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    Reajuste de un desajuste de un ajuste

    Reajuste de un desajuste de un ajuste
    ¿Es realmente justa la preocupación por la persistencia y puesta en
    práctica de la Ley de Ajuste Cubano?
    Alex Heny, Nueva York | 27/10/2015 9:22 am

    The Cuban Adjustment Act of 1996 (CAA) provides for a special procedure
    under which
    Cuban natives or citizens and their accompanying spouses and children
    may get a green
    card (permanent residence). The CAA gives the Attorney General the
    discretion to grant
    permanent residence to Cuban natives or citizens applying for a green
    card if:
    – They have been present in the United States for at least 1 year
    – They have been admitted or paroled
    – They are admissible as immigrants
    Del sitio web de la USCIS (United States Citizenship and Immigration
    Services)
    La llegada
    “Los cubanos llegaron ya…”.
    El hombre tararea. Lo hace como al descuido, desde su estatura de algo
    más de seis pies —estimo—, sonriendo amable a la vez que se atusa con
    gesto maquinal un bigote tupido, recortado de manera que me recuerda a
    Pedro Albizu Campos.
    Sonreímos de vuelta mi esposa y yo, con la timidez que el momento nos
    impone y el hombre, que resultó ser portorriqueño, le dice algo en
    inglés al otro oficial de inmigración, el mismo que enfático y también
    sonriente nos dijo “¡Welcome to the United States!” cuando entramos a la
    oficina hace unos minutos, y que ahora interrumpe su teclear, toma unos
    papeles del escritorio y nos los entrega: “Llenen estas formas, por
    favor”, instruye en un español enlatado y se sienta otra vez tras su
    computadora.
    “Tranquilos, cubanos, que ya están en buenas manos…”, dice, otra vez
    como de pasada, el oficial portorriqueño que, además de conocer música
    cubana, luce en la manga de la camisa un emblema de Homeland Security y
    unos galones que lo distinguen como oficial superior, quizás al mando de
    esta estación fronteriza en el cruce Ciudad Juárez-El Paso. De repente
    detiene su inquieto caminar por la reducida oficina; escucha con
    atención cuando un graznido electrónido escapa de su radio y
    seguidamente, sin despedirse, sale por una puerta distinta a la que
    entramos al lugar. Ya no lo volvimos a ver.
    Mi mirada se posa en la pared, junto a la puerta. Allí cuelga un cartel
    que lista las prioridades de atención para los que allí arriban.
    “Mujeres embarazadas o acompañadas de menores de edad” se lee en la
    primera línea; mi esposa tiene siete meses de embarazo, y trae en su
    vientre a mi primer hijo americano.
    Ocho horas más tarde fuimos admitidos “bajo palabra”, parolees, en el
    territorio de Estados Unidos de América.
    Fue ese el colofón a una larga espera; primero, encerrados en una celda
    de detención —cambio de turno, alguien dijo—; después una entrevista
    agotadora con otro oficial, esta vez un mexicano-americano, de los que
    llaman “pochos” en el otro lado de la frontera. “Yo soy científico,
    oficial; trabajo en…”, intento explicarle al hombre, que me observa
    con indiferente desdén.
    “Le voy a hacer unas preguntas; necesito que preste atención y responda
    con veracidad”, me interrumpe, y sin más preámbulo comienza un
    interrogatorio, que se extiende por dos horas y que incluye preguntas
    tan exóticas como cuáles eran los nombres de los grupos de indígenas que
    habitaban Cuba a la llegada de los españoles.
    “Así que viene a este país vivir de su familia y del welfare, ¿no?”,
    sentencia el oficial en su español mexicano-norteño cuando por fin
    termina su cuestionario y me entrega una tarjeta de cartulina blanca,
    que se convierte ipso facto en el documento más importante de mi vida.
    “No, nada de eso; yo…”, intento protestar, pero el hombre de nuevo me
    interrumpe: “Que le vaya bien…”, musita, me da la espalda, y
    desaparece en los pasillos de la estación migratoria. “Pinche
    mexicano…”, pienso en mi jerga aprendida, y abro la puerta encima de
    la cual hay un letrero lumínico, que dice EXIT, y que me anuncia que esa
    la entrada a mi nuevo país.
    El ajuste
    Las historias de trámites y desenredos de los cubanos que, huyendo de
    Cuba, arriban a Estados Unidos buscando asilo político, son muy
    parecidas. No es nada excepcional entonces que, apenas tres meses
    después de haber entrado al país, mi esposa y yo ya estábamos
    apertrechados con número de seguridad social, licencia de conducción y
    permiso de trabajo.
    Tampoco lo es que siete años después de desandar la penumbra de la
    medianoche en las calles de El Paso, obtuviéramos la ciudadanía
    estadounidense.
    Pero antes que eso sucediera, un año y medio después de ser admitidos
    como refugiados cubanos “bajo palabra” en el territorio de Estados
    Unidos, obtuvimos el estatus de residentes, amparados por la Ley de
    Ajuste Cubano (LAC). La LAC es la hija pródiga del forcejeo político
    entre los gobiernos de Estados Unidos y Cuba. Su letra y espíritu les
    garantizan a los cubanos un estado de excepción que les permite a estos
    el acceso irrestricto a un estado migratorio estable —el de la
    residencia legal— a la vez que despeja el camino para la pronta y
    subsiguiente adquisición de la poderosa ciudadanía americana.
    La LAC, ley que cuenta con todo lo necesario para funcionar como un
    instrumento eficiente y pragmático, pero que no se aplica a ultranza; la
    LAC, a la cual le deben centenares de miles de cubanos en Estados Unidos
    y en Cuba que sus vidas no sean peor de lo que alguna vez lo fueran.
    Ley cuya pertinencia está siendo impugnada cada vez con mayor intensidad
    por los más disímiles adversarios, y que está en peligro de desaparecer.
    El desajuste
    “Unlike other immigrants, Cubans are not required to enter the United
    States at
    a port-of-entry. Second, being a public charge doesn’t make a Cuban
    ineligible
    to become a permanent resident.”
    Tomado de Wikipedia
    Dejando a un lado —tan absurdo resulta— el enigmático reclamo del
    desgobierno cubano para que se derogue la LAC, debo reconocer que no me
    queda claro quiénes dentro de la comunidad cubana en el exilio están
    exigiendo el fin de esa controversial ley.
    Algunos dicen que son cubanos afiliados al republicanismo
    estadounidense; otros alegan que ese reclamo es solo la indignada
    reacción de cubanos “de bien”, avergonzados por lo que ven y escuchan,
    alarmados por la incivilidad, la chusmería, el mal gusto, la
    mediocridad; apremiados por la proliferación de las malas artes
    importadas desde Cuba junto con sus “refugiados políticos”; asediados
    por la omnipresencia del “invento”, el desfalco, el robo, la estafa, la
    vagancia y la inutilidad social convertidas en método; amenazados por la
    ebullición de todo ello dentro de una comunidad encerrada en el absurdo
    afán de que sea Cuba y el barrio otra vez, pero esta vez bajo el amparo
    de la humedad de la Florida —!Ehto é igualito que Cuba, asere, pero con
    dinero y mah calol!—, y bajo la protección, supuestamente, de la LAC.
    A pesar que los desmanes, venturas y expedientes que se gastan muchos
    cubanos en el sur de la Florida son harto conocidos, no poco han
    contribuido a ese estado de opinión los artículos publicados en fecha
    reciente en el Sun Sentinel, donde se denuncian tanto las prácticas de
    delincuentes comunes de origen cubano, como el modus vivendi de los
    “emigrados de estómago”, cuyo principio y fin parece ser cobrar cheques
    de ayuda social y viajar a Cuba con notoria frecuencia.
    Esos encendidos editoriales sin embargo disparan a granel; no hacen
    distinción, y colocan a todos —los estafadores, los vividores, los
    inútiles, a cubanos “buenos” y “malos”— bajo una misma luz —sombra,
    debiera decir—: la de una comunidad de emigrantes indeseables.
    Es seguro entonces —no puede ser de otra manera— que el gobierno de
    Estados Unidos está tomando nota de lo que sucede.
    Si en un lugar tan alejado de Hialeah y la Pequeña Habana, como puede
    serlo una árida estación de Homeland Security en la frontera Ciudad
    Juárez-El Paso, hay al menos un oficial de inmigración de origen latino
    que injustamente generaliza y no se limita en expresar su desprecio por
    los cubanos que llegan en busca de asilo; si un periódico de cierta
    notoriedad en el sur de la Florida escribe in extenso sobre las manchas
    que empañan a la comunidad cubana; si hay grupos de poder que por
    diversas agendas políticas cabildean a favor del término de la LAC, es
    de esperar entonces que a un plazo más corto que mediano algo suceda con
    la Ley de Ajuste Cubano.
    Pero, ¿es realmente justa esa preocupación por la persistencia y
    aplicación de esa ley?
    El reajuste
    A pesar de la incontestable evidencia de que algo anda muy mal en la
    comunidad cubana en el exilio, la LAC no es el problema.
    El problema, si acaso, está en cómo separar la paja del trigo durante el
    proceso de admisión de los refugiados, o en la entrevista que tiene
    lugar antes de obtener la residencia, justo cuando la LAC va a ser
    usada. O sea, pudiera estar el problema precisamente en aplicar la LAC
    sin usar todas las prerrogativas que esta contiene. Pero el problema
    real en sí, insisto, no es esa ley ni ninguna otra: el problema,
    admitámoslo de una vez, son los cubanos.
    El exilio cubano en Estados Unidos, que una vez fuera considerado una de
    las minorías más pujantes y de mayor éxito en este país, ya no es lo que
    fue. Este no es un hecho casual sino causal: tampoco son los cubanos lo
    que una vez fueron.
    Hoy, como viene sucediendo desde hace décadas, los mayoría de cubanos
    son acogidos al por mayor bajo el amparo de su admisión como refugiados,
    por la ley de “pies secos-pies mojados” y por la LAC; pero la calidad
    social de la emigración cubana —y por ende de la comunidad en pleno que,
    como se sabe, es medida tanto por sus muchos como por sus menos— es cada
    vez más baja.
    Por supuesto, eso no es nada para asombrarse: no se puede esperar otra
    cosa en personas que vienen de un país que es un paria social, cultural
    y económico en un mundo hiperconectado y global que le lleva medio siglo
    de ventaja a los cubanos.
    Si bien los valores de convivencia, civilidad, conciencia ciudadana y
    desempeño social exitoso ya habían sido estremecidos en Cuba por el
    culto al igualitarismo, por el intento infructuoso de clonar un “hombre
    nuevo” —supraburgués, ultraproletario, ajeno a cualquier clase social
    que no fuera lo obrero campesino—, culto acunado y alentado por la
    ideología totalitaria y anacrónica de la dictadura cubana, esos valores,
    decía, recibieron un demoledor y definitivo golpe de gracia con el
    advenimiento del llamado Período Especial.
    A partir de 1990, en menos de dos años, los cubanos pasaron de ser una
    sociedad con expectativas optimistas —aunque el optimismo obedeciera más
    a una piadosa ignorancia de lo que sucedía en el mundo exterior que a
    cualquier otra cosa—, pasaron decía a ser una manada en frenética
    estampida por la supervivencia.
    El individualismo, no en esa variante creativa que sostiene al
    capitalismo, sino en su vertiente más mezquina, se instauró como norma
    en Cuba. Proliferaron el robo, la ilegalidad, el contrabando, la
    prostitución, el proxenetismo; se agudizó y generalizó la miseria, y ya
    no se trataba de que no se atisbara luz al final del túnel: ya no había
    túnel, sino un oscuro pozo sin fondo.
    Si antes de ese monumental desplome de los 90 ya el concepto de vivir
    subsidiados, con servicios —salud, educación— mediocres pero regalados
    —por no mencionar las consecuencias de la falta de democracia— estaba
    entretejido en lo más intrincado de la idiosincrasia de cuatro
    generaciones de cubanos, la compulsión a sobrevivir sin trabajar y sin
    obligaciones ciudadanas se volvió entonces cada vez más atractiva, pero
    sobre todo factible.
    Por otra parte, los referentes culturales de valor se disolvieron en la
    oscuridad de los apagones, o simplemente fueron ignorados en el fragor
    de una multitud famélica peleando para comprar refresco a granel; la
    vulgaridad pasó a ser la norma, y en medio de la —tradicional— ansiedad
    por lo que llegaba “de afuera” se aceleró la caída en picada de la ya de
    por sí escasa educación formal; hasta la música nacional, baluarte
    recurrente de la buena cubanía, se estremeció y cedió su lugar ante el
    embate de la importación de música marginal de pésimo gusto.
    El comportamiento antisocial se hizo cotidiano, la sociedad mutó para
    peor y ni Cuba, ni los cubanos, jamás han podido recuperarse de ese
    cataclismo. Fue el comienzo de la Era del Regetonismo, que dura hasta
    nuestros días.
    En ese contexto una generación modificó su comportamiento, otra creció
    con esos “valores”, y otra le siguió sin saber siquiera que las cosas
    habían sido muy diferentes en otra época no muy lejana: son esos cubanos
    que no conocieron ni disfrutaron de la “bonanza” ochentera, que solo
    saben de escasez, miseria, apagones, cuya mentalidad está metalizada a
    fuerza de carencias, y que ahora enfilan rumbo norte buscando su pedazo
    de pastel: la Ley de Ajuste también los ampara, y ellos traen consigo el
    modus operandi de una sociedad que hace mucho no es la nuestra y que, en
    realidad, ya no entendemos muy bien.
    Dicho de otra manera, los cubanos son admitidos en territorio
    norteamericano con un “bienvenido y adelante”, importando con ello lo
    positivo que haya en esas personas, pero lo negativo también entra a
    raudales: las entrevistas de admisión son casi idénticas, y no están
    diseñadas para indagar en la calidad moral, profesional o ciudadana de
    los entrevistados.
    Pero hay que decirlo de nuevo: la LAC no es causa en sí de los
    problemas: la largueza con que la misma se aplica, y con la que por ende
    EEUU admiten a los cubanos que arriban a sus fronteras, es la que
    debiera ser regulada.
    La ley bien aplicada, pero los cubanos…
    Aun si no existiera la LAC, los mismos cubanos que son “indeseables” a
    los ojos y sentir de parte de la comunidad cubana y que son sujeto de
    los desvelos del Sun Sentinel, permanecerían en EEUU y harían lo mismo
    que ahora hacen.
    Lo único diferente sería su estado migratorio: serían refugiados en el
    territorio de EEUU que deberían prorrogar su estatus anualmente; pero
    eso no haría desaparecer ni a estafadores ni la baja estofa que lastra
    el escorado prestigio de la comunidad cubana en el sur de la Florida.
    Yo estoy de acuerdo con que la LAC necesita ser aplicada al pie de su
    letra: eso sería una excelente noticia para el rescate del esplendor que
    una vez tuvieron los cubanos como grupo emprendedor y distinguido. Ese
    rescate que comenzaría con el uso de los filtros que ya existen dentro
    de la letra de la ley: aceptar a admisibles, rechazar a no admisibles.
    Pero no hay que perder de vista que ese deterioro de la calidad de la
    sociedad cubana en el exilio no se ha dado de la noche a la mañana; ha
    sido un proceso acumulativo que quizás se remonte hasta el éxodo del
    Mariel. Quienes claman por la derogación de la LAC culpando de la mala
    calidad de nuestra comunidad a la reciente ola migratoria cubana, deben
    primero mirar a su alrededor, pensar en quiénes conocen, recordar un
    poco, y tal vez se percaten que están molestos por un problema que no se
    relaciona exclusivamente a los recién llegados.
    Por otra parte, ese clamor por el fin de la Ley de Ajuste, vociferado
    por algunos cubanos, habla acerca de la escasa estatura de nuestra
    solidaridad como nación exiliada, y es un foco rojo que marca uno de los
    sitios donde nuestra pobre incidencia en la sociedad norteamericana
    tiene su origen. Ningún cubano llegó a Estados Unidos siendo un
    ciudadano de primer mundo, mucho menos un americano consciente de sus
    deberes y derechos, y eso es algo que merece ser recordado antes de
    enarbolar banderas de elitismos de medio pelo.
    La LAC fue concebida entonces previendo el caso que nos ocupa, el de
    emigrantes no aceptables para vivir en Estados Unidos; sin embargo, la
    aplicación relajada de la ley ha traído los lodos que enturbian estas
    aguas. En todo caso, pienso que es una ley que debe mantenerse, y me
    pregunto lo siguiente:
    ¿Por qué un oficial de inmigración no incluye, entre las preguntas sobre
    taínos y guanahatabeyes, una indagación sobre las calificaciones y los
    propósitos que el inmigrante trae para insertarse en la sociedad
    americana como un generador de impuestos y no como un consumidor de
    beneficios?
    ¿Por qué no hacer una revisión de esa declaración a los seis meses, al
    año, al año y medio, antes de decidir si otorgar o no la residencia?
    ¡Por qué no insistir con esas revisiones, anualmente quizás, en ese
    interregno entre residencia y ciudadanía?
    ¿Por qué no revocar el estatus de refugiado o residencia a quien no lo
    merezca, a esos “emigrantes indeseables”?
    En todo caso, cualquier cosa que sucediera, ya sea con el procedimiento
    de otorgamiento de refugio político, parolee, o el de residencia en
    EEUU, pues pienso que en un mundo ideal tal cosa debería tener carácter
    retroactivo, y revisar el desempeño ciudadano incluso de muchos de los
    que hoy quieren ver la LAC abolida.
    En un mundo real, sin embargo, todo lo que se requiere es la aplicación
    adecuada de esa ley, lo que salvaría a los cubanos de los cubanos; ley
    que no es mala per se, como la pintan en Cuba, ni obsoleta o
    inconveniente, como la describen por acá algunos cubanos de extraña
    estirpe: la Ley de Ajuste Cubano es en todo caso una ley útil,
    conveniente, que en manos de una etnia que la supiera aprovechar sería
    —hubiera sido— un pedestal para elevarnos en lo que hoy,
    desgraciadamente, no somos: una emigración sólida, unida, pero sobre
    todo deseable.
    ………
    “Y ni siquiera nos preguntaron qué venimos a hacer por el bien de este
    país, en qué podemos ser útiles, en qué pensamos trabajar: nos dieron el
    asilo y ya…”, me comentó asombrada mi esposa cuando salimos de la
    estación migratoria a la oscuridad de las calles de El Paso, hace siete
    años, a buscar un taxi que nos llevara a un hotel.
    “…y llegamos bailando cha cha chá”, le respondo.
    Y ambos sonreímos.

    Source: Reajuste de un desajuste de un ajuste – Artículos – Opinión –
    Cuba Encuentro –
    www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/reajuste-de-un-desajuste-de-un-ajuste-323918

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