Prostitution in Cuba
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    Andariegos de La Habana

    Andariegos de La Habana
    ROGELIO FABIO HURTADO | La Habana | 20 Dic 2015 – 7:40 pm.

    Al parecer, se trata de una tribu en extinción. Hoy mismo no tengo
    referencias de ninguno en ejercicio. No creo que esto se deba
    precisamente a una elevación espectacular de la salud mental de sus
    pobladores. De ser así, la prensa oficial ya nos hubiese enterado.
    Además, para alcanzar esa categoría no basta con la patología psiquiátrica.

    El andariego habanero clásico nunca fue un simple maniático, ni siquiera
    un mendigo pintoresco. Su exponente por excelencia, El Caballero de
    París, nunca extendió la mano para pedir, aunque viviese de la caridad
    pública, lo que él mismo consideraba un honor justamente debido a su
    jerarquía nobiliaria. Mi amiga La Marquesa sí lo hacía, pero rodeaba el
    acto de todo un ritual cortesano, que hubiese hecho las delicias de
    Marcel Proust. Otros, menos connotados, simplemente excluían de su
    delirio cotidiano esa eventualidad.

    El primero para mí fue Cuquito. Sentado en una banqueta de El
    Ventorrillo, de una edad indefinida, achinado, con aquel sombrero de
    fieltro circundado de cascabeles que se acomodaba sobre sus bucles,
    Cuquitoparecía un cangaceiro armado con una mandolina de juguete. No
    recuerdo haberlo oído cantar, ni hacer otra cosa que estar sentado allí,
    tomándose su café con leche gratis en El Ventorrillo, que ya no existe,
    no obstante Cuquito persevera, impregnando de poesía mi niñez.

    Otra suerte de diosa local fue María Belén, una morena alta y altiva que
    recorría Santa Amalia por las mañanas, como inspeccionando sus dominios.
    María Belén padecía un bocio impresionante, que la obligaba a mantener
    erguida su sonriente cabeza de watusi. Avanzaba despaciosa, y respondía
    a los saludos con una invariable sonrisa y un gesto de reina. Solía
    llevar consigo una gran bolsa de tela, que pendía del hombro opuesto al
    bocio, a manera de contrapeso. Nunca supe dónde vivía ni lo que llevaba
    en su bolsa. Su caminata matinal subía hasta la Calzada de 10 de Octubre
    por la calle Gustavo Sánchez Galarraga, doblaba cuatro cuadras a la
    derecha y volvía a adentrarse en Santa Amalia por la calle Rivera.

    Ambos fueron deidades locales. Ya en los años 60 surgió, desde Santos
    Suárez y para toda La Habana, La China, cuyo escenario por excelencia
    fueron las guaguas. Una mujer trigueña, de pelo muy negro y muy lacio,
    magra de carnes y más que suelta de lengua, que divertía a la mayoría de
    los pasajeros con sus dichos procaces, cargados de doble sentido. Digo a
    la mayoría, porque a veces embromaba lo mismo a hombres que a mujeres.

    “Chófer, párasela bien por detrás, mira que está gordita”, clamaba con
    su voz de pito, e incluso se atrevía hacerle cosquillas en las orejas a
    los hombres, que se sonrojaban amoscados. Fue una precursora de los
    shorts calienticos, aunque su anatomía ya no la acompañase. La gente
    decía que era la heredera arruinada de La Casa de los Tres Quilos o
    hermana del camarógrafo Guayo, con quien guardaba cierto parecido. Lo
    cierto es que La China nos hizo un poco menos tortuosos los viajes en
    aquellos tórridos veranos de irremediable socialismo. Un día su
    esquelética figura desapareció de las calles, que volvieron a su
    tristeza de costumbre.

    Otro andariego de aquellas décadas fue un negro exboxeador, a quien le
    gritaban “Gavilán te noqueó, Gavilán te quitó la rubia”, y se mandaba a
    tirar golpes al aire, en un remedo de shadow boxing paróxistico. Se
    llamaba Julián y una vez confirmé con un conocedor que, efectivamente,
    había peleado con el Kid y perdido por decisión una buena pelea. La
    última vez que lo vi fue, de lejos, en el Leprosorio de El Rincón, donde
    estaba internado. Creo que Mirta Yáñez lo menciona en uno de sus relatos.

    Mi andariega favorita fue La Marquesa, aquien pude conocer en la década
    del 70. Pasados sus mejores tiempos, cuando ya ni la prensa ni la
    televisión se ocupaban de ella, perseveraba en su oficio de limosnera
    ilustrada, con los frágiles sombreritos, milagrosamente sujetos a las
    ralas pasitas, ahora teñidas de azul de metileno. Así, los sombreros de
    la marquesa de Revilla de Camargo transitaron la indefinida construcción
    del socialismo posados en la cabecita de la apócrifa marquesa, quien
    había trabajado para aquella como exquisita repostera.

    Pude presenciar un mediodía sus forcejeos contra un par de esbirros
    vestidos de civil, que trataban de recogerla a la cañona para que el
    ilustre visitante de turno no fuese casualmente a verla. Esa “limpieza”
    solía practicarse entonces a menudo. Con La Marquesa fracasaron, porque
    sus gritos enseguida provocaron una concentración de testigos que
    obligaron a los robustos combatientes a desistir. Tan pronto la
    soltaron, se alisó su vestidito, recompuso su pelambre y reinstaló su
    sonrisa de trabajo.

    Permanecía en San Rafael hasta que comenzaba a caer la tarde. Entonces
    enrumbaba hacia el Vedado y podía vérsele a la entrada de Radiocentro,
    haciendo tiempo para caer, ya entrada la noche, por El Carmelo de
    Calzaday El Jardín, en Línea. Con la anuencia de los camareros, se
    paseaba entre las mesas repartiendo sus sonrisas más personalizadas.
    “Qué tal mi amigo, tiempo que no lo veía por aquí”, les decía como toda
    una atenta anfitriona.

    Alguien, de muy mala entraña, ha escrito que La Marquesa ejercía una
    especie de prostitución ambulante. Es evidente que nunca vio ni en
    fotografías a La Marquesa, quien era zalamera para despertar la caridad
    pero nunca atractiva para provocar el deseo.

    Por último, ese ignorante y casi todos los habaneros desconocían que la
    humilde limosnera tenía detrás de su vida pública, otra vida muy real,
    con un esposo que había perdido sus piernas en un accidente de
    ferrocarril y una hija cuya mente permanecía congelada en la niñez. Por
    ambos, La Marquesa salía día tras día a las calles de La Habana a
    interpretar su papel de marquesa. Vivían cerca del stadium del Cerro, en
    un vagón de tren adaptado como vivienda.

    Source: Andariegos de La Habana | Diario de Cuba –
    www.diariodecuba.com/cultura/1450390885_18913.html

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