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    Cubanos de a pie, entre promesas oficiales, mercado negro y penurias

    Cubanos de a pie, entre promesas oficiales, mercado negro y penurias
    La gente de a pie ya no cree que algún día ‘un socialismo próspero y
    sostenible’ mejore sus vidas precarias e “inventan” para sobrevivir de
    cualquier manera. Las quejas no trascienden de las salas de los hogares,
    las esquinas
    de los barrios o del interior de los ‘almendrones’ y taxis colectivos
    VIDA DIARIA
    LA HABANA.-IVÁN GARCÍA
    Especial

    Desde hace dos días no entra el agua al añejo edificio donde reside
    Marta Romero, 69 años, ama de casa, en Los Sitios, Centro Habana, un
    distrito de casas con puntales altos e inmuebles de pocos pisos, la
    mayoría cascarones ruinosos sostenidos con vigas de madera.

    Situados en el corazón de La Habana, estos barrios son cuna de
    jineteras, estafadores y pícaros. También del mercado negro. En ellos
    todo se puede negociar. Desde un féretro de cedro para sustituir al
    ataúd de pinotea de las funerarias estatales hasta comprar un motor
    diésel de automóvil y armar una lancha para emigrar a la Florida.

    La venta de agua también es un negocio. Mientras conversa, Marta espera
    un aguador que le llenará tres tanques plásticos de cien galones,
    colocados en un techo fundido en la parte posterior de su cocina.

    Ganar dinero como sea

    “Llenar cada tanque me cuesta 80 pesos, 270 pesos en total. Pero es más
    barato que pagarle a una pipa (camión cisterna) que cobra 30 cuc o 750
    pesos por llenar la cisterna del edificio. Con mi pensión de 200 pesos
    no pudiera pagar el agua. Puedo hacerlo gracias a mi esposo y mis hijos
    que se la pasan inventando (para ganar más dinero)”, afirma Marta.

    ‘Inventar’ es un eufemismo que en Cuba enmascara el robo a instituciones
    estatales o negocios ilegales. Orlando, esposo de Marta, gana dinero de
    diversa formas. Lo mismo vende detergente robado de una fábrica cercana
    que un lote de gafas piratas Ray Ban traída la noche anterior desde la
    zona franca de Colón, en Panamá.

    La gente le encarga cualquier cosa. Un vecino le dice que necesita un
    motor de agua con un equipo de presión y diez cajas de cerámica de piso.
    Orlando le responde: “Pasa el fin de semana, a ver si aparece”.

    Y casi siempre ‘aparece’. “Lo primero que hago es averiguar con mis
    contactos, gerentes de tiendas, jefes de almacenes o personas que traen
    cosas de Miami, Ecuador o Panamá. Siempre juego limpio, me gano un
    dinero por la izquierda, pero nunca estafo a ningún cliente. Algunos me
    dan el dinero por adelantado”, explica Orlando.

    Sus hijos también viven de lo que se ‘cae del camión’. El varón vende
    tabaco que sale por la puerta de atrás de una tabaquería de la zona y la
    hembra arregla uñas y cabellos y comercia perfumes sin licencia de la
    ONAT (institución que administra el trabajo privado).

    Esfuerzos sin recompensa

    Pero ese esfuerzo, que linda con la ilegalidad, no se ve recompensado.
    El techo de su vivienda necesita reparación. En diferentes tramos se ha
    levantado el repello y se observa el acero herrumbroso.

    En la sala, los muebles son de mediados del siglo XX. Una mesa de caoba
    de seis sillas recién tapizadas, dos sillones de madera que necesitan
    ser barnizados y un televisor a color desfasado de rayos catódicos. En
    un extremo, un refrigerador chino que cada dos semanas hay que
    descongelarlo.

    En la cocina puede verse una arrocera, una olla eléctrica y una cafetera
    expreso, aunque Marta suspira por un microondas y una lavadora
    automática. “Tengo unos pesos ahorrados, pero aún me falta más de la
    mitad para comprar el microondas. De la lavadora no hago planes, eso
    tocará a mis nietos. En Cuba nunca se puede tener todo lo que uno
    quisiera. Cosas que son normales en otros países, aquí son un lujo. Todo
    es con mucho sacrificio, muy sangríao”, confiesa Marta.

    Del radio que hay en una mesita en la sala, se escucha la voz de un
    locutor anunciando que el Estado topará los precios en más de dos mil
    agromercados. También habla del crecimiento de la producción de carne de
    cerdo y anuncia que un central de Taguasco, Sancti Spiritus, cumplió su
    plan de la actual zafra azucarera.

    La propaganda política

    “En Cuba las cosas marchan bien solo en la radio, en el noticiero de la
    televisión y en el [periódico oficialista] Granma”, expresa. Pero no le
    pregunten a Marta ni a su familia sobre temas políticos. Las respuestas
    son calcadas a la de muchos cubanos que desayunan café sin leche.

    “La política es muy cochina. Esto no va a cambiar. El Gobierno lo tiene
    todo bien atado. Los de abajo siempre vamos a estar igual. Es lo que nos
    tocó”, y añade un largo rosario de lamentaciones propio de personas
    resignadas.

    En Cuba, las quejas no trascienden de las salas de los hogares, las
    esquinas de los barrios o del interior de los ‘almendrones’ y taxis
    colectivos. La solución, dicen, es adaptarse a las circunstancias o emigrar.

    Si usted camina por La Habana escuchará innumerables críticas al
    Gobierno, algunas subidas de tono, pero hasta ahí. No existe un marco
    legal para canalizar el descontento.

    La gente de a pie ya no cree en las promesas oficiales ni que algún día
    ‘un socialismo próspero y sostenible’ mejore sus vidas precarias.

    Antes que cambiar el estado de cosas, se prefiere robar a instituciones
    estatales. O ‘inventar’. Un verbo que en Cuba tiene muchas acepciones.

    Source: Cubanos de a pie, entre promesas oficiales, mercado negro y
    penurias :: Diario las Americas :: Cuba –
    www.diariolasamericas.com/4847_cuba/3797502_cubanos-de-a-pie-promesas-oficiales-mercado-negro-penurias-cubanos.html

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