Prostitution in Cuba
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    100% cubano

    100% cubano
    FRANCISCO ALMAGRO | Miami | 20 Ene 2016 – 7:34 am.

    Tomo prestado el título de una canción del gran trovador y compositor
    cubano que es Pedro Luis Ferrer para contar esta historia. Sucedió en
    un comercio de Miami, donde habitualmente las familias compran frutas,
    vegetales y viandas, todo muy fresco, atendido por una pareja de jóvenes
    cubanos recién llegados, atentos, siempre alegres, capaces de
    comunicarse con los frecuentes usuarios en un inglés aceptable y un
    español de tintes campesinos.

    Quizás por esos complementos, el negocio prospera exponencialmente.
    Aquel día estaba ella sola para atender el negocio, y por alguna razón
    le dije que era cubano, a lo cual añadí, “y a mucha honra”. La muchacha,
    tan tierna en sus deberes, cambió el rostro, me miró fijamente y chilló:
    “Pues para mí no es ninguna honra ser cubana”.

    Me lo habían contado muchas veces. Pero nunca había tenido delante de mí
    un joven que renegara de su condición de cubano, ni en Estados Unidos ni
    en la Isla. Por amigos y familiares sé que cada día es mayor la
    proporción de jóvenes que se abochornan de haber nacido en la otrora
    Perla del Caribe. Hasta alguna cámara indiscreta ha preguntado en Cuba a
    un grupo de niños qué quieren ser cuando crezcan, y la respuesta ha
    sido: “Ser extranjero”.

    Mucho se ha escrito sobre este fenómeno, y mucho habrá que escribir y
    aún más por hacer para que las jóvenes generaciones nacidas en Cuba
    sientan orgullo real por su tierra. ¿Cómo es posible que lleguemos al
    punto de negarnos a nosotros mismos? Y debo dejar constancia de que ya
    no solo sucede con los cubanos que recién emigran a Estados Unidos; la
    abjuración se da también en hijos de cubanos nacidos en estas tierras,
    abochornados de sus apellidos, del acento, de sus gustos culinarios, de
    ese involuntario movimiento de pies cuando oyen sonar un tambor. Da
    vergüenza ajena cuando, pudiendo enseñarle a sus hijos el español, y
    hacerlos así hombres y mujeres de dos grandes culturas —y de más
    oportunidades laborales, sociales— se les habla solo en idioma prestado.

    Puede que la negación propia haya comenzado en la Cuba revolucionaria
    como un mecanismo sicológico para evadir una situación
    esquizofrenizante: un discurso nacionalista, chovinista, con la
    imposición de un antinorteamericanismo venido a menos y al mismo
    tiempo, en la vida real, para el cubano lo “americano” y “extranjero”
    —que no lo del “campo socialista”— seguía siendo garantía de calidad,
    de durabilidad y buen gusto. Una cosa era ser antimperialista, pues en
    Cuba una parte del sector intelectual y liberal prerrevolucionario
    siempre lo fue, y otra odiar a “los americanos”, rechazar sus productos,
    cultura, deporte y avances científicos.

    Las diferencias vergonzosas entre el extranjero y el cubano se hicieron
    evidentes cuando los llamados técnicos extranjeros —rusos, búlgaros,
    alemanes— tenían tiendas y lugares exclusivos donde los nacionales no
    tenían acceso. Aunque con cierta discreción, resultaba de igual modo
    insultante no poder entrar a la tienda del Sierra Maestra o a la Marina
    Hemingway de aquellos años. No recuerdo a ningún niño o joven decir que
    quería ser ruso o checo. Si recuerdo muchos cubanos y cubanas casados
    con rusos, checos, alemanes o búlgaros viviendo como “extranjeros” en Cuba.

    La cruzada castrista contra todo lo “de afuera”, específicamente lo
    norteamericano, no tuvo paralelo. En Cuba fue casi un delito oír o tocar
    jazz, decir que el Ford era superior al Lada, seguir el béisbol de
    Grandes Ligas o preferir a Mickey Mouse antes que al Tío Estiopa. Pero
    como suele suceder con el discurso fatuo, sin sustentación,
    antihistórico, todo aquello se vino abajo por su propio peso. Tras la
    debacle del socialismo real en Europa, experimento tampoco sustentable,
    se hicieron imprescindibles los dólares del enemigo. Los mismos dólares
    que llevaron a tantos jóvenes cubanos a las cárceles cubanas por varios
    años y arruinaron sus vidas para siempre. Los cubanos empezaron a
    vestirse, a pasear, a comer gracias a la “moneda del enemigo”.

    Con la liberación del dólar cayeron las caretas. La fiebre del jazz
    reconquistó la noche habanera, los automóviles alemanes y asiáticos se
    tomaron los hoteles, se supo la Gran Carpa todavía en pie —aunque no la
    dejaran ver—, y los personajes de Disney, digitalizados, regresaron al
    mundo infantil. Por decreto, la moneda foránea y en consecuencia, todo
    lo “de afuera” —léase capitalista— era bienvenido. Las llamadas “lacras
    de la sociedad de consumo” como la prostitución, el juego y las drogas
    regresaron con más fuerza, solo que con nombres cambiados para que
    parecieran otra cosa: jineteras, juegos de azar y “bolá”.

    Las consecuencias de tantas inconsecuencias ha sido un pueblo que fuera
    de los noticieros o la prensa oficial ha aprendido a vivir en el doblez
    porque se tiene lástima de sí mismo, no se valora en la verdad, reniega
    de su historia —de la verdadera, la que desconoce— niega su cultura, que
    no es solo la crecida bajo el signo revolucionario, desconoce realmente
    sus raíces religiosas judeocristianas, no sabe de decenas de
    deportistas, escritores, artistas, economistas, profesionales que
    brillaban en Cuba y siguieron brillando fuera de ella.

    El pasado tampoco es irreprochable. La Revolución de 1959 y Fidel Castro
    no fueron accidentes históricos. Algo de castristas, de liberales, de
    soberbios y marañeros debemos tener algunos para haber hecho algo que
    dura más de medio siglo. Es cierto que ese cubano arrogante, impío,
    falto de tercera dimensión, dado al choteo y a la poca seriedad para
    algunas cosas, como diría Jorge Mañach, vivió y aún vive en La Habana y
    Miami, en Santiago y en Nueva Jersey. Es a ese cubano a quien no se le
    debe ni honra ni sacrificio.

    Si algún deber tenemos quienes hemos vivido un poco, y por fortuna
    estamos en libertad, es recordarles a esa muchacha y a tantos jóvenes
    cubanos que nuestra Isla tiene una historia muy linda, con héroes y
    mártires cuyas vidas tuvieron luces y sombras, y más pudo en ellos la
    luz. Que Cuba, la Mayor de la Antillas, tiene suelos, playas, montañas y
    ríos fértiles y, bien cuidados, pueden alimentar al doble de la
    población que hoy habita la Isla. Que gracias a nuestra ubicación
    geográfica fuimos y podemos ser un puente cultural y económico para las
    Américas. Que los cubanos son trabajadores, creativos y mayoritariamente
    bondadosos, familiares, amigables. Que hemos tenido glorias del deporte,
    la ciencia, el arte, la política, la religión y la filosofía comparables
    a cualquiera en el mundo. Y que son glorias, porque ellos brillan más
    allá de la opinión de alguien o de que un sistema socio-político los
    reconozca.

    Y para no caer en similares contradicciones, les diríamos a la muchacha
    y a tantos jóvenes cubanos que el mundo no es tan grande como parece,
    los “extranjeros” no tan distintos a ellos mismos, y nunca, por muy “de
    afuera” que se pretenda ser, lo cubano se quita, viva usted donde viva.
    No somos perfectos ni mejores y esta triste etapa de nuestra historia
    puede servir para querernos un poco más a nosotros mismos. Para que
    nuestra salvación venga de ser 100% cubanos, y a mucha honra.

    Source: 100% cubano | Diario de Cuba –
    www.diariodecuba.com/cuba/1453271662_19588.html

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