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    El rap cubano ya no es guerra

    El rap cubano ya no es guerra
    Mientras el movimiento de Hip Hop cubano se ha dispersado, el reguetón
    se ha enraizado en la preferencia de los más jóvenes
    jueves, abril 7, 2016 | Héctor Antón Castillo

    LA HABANA, Cuba.- El auge y dispersión del movimiento de Hip Hop cubano
    es un proceso que comienza en la década del 2000; una revolución lírica
    impulsada por discursos audaces logró traspasar el ámbito contracultural
    que, igualmente demandaba cuestionar la (su) realidad, y consumir letras
    diferentes al bamboleo de caderas orquestado por la “timba brava” que
    hizo furor en los noventa. Este bautizo de fuego, marginado de la radio
    y televisión, se fundó en un acto de resistencia cultural que sufrió
    bajas sensibles desde su misma gestación.

    Esa movida se expandió desde los Festivales de Alamar (promovidos por el
    olvidado Rodolfo Rensoli) hasta el club Barbaram, de Nuevo Vedado. Un
    síntoma gremial se imponía como fenómeno citadino y, melómanos de
    diversas capas sociales hicieron suya esa poesía urbana, que impugnaba
    los desencuentros cotidianos entre masa y poder. Tener la boca tapada
    devino más irresistible que el hambre del “Periodo especial”.

    Al compás de este desahogo público, el rap continuaba sin abandonar su
    impronta clandestina, producto del veto institucional e imposibilidad de
    acceder a teatros y sellos discográficos. Solo en La Madriguera, ladeada
    casa-teatro de la Asociación Hermanos Saíz, fluían conciertos sin una
    mano dura en el chequeo del guión; pero con ese audio donde el fraseo
    sanguíneo y veloz era prosa oscura depurada por una comisión del sonido
    ambiente. Allí amplificaban su insolencia muchos que se mantenían fuera
    de la Agencia Cubana de Rap como Los Aldeanos, Maykel Xtremo, David D
    Omni o Silvito El libre.

    La postura de estos cronistas de la infelicidad se apoya en un brío
    anti-reguetón, contrario al pacto de esgrimir una relajación del
    compromiso político. Esta generación de raperos mira hacia el entorno de
    los perdedores y testimonian las grietas del magma social. Sin embargo,
    esta no sería la actitud a imitar por los jóvenes, al compás que el
    reguetón se entronizaba como molde en un vasto sector poblacional. Por
    lo que la “esperanza cierta” se identificaría con los autos y prendas
    inalcanzables para los raperos.

    “Cerrado por capacidad” es un eslogan imposible de sustentar para un
    estilo minoritariamente pobre y anárquico como el Hip Hop, que
    difícilmente arrastraría al turismo sexual. Así, entre falsas
    persecuciones y barniz de intolerancia oficial, el reguetón monopoliza
    los centros nocturnos con niveles de cover desorbitantes; mientras que
    el rap apenas consigue frecuentar espacios provisionales como el Palacio
    de la Rumba o el asfixiante cine Avenida, siempre a través de la
    fantasmal Agencia Cubana de Rap.

    En cuanto al paripé de intolerancia con el reguetón, basta mencionar el
    reencuentro de Baby Lores y El Insurrecto (o el sonado concierto de los
    100 CUC de cover) en el Salón Rojo del Hotel Capri (2009), luego de una
    performática y agresiva tiradera. ¿Acaso esta instalación no es otro
    eslabón de la cadena turística al servicio del “consumo cultural”?

    “La máquina de hacer dinero” (Lores) y “El mejor bolígrafo de la
    República” (Insurrecto) ratificaron su condición de apagafuegos con
    pistolas de agua: “enemigos íntimos” de una ripiadera “entre iguales”.
    Falsa temeridad de quienes sacrifican cuánto sea por el show que los
    mantenga vivos en la farándula nocturna, sostenida por los perversos
    “nuevos ricos” y una invasión de forasteros venidos a menos expertos en
    rastrear ninfas baratas.

    Ese afán de evitar la exclusión tuvo su “cuño de limpieza”: el rostro
    del perreo enmascarado Baby Lores se tatuó la cara de Fidel Castro en el
    hombro, fetiche-leitmotiv del panfletario videoclip Creo (2009). Ahora
    el Baby prefiere elegir un vestuario que le cubra una imagen que deberá
    arrancarse cuando ya no sirva para justificar ninguna razón.

    Otro efecto de la terapéutica “Ley de compensación” lo protagonizó El
    Chacal (Ramón Lavado Martínez), junto a su ex-partenaire Yakarta (Luis
    Javier Prieto), cuando el primero cumplía una sanción por tildar de
    borracho a José Martí en un concierto en la manigua habanera. Ellos
    donaron juguetes a niños enfermos de cáncer; un conmovedor y televisivo
    gesto que aceleró su trámite de rehabilitación.

    Contrario al éxodo de raperos, los reguetoneros prefieren (o les
    conviene) trabajar en Cuba. La clave de la diferencia radica en que la
    gerencia turística proporciona el bálsamo económico de los ídolos de la
    multitud. Gracias al “apoyo incondicional” de quienes estimulan con sus
    prohibiciones cuanto se escucha en la calle; algo similar a lo
    acontecido con el Rey de “La Tuba” devorado por las aguas Elvis Manuel
    (1990-2008).

    Entre el paradigma de éxito (reguetón) y un emblema del fracaso (rap)
    está el desahogo underground nuestro de cada día. Mas la creencia
    populista se inclina por suavizar el desencanto junto al tumbao
    charanguero de El Micha o Los Desiguales, antes que escuchar una
    evocación poética entre balsas y horizontes de Raudel (Escuadrón
    Patriota). Como si pensar la nación impidiera gozarla como a una sensual
    mambisa del asfalto.

    El concierto de los internacionalizados o mayamisados Gente de Zona
    inundando el litoral habanero (agosto, 2015) ratificó la supremacía del
    reguetón en la idiosincracia que caracteriza al gusto popular. Otra vez
    el cuento de la reconciliación marginal campeó por su respeto, dándoles
    la bienvenida al meneo visible del intercambio cultural Cuba-USA.

    De ahí el problema de justificar la educación y cultura del pueblo joven
    que prefiere la vulgaridad corrupta del reguetón antes que la obscenidad
    cuestionadora del Hip Hop. Gajes del evolucionismo tercermundista en
    país de viejos. La porno-política de una adversaria como Zoé Valdés (tan
    repudiada por escritores de cantaletas purificantes), el reguetón la
    traduce cubriendo el punto G de una historia soez.

    Pero es increíble la aprobación que disfrutan reguetoneros legalizados
    durante sus presentaciones en centros universitarios de un extremo a
    otro de la ínsula. Monocorde réquiem por los paladines de una trova
    intimista-reflexiva como Silvio, Pablo o Carlitos Varela. Novedad a
    cargo de futuros médicos, ingenieros, pedagogos e informáticos.

    Los reguetoneros lograron un nivel de aceptación que los timberos
    noventianos (precursores de la grosería en la música popular cubana)
    tenían dos opciones: incluir a “esos tipos bien parecidos” en sus
    discos, actuaciones y videos o demonizarlos como una fórmula inaceptable
    desde un punto de vista ético-artístico.

    El reguetón y sus trabajadoras sociales vanguardias (jineteras que
    riman) garantizan los ingresos del Ministerio del Turismo y, por
    supuesto, de las empresas musicales pertenecientes al Ministerio de
    Cultura, donde el “vicio como plusvalía del subdesarrollo” resultó
    finalmente admitido.

    Un punto de mate en la Agencia Cubana de Rap fue la clausura de la
    Revista Movimiento en 2014, cuando daba señales de recuperación. Un
    cierre entre depresiones financieras e incomprensiones. ¿Por qué
    insistir en negarse a crear una sección para reguetoneros en dicha
    empresa artística, necesitada de una transfusión económica? Si la
    institucionalización neutraliza el ingrediente subversivo del Hip Hop,
    ésta podría sacar de sus grabaciones caseras a reguetoneros ávidos de
    posicionarse en el coqueteo dominante.

    Los sepultureros del rap son los extenuados habitantes de una Isla con
    un mar de conflictos sin resolver y quimeras post-políticas buceando en
    tierra. De esta forma, el masificado y estigmatizado reguetón contamina
    nuestra aldea con medios capaces de regocijar a incrédulos, anestesiar a
    los recalcitrantes o desatar fantasías eróticas del disfraz y la
    lujuria. Propuesta de emancipación rítmica-corporal como vía de liberación.

    Randeée Acozta, El Lírico de Los paisanos, dejó los callejones sin
    salida de Buenavista para buscar suerte en Europa. El Enano ancló en
    Noruega y vuelve a Cuba como un paseante ansioso de quemarse a pleno
    sol. Kokino, El Akokán de Anónimo Consejo, anda por California sin que
    podamos seguirle los pasos. Las Krudas atraviesan el parque Central
    habanero como exóticos personajes incógnitos. Brebaje Man todavía es un
    noctámbulo de la improvisación que anhela otra explosión suprema. La
    Batalla de los Gallos espera por un nuevo campeón. Parece un sueño que
    Papá Humbertico, El discípulo, Anderson, Al2 y El B se reencuentren en
    el teatro Karl Marx para interpretar su himno “El rap es guerra”.

    Source: El rap cubano ya no es guerra | Cubanet –
    www.cubanet.org/destacados/el-rap-cubano-ya-no-es-guerra/

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