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    Lo que más me costó fue deshacerme de la autocensura

    “Lo que más me costó fue deshacerme de la autocensura”
    La Editorial Verbum reedita Callejones de Arbat, novela del cubano
    Antonio Álvarez Gil
    Félix Luis Viera, México DF | 07/03/2016 3:46 pm

    El escritor cubano-sueco Antonio Álvarez Gil nació en Melena del Sur,
    Cuba, en febrero de 1947, y en la actualidad reside en Alicante, España.
    Entre sus libros de cuentos figuran Una muchacha en el andén, Unos y
    otros, Del tiempo y las cosas, Fin del capítulo ruso y Nunca es tarde.
    Tiene, además, publicadas las novelas Las largas horas de la noche,
    Naufragios, Delirio nórdico, Concierto para una violinista muerta,
    Después de Cuba, Perdido en Buenos Aires, Callejones de Arbat y Annika
    desnuda. Por su obra de narrativa ha recibido El Premio David, en Cuba,
    y los Premios Ciudad de Badajoz, Ateneo Ciudad de Valladolid, Generación
    del 27, Kutxa Ciudad de Irún y “Vargas Llosa” de novela, en España,
    todos ellos de participación internacional. Su novela Las señoras de
    Miramar y otras cubanas de buen ver fue la finalista en la última
    edición del Premio Fernando Lara de Novela, que organizan la Fundación
    Lara, de Sevilla y la Editorial Planeta, de Barcelona.
    Recientemente la editorial española Verbum ha reeditado su novela
    Callejones de Arbat (306 páginas), la cual se puede adquirir en
    www.verbumeditorial.com/es/libreria/Catalog/show/callejones-de-arbat-347356.
    CUBAENCUENTRO conversó con el escritor sobre el tema y el drama cubano,
    entre otros asuntos.
    Su novela Callejones de Arbat resulta una de las pocas, escritas por
    cubanos, que se desarrollan casi totalmente en el extranjero, y muy
    particularmente, en su caso, en la extinta Unión Soviética, ¿qué lo
    llevó a abandonar sus otros asuntos argumentales para dedicar tiempo a
    esta obra?
    En lo que se refiere a los temas y escenarios de mis obras, creo que soy
    un escritor cubano un poco atípico. Si bien es cierto que mis argumentos
    casi siempre tienen que ver con Cuba y los cubanos, los escenarios de
    mis tramas están bastante dispersos por el mundo. De mis ocho novelas
    publicadas, por ejemplo, cinco transcurren en países que no son Cuba.
    Esto seguramente tiene que ver con el hecho de que he vivido durante
    largos períodos fuera de mi patria. Por mencionar solo los ámbitos, la
    trama de Callejones de Arbat ocurre en el Moscú de la perestroika; Las
    largas horas de la noche tiene lugar en Guatemala, en 1877; Delirio
    nórdico se desarrolla en Estocolmo durante la crisis de los balseros.
    Por otra parte, Perdido en Buenos Aires cuenta la derrota de José Raúl
    Capablanca en la capital argentina y Annika desnuda se escenifica en el
    Estocolmo de hoy. Mis otros tres títulos publicados sí se desarrollan en
    Cuba, lo mismo que mi última novela escrita, que saldrá el próximo otoño
    en Madrid.
    El porqué del asunto argumental de Callejones de Arbat habría que
    buscarlo, sin duda, en mis vivencias en Rusia. Siempre he pensado que
    los rusos han sufrido demasiado por efecto de las guerras propias o
    impuestas. Hablo de sus revoluciones; pero también de las intervenciones
    extranjeras. Rusia es un gran país, con un pueblo muy sacrificado,
    abierto e ingenioso. Sería imposible condensar aquí la trágica historia
    de Rusia, hablar del talento de sus artistas y el aporte de su
    literatura al acerbo universal.
    En esta novela yo quise mostrar al mundo la contradicción que existió
    durante siglos en Rusia, entre el talento creador de sus hombres y
    mujeres y la crueldad del poder totalitario que, también durante siglos,
    devastó mucho de lo mejor del patrimonio cultural y humano ruso. Y
    contarlo, además, desde el punto de vista de un cubano que conoce esa
    cultura y ese pueblo y ve los peligros de que su propio pueblo, es
    decir, el cubano, repita el trágico camino de los rusos. De eso, a
    grandes rasgos, trata esta novela.
    No pocos editores hoy en día manifiestan su rechazo a la narrativa que
    aborde lo que llaman el “tema” o el “drama” cubano de la última media
    centuria, argumentado que ya el público lector está saturado al
    respecto. ¿Qué opina usted sobre ello?
    Muy buena observación. Desgraciadamente, así es. Existe la opinión
    generalizada de que se ha escrito demasiado sobre el llamado “tema”
    cubano. Esto es, por cierto, una afirmación muy discutible. Nadie
    debería decirle a nadie cómo ni sobre qué escribir. Yo, desde luego, no
    soy quién para hacerlo. Tengo mis ideas al respecto y, desde el mayor
    respeto, puedo compartirlas con quien lea estas líneas. Trataré de
    resumir lo que pienso. Y pienso que los escritores cubanos —lo mismo que
    todos los escritores del mundo— deben prestar atención a las palabras de
    los editores. No escribir sobre lo que ellos digan; pero sí tener en
    cuenta lo que dicen y sacar luego las propias conclusiones.
    Sin embargo, tal vez lo que habría que hacer es pensar en el enfoque con
    que se abordan los temas de siempre. O encontrar temas nuevos,
    tangenciales —o no— a lo que generalmente se escribe sobre Cuba. Esta
    saturación de que se habla es algo que, por cierto, ha ocurrido ya con
    otras “literaturas nacionales” en otras regiones del mundo. Cada vez que
    se da en algún país un acontecimiento de resonancia universal —y la
    revolución cubana de 1959 lo fue— se produce una oleada de obras que
    hablan sobre el hecho histórico dado. La Guerra Civil española, por
    ejemplo, ha generado tantas novelas y películas, que, salvo posibles
    excepciones, el tema no da más de sí.
    Ahora en España se está observando una sobresaturación de la novela
    histórica, los reyes y las reinas, el medioevo, el tiempo de los árabes,
    etc. Yo leí hace poco un artículo de alguien que hablaba sobre “la
    burbuja” de la novela negra. Tal vez ha habido una “burbuja cubana”. La
    sobreexplotación de las tierras pueden producir infertilidad. El tema de
    la cochambre en La Habana, por poner otro ejemplo, pronto se agotará, si
    no se ha agotado ya.
    Pienso que los escritores que viven en Cuba la tienen un poco más
    difícil a la hora de escoger temas que escapen a la realidad en la que
    viven su día a día. Sin embargo, los cubanos que residen fuera de la
    Isla pueden enriquecer su mundo con las nuevas realidades y culturas que
    conocen. O quizás mirar la suya propia desde nuevos ángulos. Tal vez esa
    sea una vía para ampliar el espectro de temas y argumentos sobre los
    cuales construir nuevas ficciones. De todos modos, opino que el éxito o
    el fracaso de cualquier obra literaria reside no tanto en el tema
    escogido como en el modo en que el escritor ha sabido tratarlo. Desde
    que existe el arte literario, los grandes temas son casi siempre los mismos.
    Bien…, hablando del “drama cubano”… en Callejones de Arbat usted
    toma como escenario fundamental la que fuera la OCEI (Organización para
    la Colaboración Económica Internacional), una especie de emporio
    comunista en el Moscú rojo. Así, de pronto, cuando iniciamos la lectura
    de su novela, el asunto nos parece demasiado árido para convertirlo en
    obra de arte. Sin embargo, en la opinión de este entrevistador, logra
    usted la conversión. ¿Cuánto tiempo y esfuerzo requirió para este
    alcance? ¿Se siente satisfecho con el resultado?
    Sobre la primera parte de la pregunta, me alegro mucho de leer esas
    palabras de elogio sobre los valores de la novela. Con ellas pienso que
    queda demostrado lo que exponía más arriba sobre la posibilidad de
    cualquier tema para trabajar con él y tratar de convertirlo en una obra
    de arte.
    Para hablar del tiempo y el esfuerzo, debo reconocer que trabajé mucho,
    y muy intensamente. Pero una novela como esta, con una relación tan
    estrecha entre Historia y ficción, requiere siempre de un estudio
    profundo y minucioso. Antes de sentarme a escribir, mi esposa y yo
    encargamos a Rusia y leímos las versiones originales de obras de
    numerosos poetas y narradores de la llamada Generación de Plata de la
    poesía rusa. Buscamos mucha documentación sobre esos escritores. Aquí me
    place decir que la ayuda de mi esposa, que es rusa, fue sencillamente
    inapreciable. Yo traduje algunos poemas de Pasternak, Tsvetáyeva,
    Ajmátova y otros escritores represaliados por el régimen de Stalin.
    Estudiamos la biografía de cada uno de ellos, los detalles de sus vidas
    y las circunstancias de sus muertes.
    Sobre la novela El maestro y Margarita, de Mijail Bulgákov, que es uno
    de los libros más queridos en mi familia, hicimos juntos un enorme
    trabajo de lectura e interpretación. Hay que tener en cuenta que esta
    obra aparece de manera muy especial en mi novela.
    En fin, en este trabajo preparatorio se me fue medio año. Y en la
    escritura en sí, otro medio año, más o menos. Como resultado de todo
    ello, creo que alcancé lo que deseaba: la novela está tramada de tal
    forma, que a un lector corriente le resultará difícil separar la ficción
    histórica de la Historia real. En este sentido, creo que alcancé la meta
    que me había trazado.
    ¿Mario, el narrador-protagonista, tiene mucho del autor? ¿O acaso usted
    fundió, digamos, a varias personas de la “vida real” para conseguir este
    personaje que, por cierto, es un ejemplo vivo del desencanto y aun de lo
    que tal vez podríamos llamar el abatimiento político, sin olvidar la
    intensa paranoia que sufre?
    Tiene bastante. El personaje nació a partir de mi relación con la ciudad
    y con el país donde se desarrolla la novela. De mi vida y mis vivencias,
    le di el amor por la literatura rusa y por Moscú, le trasmití mis
    inquietudes sobre Cuba y la manera en que aprecia lo que ocurre en
    aquellos años en Rusia y en los países socialistas de Europa. Le enseñé
    también el modo en que habíamos leído en mi familia El maestro y
    Margarita. Le legué además mi desconcierto al conocer las atrocidades
    que el Estado soviético había cometido con un gran número de
    intelectuales rusos y con el pueblo en general.
    En cambio, las aventuras amorosas del personaje son pura ficción, igual
    que el resto de peripecias de la trama central. En general, sobre la
    creación de Mario, podría decir que, más que fundir en él a varias
    personas de la vida real, el escritor de la novela se desdobló y produjo
    al personaje, que tiene mucho de la persona que yo era por entonces.
    Por otra parte, tenemos que el debate interior que ya traía Mario se
    complica cuando él “cae” en un triángulo amoroso, del cual los dos
    ángulos restantes son la bella Dolores, artista ruso-española por más
    señas, y la esposa de él, la rusa Vera. ¿Ya como tema, no como asunto,
    no se amilanó usted al entrarle a una ecuación tan tratada en la
    novelística como lo es el triángulo amoroso? ¿Y cuánto tesón debió
    imprimirle a este plano de la novela en el que quedan imbricadas cuatro
    culturas diferentes, amor mediante?
    Por supuesto que antes de decidirse a narrar un triángulo amoroso como
    el que acontece en esta novela, uno se lo piensa varias veces. Las
    relaciones de este tipo son siempre complicadas, y si van a figurar en
    la historia, hay que construirlas con una idea muy precisa del final al
    que el autor quiere llegar. Si no se tiene una idea clara y firme del
    desarrollo dramático de la situación, se corre el riesgo de que la
    acción se desvíe demasiado y los personajes se traicionen a sí mismos,
    al menos en el modo en que se proyectan y viven en la trama. En el caso
    de esta novela, yo quería resaltar la grandeza de alma de ambas mujeres:
    Dolores renunciando a su amor y Vera perdonando a su marido.
    Sobre las culturas, la verdad es que yo soy un cubano que ha pasado
    buena parte de su vida sumergido en varias culturas diferentes entre sí.
    De todas he aprendido algo y a todas he sabido adaptarme del mejor modo
    posible. Por eso para mí no significó un esfuerzo especial construir y
    mezclar en la novela la psicología de representantes de diversas
    regiones del mundo. Además, cuando existe amor, buena voluntad y ganas
    de trabajar, todas las culturas pueden remar en la misma dirección.
    Pienso que eso fue lo que me permitió llevar a buen puerto una trama de
    por sí bastante complicada.
    A mi modo de ver, luego del narrador protagonista, el personaje más
    fuerte de Callejones de Arbat es Santiago Gómez, el padre de Dolores,
    una fuente inagotable de conocimientos acerca de los desmanes de la
    Rusia estalinista sobre todo. Repito una interrogante anterior: ¿se basó
    usted en un personaje real o en varios para forjar a Santiago? Lo
    pregunto porque este personaje, como decía, sobresale en la narración,
    pero sobre todo es de una fuerza dramática arrasadora.
    Este personaje, que es totalmente ficticio, resulta para mí muy
    entrañable y es tal vez el que me ha producido más alegría cuando por
    fin lo vi cobrar vida e incorporarse a la trama de la novela. El motivo
    de ello es que yo carecía de un prototipo claro para él. Partí de la
    nada, o más exactamente, de alguien (o algo) que debía ocupar un lugar
    en la historia; pero de quien yo no tenía apenas idea.
    Era como un espacio, un lugar en el “elenco”, un puesto en el reparto
    que debía ser ocupado por alguien en las páginas de la novela. Y nada
    más. El señor Gómez nació en el primer pasaje donde aparece y fue
    creciendo en la medida en que intervenía en la acción de la trama. Ahora
    que lo pienso, es algo que casi nunca me había ocurrido en mi vida de
    narrador. En mi época de estudiante en Moscú yo había conocido a algunos
    “niños de la Guerra”; pero ninguno de ellos tenía nada que ver con el
    personaje que en la novela es Santiago Gómez.
    Pienso que lo que sucede con él es que en la trama le encomendé un papel
    muy importante para trasmitir la tragedia de algunos de los poetas rusos
    reprimidos o asesinados por el régimen. La relación que él mantiene con
    la hija de Tsvetáyeva está llena de admiración y ternura. Incluso el
    modo en que habla con su propia hija cuando sabe que esta está saliendo
    con Mario deja un rastro de grandeza y un grato recuerdo sobre su
    actuación en la novela.
    No hablo más sobre él, pues me gustaría que los lectores lo apreciaran y
    juzgaran pos sí mismos.
    En Callejones de Arbat se describen, en otro plano, varios de los hechos
    más ominosos del castrismo y asimismo la desmoralización del cubano de
    entonces, o al menos del funcionario cubano de entonces. A la luz de los
    nuevos acontecimientos, como son el acercamiento diplomático entre EEUU
    y Cuba y la relativa apertura del castrismo, ¿cree usted que se componga
    en alguna medida la pérdida de valores individuales en la Isla, y si así
    lo cree, cuál sería su vaticinio en lo que se refiere al tiempo
    necesario para lograrlo?
    En mi opinión, la mayor tragedia que ha sufrido, sufre y sufrirá nuestra
    patria al cabo de esta etapa de su historia está relacionada con la
    pérdida de capital humano que padece en estos momentos la nación. En
    este sentido, habría que hablar tanto de cantidad como de calidad. Lo
    peor de todo, en mi opinión, es que de los casi dos millones de cubanos
    que se han marchado de su patria, muy pocos retornarán a ella.
    Primero se fueron los burgueses, y se llevaron su moral. Luego le tocó a
    la clase media, que hizo lo mismo. Hoy se va cualquiera, y uno de los
    motivos de la gente que se marcha (que nos marchamos) es que quiere
    darles a sus hijos un futuro mejor. Por mucho que trate de soslayarse,
    eso es una tragedia nacional.
    Recuerdo el tiempo en que la revolución se dedicó a romper las viejas
    estructuras de la sociedad. Con ellas desaparecieron asignaturas como la
    llamada Moral y Cívica, que se impartía antiguamente en la escuela
    cubana; y desaparecieron también las maneras educadas de los profesores,
    que fueron sustituidas por otras que sonaban más “populares” al oído de
    las nuevas autoridades.
    Luego vino la escasez y la falta generalizada de productos básicos, que
    trajo a su vez la falta de honradez entre amplias capas de la población.
    Después llegó el dólar, la prostitución y la gente sin camisa por las
    calles, sentada en los contenes o bebiendo ron en pleno día y sin ningún
    motivo aparente. Hoy la sociedad cubana está necesitada de una profunda
    regeneración ética.
    Yo, pese a todo, quiero ser optimista, quiero pensar que, si cambian las
    condiciones de vida, si se impone el orden, si hay oportunidades de
    trabajo y, sobre todo, si hay justicia social, el cubano puede volver a
    ser un pueblo honrado y trabajador sin dejar de ser alegre, jaranero y
    jovial.
    ¿Cuánto tiempo puede tomar este proceso? Es difícil decirlo. Si tuviera
    un oráculo a mano, se lo preguntaría; aunque me temo que ni siquiera un
    buen oráculo tendría una respuesta unívoca para una pregunta tan difícil.
    Una pregunta que rara vez está ausente cuando se entrevista a un
    escritor cubano exilado: ¿Le costó mucho esfuerzo poder escribir
    viviendo fuera de su tierra?
    Yo salí de Cuba en 1994 y me fui a vivir a Suecia, un país de una
    cultura y una lengua desconocidas para mí. Cuando lo hice, sabía que
    corría el riesgo de que mi carrera terminara apagándose en esa tierra
    extraña. Ya en mi nueva vida estuve incluso considerando la posibilidad
    de dedicarme a otras ocupaciones; pero una y otra vez volvía sobre la
    página en blanco. Por suerte, después de un primer tiempo de dudas e
    intentos en el idioma local, comprendí que vivíamos en un mundo
    globalizado y que podría al menos tratar de proponer mis trabajos en los
    países de mi ámbito lingüístico. Entonces reuní fuerzas y me senté a
    escribir.
    Recuerdo los días largos y oscuros de otoño, las noches frías del
    invierno sueco, y me recuerdo a mí mismo sentado frente a la ventana,
    escribiendo Naufragios y mirando los árboles oscuros del parque frente a
    mi casa o los techos nevados de los edificios vecinos.
    Yo estaba solo en Suecia, sin amigos para encuentros y tertulias
    literarias, sin nada que me hiciera desviar la atención de las páginas,
    que ya no eran tan blancas. Así terminé Naufragios y gané con ella el
    Premio Ciudad de Badajoz, en España. Casi al mismo tiempo, publiqué
    sendos libros en Uruguay y Costa Rica. Y de nuevo otra novela mía, esta
    vez Delirio nórdico, conquistó otro premio importante en España (el
    Ateneo Ciudad de Valladolid).
    Fue un estímulo enorme. Ahora tenía todo el tiempo del mundo para leer,
    escribir y estudiar a los maestros. En resumen, en el sitio
    aparentemente menos indicado para desarrollar una carrera de escritor en
    español, yo escribí las mejores novelas y cuentos que he escrito en mi vida.
    Durante mi estancia de veinte años en Suecia publiqué en España y otros
    países ocho novelas y dos libros de cuentos, además de artículos,
    ensayos y trabajos menores.
    Desde mi nuevo país vine cinco veces a España para recoger otros tantos
    premios literarios.
    Debo decir también que yo era miembro de la Asociación de Escritores de
    Suecia, y que recibí varias becas por mis obras publicadas, lo cual me
    permitió emplearme a fondo en la escritura durante largos períodos y con
    cierta tranquilidad económica.
    Así, lo que parecía un destierro literario se convirtió de ese modo en
    un lugar excelente para trabajar y seguir escribiendo mi obra.
    Ahora que lo veo en la distancia, comprendo que lo que más me costó fue
    deshacerme de la autocensura, ese fardo que cargan casi todos los
    escritores que han desarrollado su carrera en países de régimen
    totalitario, aun cuando muchos de ellos no lo sientan así.
    Hay otros dos momentos que quisiera resaltar: Mis años en Suecia me
    sirvieron también para viajar por Europa y otras partes del mundo, lo
    cual a su vez me permitió encontrar nuevos temas y escenarios para mis
    ficciones. Como es sabido, el contacto con otros pueblos y culturas
    enriquece la experiencia del escritor y le brinda la posibilidad de
    comparar y ver lo propio desde otra perspectiva. Incluso los
    acontecimientos que ocurren en Cuba pueden analizarse bajo una nueva
    luz. Si uno ve las cosas en la distancia, puede perder detalles
    intrascendentes; pero gana en visión de conjunto.
    ¿Actualmente se halla trabajando en otra novela? ¿Qué planes tiene?
    Ahora debo trabajar en la promoción de Callejones de Arbat. Luego, en
    otoño, la editorial madrileña Izana Editores publicará una nueva novela
    mía, titulada Las señoras de Miramar y otras cubanas de buen ver. Como
    su nombre indica, la trama de esta nueva ficción se desarrolla en Cuba,
    en la época actual. Tengo muchas expectativas con ella. Por lo demás, en
    estos momentos estoy dando los primeros pasos en otra novela; esta tiene
    por escenario el norte de Italia, concretamente la región de Trento, en
    Lombardía. La historia está bastante bien formada, aunque solo en mi
    cabeza. Aún queda por ver si soy capaz de llevarla al papel.
    ¿Alguna otra observación para CUBAENCUENTRO?
    Quisiera aprovechar la ocasión para felicitar al grupo de redactores,
    editores, colaboradores y demás colegas que hacen posible CUBAENCUENTRO.
    Sé que somos muchos los cubanos —y no solo cubanos, pienso— que
    empezamos la jornada echándole un vistazo a la revista. Es una
    publicación que nos ayuda a mantenernos al día de los acontecimientos de
    todo tipo que ocurren en el mundo cubano, tanto dentro como fuera de la
    Isla. Exhorto al equipo a seguir manteniendo y elevando la línea de
    calidad de sus artículos y reportajes, a continuar reflejando la
    actualidad de lo que ocurre en Cuba y en el exterior y a publicar,
    siempre que puedan, textos de los muchos autores cubanos que andan
    dispersos por el mundo.
    Muchas gracias.

    Source: “Lo que más me costó fue deshacerme de la autocensura” –
    Artículos – Entrevistas – Cuba Encuentro –
    www.cubaencuentro.com/entrevistas/articulos/lo-que-mas-me-costo-fue-deshacerme-de-la-autocensura-325006

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