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    Lo que cuesta esperar el año nuevo en Cuba

    Lo que cuesta esperar el año nuevo en Cuba
    La severa inflación en la isla transforma el salario en un chiste de mal
    gusto. Tanto las cenas familiares de Nochebuena como la de fin de año,
    revelan las desigualdades en Cuba.
    Iván García Quintero
    diciembre 30, 2015

    Es mediodía. En el escurridero de la cocina de Maritza Gallardo, en el
    reparto Casino Deportivo, a quince minutos en auto del centro de La
    Habana, se descongelan cuatro trozos de pavo. Regados por el piso, un
    puñado de plátanos verdes aguardan ser pelados por sus hijas y nietas,
    que ahora no están para la faena, y se van a bailar reguetón en la sala,
    donde un equipo de música revienta los tímpanos.

    Mientras las jóvenes bailan despreocupadas, un tipo de vozarrón gutural,
    ya en la frontera de la ebriedad, canta desafinadamente al compás de
    Alexander y Gente de Zona, “el arroz con habichuela, Puerto Rico me lo
    regaló, Miami me lo confirmó”. Y mueve las caderas con una botella de
    cerveza Cristal en una mano.

    Maritza, 79 años, ama de casa de toda la vida, intenta que la familia
    coopere en las labores culinarias. “Cuando llegue la noche van a cenar
    reguetón y ron. Caballero, ayúdenme que yo sola no puedo”, dice con tono
    plañidero. A regañadientes, los suyos comienzan a pelar ajos, plátanos,
    yuca o exprimir naranjas agrias.

    En una mesa, dos hijas escogen arroz y frijoles negros. Maritza vigila a
    la tropa, que bajo los efectos del alcohol y la alegría de estar
    reunidos en familia, se desordenan cuando escuchan la música.

    En un fogón improvisado en el patio, dos piernas de cerdo son asadas a
    fuego lento por un hombre de barriga prominente que espanta a los que se
    acercan por el olor: “Pa’llá, señores, no me hagan sombra. Aviso cuando
    estén terminadas”.

    Una escena similar a la del jueves 24 de diciembre se repetirá el jueves
    31 de diciembre de 2015. A pesar de la bulla, la gente que no quiere
    ayudar y el reguero en la cocina, Maritza Gallardo se considera una
    mujer feliz.

    “Yo vivo los 365 días del año esperando esos dos días de
    diciembre. Ningún dinero del mundo es capaz de pagar el poder reunir a
    todos mis hijos, hermanos y nietos. Y todavía falta mi hermana que vive
    en Estados Unidos. Cuando esa loca aterrice, el fiestón durará tres días
    con sus noches”.

    El esposo de Maritza falleció hace dos años. “Es el único que falta.
    Siempre, con lo que hemos tenido, nos hemos reunido y
    celebrado Nochebuena y fin de año. Gracias a Dios, ahora podemos comprar
    bastante comida y bebida. Mi familia es de oro”, dice, y sus ojos se
    humedecen.

    Pero no todas las familias en Cuba tienen la misma suerte. A tres
    kilómetros de la casa de Maritza, en Párraga, barrio al sur de la
    capital, en un conglomerado de viviendas bajas, humildes y sin
    pretensiones arquitectónicas, reside Arsenio Sarmiento, expresidario.
    Padre de tres hijos, a menudo se pregunta cuándo la buena suerte tocará
    a su puerta. Su vecindario está circundado por callejuelas destrozadas,
    salideros de agua y olor a m…. “La peste viene de las tuberías de
    desagüe, rotas hace años”, aclara.

    Arsenio tuvo una infancia compleja. Junto a una pandilla juvenil comenzó
    a robar neumáticos de autos, sillones de los portales o lo que se le
    pusiera en el camino. Después de lo robado, compraba cigarrillos de
    marihuana y tomaba ron peleón.

    La cárcel fueron unas vacaciones. Hoy, con 40 años, quiere cambiar, ser
    un buen padre y mantener a su familia trabajando honradamente. Pero el
    destino y la mala suerte siempre lo han convocado a delinquir.

    Para Arsenio Sarmiento, eso de cenar en Nochebuena y en fin de año, es
    cosa de películas americanas. “No hay astilla (dinero), brother. El 24
    de diciembre para mí es un día cualquiera”.

    El 31 de diciembre sí lo entusiasma. “Pienso vender dos sacos de
    cemento y con mi salario de plomero, comprar un pedazo de puerco,
    frijoles negros y un racimo de plátanos. Lo que sí está garantizado es
    el vacilón. A Menocal (una plaza donde el Estado organiza
    bailables) vendrán grupos de reguetón y música salsa y uno puede bailar
    gratis con su jevita”.

    Con la llegada al poder de Fidel Castro en 1959, en Cuba desapareció la
    cultura navideña. A partir de entonces, Castro comenzó a suplantar las
    tradiciones, hasta eliminarlas por completo. Santa Claus y los Reyes
    Magos fueron desterrados de la memoria colectiva. O al menos eso intentó.

    Después, el barbudo y su gobierno hicieron las paces con la Iglesia
    Católica. En diciembre de 1997, a raíz de la visita del Papa polaco Juan
    Pablo II, la Navidad volvió al almanaque. Lentamente, el espíritu
    navideño ha ido cuajando en la mayoría de una población que se supone es
    católica.

    Al margen de sus creencias, muchas familias, casi todos los negocios
    privados y centros turísticos estatales tiran la casa por la ventana
    estos días. Pero las calles, parques e instituciones oficiales no son
    adornados. En Cuba no hay viernes negro ni rebajas de precio en el mes
    de diciembre.

    Y no todos pueden darse el lujo de cenar el 24 y también el 31 de
    diciembre. Una cena para una familia de cinco personas, a base de
    cerdo, dos o tres turrones, arroz blanco, frijoles negros, tostones de
    plátanos verdes, ensalada de tomate y lechuga, una botella de vino tinto
    y dos decenas de cerveza, cuesta alrededor de $70.

    A simple vista, en la isla se identifican tres clases sociales.

    En primer lugar, los intocables, ministros y altos oficiales
    militares, que en nombre de la Revolución viajan por medio mundo, hacen
    dos comidas de calidad al día, desayunan como si fueran estadounidenses
    (café con leche, tostadas con mantequilla, jugo, huevos fritos y
    bacon) y pueden pagar $300 para esperar el año nuevo en Tropicana
    o en la Plaza de la Catedral.

    Luego, le siguen aquéllos que reciben remesas, tienen negocios privados,
    son artistas y deportistas de éxito, jineteras de nivel o burócratas
    corruptos. Ellos también pueden hacer celebraciones sin necesidad de
    abrir las alcancías ni contar los pesos que quedan en el monedero.

    Y en último lugar, los cubanos de a pie, ésos que no reciben remesas y
    en 57 años de castrismo siguen viviendo mal y comiendo peor. Para ellos,
    diciembre es el último mes del año y no un mes de festejos, adornos,
    cenas y brindis.

    Justo cuando se acerca el 31 de diciembre, los precios de alimentos como
    la carne de cerdo se disparan. En los agromercados habaneros, la libra
    de cerdo ronda los 40 pesos. Medio kilo de tomates, 15 pesos. Una libra
    de malanga, 7 pesos. Y un turrón español, 3.50 pesos convertibles.

    Algunos restaurantes ofertan cenas especiales de fin año. En El Asia,
    mugriento restaurante a un costado del antiguo paradero de La Víbora, en
    un cartel escrito a mano, anuncian ofertas para ocho y doce personas, a
    1.220 pesos y 1.444 pesos (el salario promedio en Cuba es de 600 pesos,
    unos $24).

    Mientras Maritza Gallardo puede reunirse con toda su familia, comer sin
    restricciones y pasarla bien el 31, Arsenio Sarmiento tiene que
    conformarse con ir a un agromercado de anaqueles desvencijados y comprar
    un pedazo de cerdo, unas libras de frijoles negros y un racimo de
    plátanos verde.

    Después de su pobre cena, Arsenio se llegará hasta la plaza pública.
    Allí, con cientos de personas más, esperará la llegada de 2016, bebiendo
    cerveza a granel o ron barato, bailando reguetón y música salsa con su
    jevita.

    Source: Lo que cuesta esperar el año nuevo en Cuba –
    www.martinoticias.com/content/lo-que-cuesta-esperar-el-ano-nuevo-en-cuba/112185.html

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