el-tiempo/

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