Prostitution in Cuba
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    Las sex shops clandestinas de La Habana

    Las sex shops clandestinas de La Habana
    “No creas que yo le vendo solo a extranjeros y jineteras. A esta puerta
    han tocado hasta coroneles y generales”
    jueves, febrero 11, 2016 | Ernesto Pérez Chang

    LA HABANA, Cuba.- En Cuba, tanto la importación como la producción de
    objetos y otros artefactos destinados al placer sexual están prohibidos
    por las leyes. No se puede entrar pornografía al país, de ningún tipo y
    en ningún soporte, pero tampoco en nuestros equipajes y pertenencias
    podrá ser detectada toda esa gama casi infinita de artilugios diseñados
    por el ser humano para acrecentar el goce en la intimidad con la pareja
    o con su soledad.

    La Aduana General de la República, entre sus tantas regulaciones y
    atribuciones, ha mantenido esa prohibición que no es exclusiva de Cuba
    pero que a muchos, incluso al interior de la institución aduanera,
    parece un absurdo de la mojigatería y de la hipocresía, más cuando la
    mayor parte de las campañas publicitarias de las empresas de turismo en
    la isla, todas vinculadas al gobierno, usan la sexualidad, el erotismo,
    el placer como anzuelo para atraer visitantes foráneos.

    Daniel, artesano miembro de la ACAA (Asociación Cubana de Artesanos
    Artistas) que se dedica a escondidas a la confección y venta de objetos
    sexuales, nos compara su trabajo con el de un traficante de drogas: “Es
    [un trabajo] divertido, pero no está autorizado. Divertido porque no
    sabes la gente que ha pasado por aquí y a pedir qué cosas. Llevo tiempo
    en esto y no he dejado de sorprenderme. Pero es un trabajo que uno hace
    por la izquierda, todo por encargo, porque si me agarran me sazonan. Te
    persiguen como a un narcotraficante […]. Como la Aduana prohíbe
    importarlos [objetos sexuales], la gente los busca por otra parte, hasta
    les salen más baratos, eso afuera es carísimo, aquí por diez, quince o
    veinte pesos [dólares], tienen lo mismo y hasta mejor porque es a la
    medida y del material que elijan”.

    Amarilys se dedica a importar mercancías desde Panamá, Ecuador y otras
    naciones suramericanas. Tiene un establecimiento clandestino en el
    famoso barrio habanero de La Cuevita, conocido por las personas que
    buscan comprar “cosas especiales”. Ella nos habla sobre las dificultades
    de su negocio:

    “No es que me dedique a eso solamente pero es algo que me da bastante
    dinero porque es demandado y riesgoso. […] Si tú me pides un tanque de
    guerra, un tanque de guerra yo te vendo, aquí nada es imposible, pero el
    riesgo tiene un precio y como este país tiene sus cosas que nadie
    entiende, la gente necesita de todo, y necesita placer, ser feliz con su
    propia moña [tema o fantasía]. […] A mí nunca me han decomisado las
    cosas [se refiere a los instrumentos eróticos] pero yo las embarajo [las
    oculta] entre las cosas. También ellos se hacen los de la vista gorda
    conmigo porque yo entro y salgo todo el tiempo y les dejo alguna cosita
    [soborno] pero un día puede caerme un pesado y hasta puedo ir presa o me
    ponen una multa. Yo cobro por ese riesgo”.

    Hace algún tiempo, el joven artista plástico Luis Manuel Alcántara,
    realizó una exposición personal, más bien un performance, cuyo centro
    eran los objetos sexuales artesanales, aquellos que las personas
    fabrican en sus casas debido a que no existe un mercado especializado
    visible que satisfaga sus “deseos” o, mejor dicho, sus demandas. En una
    conversación reciente, Luis Manuel recordaba lo que sucedió en aquel
    lugar: “Era sorprendente para mí, como artista, saber que yo
    supuestamente les vendía un objeto de arte que ellos podían usar como
    objeto decorativo o como de uso práctico. Iban a interactuar con él de
    un modo íntimo. La gente se acercaba, preguntaba los precios, los
    examinaban y pagaban por su objeto, sin ningún tipo de remilgo”.

    Deyanira, otra artesana dedicada a la confección de objetos para
    estimular el placer sexual, nos habla de las características de su
    mercado: “El cubano es muy sensual, muy caliente, no sé cómo el gobierno
    insiste en ser más papista que el Papa. No creas que yo le vendo solo a
    extranjeros y jineteras, esos son los que menos se asoman por aquí, a
    esta puerta han tocado coroneles, generales, y todo el mundo sabe que
    esto no es legal. Si un día me cogen [me apresan], van a tener que
    soltarme al momento porque si yo abro la boca se suelta el diablo”.

    Sin embargo, no todo el mundo acude a las escasas sex shop clandestinas
    que existen en Cuba, ya sea por mantener en secreto sus fantasías,
    evitar exponerse, incurrir en un delito de “receptación” o, simplemente,
    por no estar en condiciones de pagar precios que superan los salarios
    mensuales de cualquier trabajador profesional. La mayoría de los cubanos
    “resuelven su problema” con las cosas que tienen a mano, y sobre eso nos
    hablan algunos entrevistados.

    Hiram, un ex presidiario, nos describe las “habilidades” eróticas que
    aprendió en la cárcel y que, actualmente, le han ayudado en su actual
    oficio de “jinetero”: “Allí [en prisión] fue donde supe qué cosa era una
    perla y me puse la primera, cuando mi mujer me fue a visitar, la dejé
    como loca. Después me puse otra más. […] Eso se hace con los cepillos de
    dientes. Coges un pedacito de plástico y le das forma, lo dejas bien
    lisito […]. Puede ser redondo o cuadrado, pero bien liso, como una
    perla. […] Le das candela, un poco para que no te infecte o la metes en
    alcohol y después con un cepillo afilado en la punta te recoges el
    pellejo [se refiere a la piel del pene] y haces un hueco y por ahí metes
    la perla. Eso se cierra a los días y se cura con saliva. Cinco o seis
    veces [en el día] tienes que echarle saliva para que no se infecte. […]
    Es verdad que da dolor pero después no hay jeva [mujer] que se resista.
    Con eso no hace falta más nada. Yo me he hecho especialista en poner
    perlas”.

    Yandiel, joven enfermero, nos explica una técnica que él usa para
    “construir” sus propios objetos sexuales: “Yo no pago por nada de eso,
    son muy caros. Eso es para ricos. Yo aprendí con una pareja mía que
    estuvo preso. En la cárcel se hacen mucho esas cosas. Es muy fácil, no
    hay que ser artesano ni comprar silicona. […] Tú coges un condón, lo
    llenas de agua, lo cierras bien […] y comienzas a forrarlo con más
    condones, formando capas de unos 20 o 30 condones hasta que coge la
    forma de un consolador de verdad. Vaya, eso es mejor que los originales.
    […] Eso no es nada peligroso. […] Tú no has visto nada. Al hospital ha
    llegado gente directo al salón [quirófano] para sacarle de todo: tubos
    de desodorante, botellas de cerveza […] eso lo da la necesidad
    espiritual pero mucho más la material. Cuando no hay pan…”.

    Consoladores, vibradores, dildos de cualquier especie, muñecos de
    plástico y todo cuanto insinúe parecerse a un auxiliar erótico son
    traficados en Cuba como si se trataran de armas o drogas. La incautación
    de estos objetos, por parte de la aduana de Cuba, puede conducir a un
    proceso judicial por “perjuicio a la moral pública” y hasta por “tráfico
    de mercancías” para un incipiente mercado subterráneo de tales
    productos, altamente demandados por una población que comienza a
    descubrir, como ha dicho un vendedor de una sex shop clandestina en La
    Habana, ironizando con una conocida frase del discurso oficialista, “que
    un mundo mejor es posible”.

    Source: Las sex shops clandestinas de La Habana | Cubanet –
    www.cubanet.org/destacados/las-sex-shops-clandestinas-de-la-habana/

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