Prostitution in Cuba
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    El delito de vivir en La Habana

    El delito de vivir en La Habana
    Se calcula que 7 de cada 10 personas que cometen delitos en la capital
    son de otras provincias
    jueves, marzo 3, 2016 | Ernesto Pérez Chang

    LA HABANA, Cuba.- Ian Manuel es un ilegal, es un “palestino”. Así les
    llaman en La Habana a las personas que nacieron en las provincias
    orientales de la isla pero que han emigrado a la capital en busca de
    mejorías económicas.

    Ian Manuel tiene 27 años y, a pesar de su juventud, ya es dueño de una
    extensa e intensa historia personal que, aunque incluye arrestos
    policiales por “acoso al turismo”, intentos de salida ilegal del país,
    contrabando de mercancías, entre otros delitos, pudiera resumirse en una
    batalla por salir adelante en un entorno que no lo favorece.

    Desde los 19 años, apenas terminado el servicio militar en una unidad de
    Managua, al sur de La Habana, se dedicó a la prostitución para poder
    pagarse el permiso de residencia temporal en la capital.

    “Jamás había pensado en prostituirme, pero en mi unidad muchos lo
    hacían. Era algo normal. Había gente de Granma, Las Tunas, Sancti
    Spiritus, y casi todos queríamos quedarnos en La Habana. (…) Nadie me
    aceptaba en un centro de trabajo de aquí porque no tenía el cambio de
    dirección [para La Habana], y obtenerlo costaba dinero que no tenía. En
    Manzanillo [provincia Granma] no es fácil hacer 200 dólares en un mes,
    aquí en La Habana yo lo hacía en una semana, a veces en un par de días,
    y eso es lo que costaba el cambio de dirección, más 20 de alquiler, más
    la comida, yo me puse tan flaco que llegué a pensar que tenía el SIDA, y
    es que no paraba […], eran 24 horas en la calle, tres, cuatro, cinco
    tipos en un día”, nos confiesa Ian Manuel.

    Detenido por la policía en varias ocasiones, deportado y marcado como un
    delincuente, ha persistido en retornar al lugar que le prohíben porque,
    según afirma, prefiere “dormir en el banco de un parque de La Habana que
    morir de hambre” en su casa de Manzanillo:

    “Aquí hay días malos y días buenos, pero allá todos los días son peores.
    La gente de La Habana se queja de esto porque no conoce el trabajo que
    se pasa en Oriente. Allá llega lo que sobra de aquí. Allá encontrar un
    trabajo no es fácil. Una de las veces que me deportaron, dije que no
    regresaba nunca más a La Habana y empecé a trabajar con mi tío cavando
    pozos, daba pico y pala desde por la mañana hasta por la tarde, de lunes
    a sábado, y al mes solo me dieron 500 pesos [20 dólares]. Ese mismo día
    compré un pasaje [en tren] y vine. […] sabía que la policía me tenía
    circulado, y cuando pasamos los elevados [una zona cercana al destino
    final, en la Estación Central de la Habana Vieja], salté del tren. Yo
    había pensado hasta en suicidarme si me atrapaban otra vez. […] Ya yo
    tengo dos intentos de salida ilegal del país y varias advertencias por
    acoso al turismo”.

    Como Ian Manuel, hay miles de hombres y mujeres, jóvenes y viejos, todos
    cubanos, que, en su aventura por establecerse en La Habana, han sufrido
    vejámenes por la fatalidad de haber nacido “en provincia”.

    Yenisel, de 35 años, nos cuenta de sus peripecias para lograr su
    residencia y del maltrato que reciben los ilegales por parte de las
    fuerzas policiales:

    “Desde que te bajas del tren te sientes como una bandida. Yo era una
    muchachita normal, había estudiado enfermería en Holguín y decidí venir
    para La Habana. Un tío de mi papá me dijo que me haría el cambio de
    dirección sin cobrarme pero después quería que yo le diera 100 pesos
    [dólares] o que me acostara con él, pero yo no hice ni una cosa ni la
    otra. Yo quería hacer las cosas decentemente pero tampoco quería morirme
    de hambre, así fue como entré en la prostitución. (…) Tenía 23 años y
    dormía un día aquí y el otro allá, hasta que hice amistades que me
    ayudaron a salir de ese mundo, aunque después me metí en la droga,
    estuve como cinco años en esa locura pero así fue como me compré mi casa
    aquí en La Habana y monté mi negocio. (…) Yo no consumía, solo vendía y
    eso sí que me dio dinero de verdad, pero era muy peligroso. (…) Cuando
    te atrapan por ilegal te llevan para un centro de detenciones en
    Calabazar [en las afueras de La Habana], te esposan como si fueras un
    asesino, te encierran junto a un montón de gente en un calabozo y allí
    pasas días hasta que te montan en un tren. (…) Te llevan hasta el tren y
    te tratan como a un criminal. (…) Si por ser ilegal te hacen todas esas
    cosas, imagínate por vender droga. (…) Yo me arriesgué porque no tenía
    nada que perder, pero ahora no lo volvería a hacer. Y prostituirme,
    mucho menos, yo creo que hasta le he cogido asco a los hombres”, nos
    dice Yenisel.

    Hermio Ferraidés, profesor, abogado, y víctima de las leyes que excluyen
    a los ciudadanos cubanos sin residencia legal en la capital, nos habla
    de la inconstitucionalidad de las normativas que regulan las migraciones
    internas en la isla:

    “Durante años en Cuba nos hemos acostumbrado a saltarnos la Constitución
    como si eso fuera un deporte. Hay miles de decretos, leyes, regulaciones
    laborales y modos de actuar de instituciones y dirigentes que se burlan
    de los principios constitucionales que deben regularlas, y esa
    obligación de que los orientales deban sacar un permiso de residencia
    temporal para pasear por La Habana, para vivir en ella, es el más
    denigrante y violatorio de todos. Según esas leyes, yo, por ser de
    Granma, soy inferior a ti, soy un ciudadano de segunda categoría (…). En
    Cuba se pudiera hacer una montaña de estiércol con todas las leyes y
    decretos absurdos, horrendos, pero ese es de los peores, sin embargo, es
    lo que menos llama la atención a la prensa internacional. No se habla
    del asunto. Yo creo que ni está en ninguna mesa de conversaciones sobre
    los derechos humanos en Cuba. No se habla del trato que nos dan a los
    ‘palestinos’, ni de cómo la regulación nos conduce al delito, a la
    degradación moral, al descontento, a crear estigmas, confrontaciones
    internas, sistemas de clases donde unos ciudadanos son inferiores y
    otros superiores debido a su lugar de nacimiento. (…) Son regulaciones
    que convierten el lugar de nacimiento en un potencial delictivo. (…) Hay
    cifras en los tribunales que hablan por sí solas. Se calcula que 7 de
    cada 10 personas que cometen delitos en La Habana son de otras
    provincias, ¿pero eso quiere decir que ustedes los habaneros son más
    decentes? Eso habla de otros fenómenos sociales y económicos que están
    desatendidos en esas provincias y de lo contraproducente de las leyes
    que regulan las migraciones internas”.

    Hoy la población de La Habana oficialmente supera los 2 millones de
    habitantes pero se estima que ese grupo que llaman población “flotante”
    y personas “ilegales”, no censadas, provenientes de las provincias más
    empobrecidas, eleven la cifra por encima de los 3 millones, una masa
    humana “no legal” y perseguida, compuesta por personas dispuestas a dar
    la batalla por la sobrevida.

    El permiso de residencia en La Habana se otorga por un tiempo máximo de
    seis meses y solo para personas que logren obtener un cambio de
    dirección temporal, casi siempre negociada por un precio de mercado
    negro con aquellos que residen permanentemente y que sacan provecho
    económico de la segregación. Los ciudadanos cubanos que viven en las
    provincias centrales y orientales, solo pueden permanecer por un límite
    de 72 horas en la capital y, para extender la estancia por más tiempo
    del establecido en las regulaciones, habrán de presentar una
    certificación médica, laboral o docente que los ampare.

    Source: El delito de vivir en La Habana | Cubanet –
    www.cubanet.org/destacados/el-delito-de-vivir-en-la-habana/

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