Prostitution in Cuba
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    Yanier, Yandri y el “salve”

    Yanier, Yandri y el “salve”
    Uno llegó a La Habana como policía, el otro como prostituto
    lunes, septiembre 28, 2015 | Jorge Ángel Pérez

    LA HABANA, Cuba – Yanier y Yandri fueron juntos a la misma escuela y
    compartieron pupitre, hasta que la maestra lo permitió. Hace un año
    llegaron a La Habana los dos, desde un pueblecito de Las Tunas. Yanier
    vino en ómnibus y no tuvo que pagar por su pasaje. Yandri hizo el viaje
    en una rastra que le cobró doscientos pesos y en la autopista lo
    sorprendió la lluvia. Cinco meses después se volvieron a encontrar, los
    dos merodeaban el parque Central. Yanier vestía el uniforme azul de
    policía y Yandri una camiseta descotada que anunciaba sus enormes
    pectorales.

    El uniformado llegó hasta donde estaba su amigo de la infancia. Yandri
    se levantó eufórico, abrió los brazos, intentó abrazarlo. Yanier lo
    detuvo con la mano abierta sobre los enormes pectorales y le exigió el
    carné de identidad. Yandri creyó que era una broma y palmeó el hombro al
    coterráneo, le dijo: “¡Yanier, mi hermano!”. El policía movió el hombro,
    rechazó la mano cariñosa y volvió a reclamar el carné de identidad, esta
    vez lo llamó ciudadano.

    Yandri mostró el documento y recordó la chivichana, a los dos montados;
    unas veces era Yandri quien guiaba, otras Yanier. “¿Qué hace usted en
    La Habana? ¿Dónde trabaja? ¡Deben haber costado carísimo esos tenis…!”.
    El otro no supo responder. Mirando al policía recordó los planes que
    hicieron juntos para escaparse del pueblo, para venir a luchar a La
    Habana, después de todo lo que les contará Sandy, otro amigo del barrio
    y de la escuela, antes de irse a Bélgica.

    Sandy volvía cada vez al pueblo con los bolsillos repletos, vestido con
    ropas carísimas, muy a la moda. Hasta le compró una casita nueva a su
    mamá antes de marcharse. Fue él quien les contó del italiano que conoció
    en el malecón. Sin ningún recato habló de los cien dólares que le pagó
    Gianni por dejarse acariciar un poco la primera noche. Los amigos ni
    siquiera se ruborizaron con las detalles de los otros encuentros. “¡Mil
    dólares!”, gritaron a coro al enterarse de la cantidad que dejara el
    napolitano la última noche que estuvieron juntos: “¡Ese día le hice un
    buen trabajo!”, contó Sandy.

    Yandri y Yanier planearon llegar juntos a La Habana. “¡Si a Sandy le fue
    tan bien…!”, dijo el que ahora anda uniformado. Unos meses después los
    dos recorrieron el camino que separaba a su pueblito tunero de La
    Habana; uno para hacerse policía, y pinguero (prostituto) el otro. Ahora
    estaban enfrentados. Yanier era la ley y Yandri el delincuente.

    A pesar de todo, porque era su mejor amigo, pensó decirle la verdad,
    como antes hiciera Sandy. A Yandri le habría gustado contar que no le
    iba mal aunque no hubiera conocido, todavía, al yuma de su vida, pero no
    se atrevió. Tampoco el policía le dio tiempo. Yanier llevó a Yandri
    hasta la estación de Dragones, allí pasó dos días, luego lo llevaron
    hasta una prisión preventiva en Calabazar, en la que estuvo toda una
    semana y donde lo advirtieron de su condición de ilegal en la ciudad de
    La Habana, y también le pusieron una multa de cuatrocientos cincuenta
    pesos. Finalmente lo montaron en un ómnibus junto a sus compañeros de
    infortunio, a los que iban dejando en las unidades de policía de sus
    “lugares de origen”. Allí los recibían haciéndoles saber que estaban
    fichados por “conducta antisocial”.

    Yandri estaba dispuesto a no cejar. Cuatro meses después volvió a La
    Habana. La primera noche se desnudó con un ruso con el que estuvo una
    semana en las playas al este de La Habana. Su recia figura, sus
    pectorales cada vez más definidos y las bondades de su entrepierna, lo
    llenaron de suerte. En “Mi cayito” encontró luego a César, un cubano
    residente en Miami. En un mes el muchacho venido desde oriente consiguió
    juntar más de mil dólares.

    Fue en las playas del este, donde se volvieron a encontrar Yanier y
    Yandri. El policía, uniformado y el otro, con el cuerpo descubierto, se
    paseaba con cierta displicencia. Muy pronto aprendió que no era bueno
    “sofocar” a su presa. Solo tenía que mostrar lo pródigo que era su cuerpo.

    El policía no se dejó ver. Apostado detrás de unos mangles vigiló a su
    presa. Una hora después el pinguero había conseguido meter en el jamo al
    norteamericano Glenn y a su pareja, un croata nombrado Ante. Yanier
    observaba desde lejos.

    Los yumas, muy pródigos con sus bolsillos, querían vacacionar en un
    cayo. “¡Los tres solitos!”, insinuó el norteño. Si los acompañaba y
    complacía durante toda la semana podría guardar en su billetera cuatro
    mil dólares.

    Cuando el cubano fue a subir al auto con la pareja de extranjeros
    apareció Yanier, y Yandri vio como se esfumaban, uno a uno, los dólares
    que le habían prometido. Sin que se lo pidiera le mostró el carné al
    coterráneo. Mirando la foto, leyendo o haciéndose el que leía los datos
    del carné, dijo bajo pero muy claramente: “Hermano, sálvame con algo”.
    El croata, que ya estaba enterado de muchas cosas, alcanzó
    disimuladamente, un billete de cincuenta. Yandri, montó en el auto que
    partió enseguida.

    Ahora Yandri es el padrino de Lisandra, la hija de Yanier. El policía
    siempre advierte al amigo de su infancia cuando habrá redada, y espera
    por el “salve”.

    Source: Yanier, Yandri y el “salve” | Cubanet –
    https://www.cubanet.org/opiniones/yanier-yandri-y-el-salve/

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