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    Apatía y represión

    Apatía y represión
    Más fácil se arriesga la vida en una balsa que en una calle de Cuba
    Alejandro Armengol, Miami | 17/06/2015 4:42 pm

    En Cuba las marchas de las Damas de Blanco han logrado una amplia
    difusión en la prensa internacional, pero también demostrado la
    incapacidad para convertir una queja en un reclamo masivo de la
    población. Esos límites del movimiento opositor trascienden a las
    características de cualquier grupo y constituyen un problema nacional a
    la hora de buscar un avance democrático.
    Cuando se analizan las causas que a lo largo de los años han impedido el
    avance de un movimiento opositor abundan las referencias tanto al
    entorno como a los protagonistas. En este artículo no se hace referencia
    a la actuación de los miembros de la oposición —sus virtudes, logros y
    limitaciones—, un tema tratado con frecuencia en estas páginas, sino a
    las circunstancias generales en que llevan a cabo su labor.
    Varios factores conspiran para que en Cuba no ocurra un movimiento de
    protesta callejera amplio y espontáneo.
    El primero es que ya pasó. Al principio de la revolución, salieron las
    amas de casa a las calles de Cárdenas batiendo cacerolas y ollas y
    gritando: “Queremos comida”. Desde la capital de la entonces provincia
    de Matanzas el capitán Jorge Serguera envió a los tanques para que
    avanzaran sobre el pueblo. La intervención del fallecido expresidente
    Osvaldo Dorticós impidió que se produjera una masacre.
    El llamado “Maleconazo” fue otro acto de protesta popular y masivo, pero
    destinado sobre todo a lograr la salida del país.
    Diversos actos esporádicos, más o menos con la participación de un
    sector de la población y en diversas provincias, han sido
    fundamentalmente por razones económicas, como hace unos años la protesta
    de cerca de 200 dueños de coches tirados por caballos en Santa Clara.
    El segundo factor es que más allá de las simples turbas controladas, el
    régimen cuenta con tropas adiestradas y equipos de lucha contra
    disturbios —entre ellos vehículos antimotines—, listos para poner fin a
    cualquier manifestación popular. A ello se une la existencia de una
    fuerza paramilitar, que ha demostrado su rapidez y capacidad represora
    en otras ocasiones, y que de inmediato entraría en combate ante una
    amenaza seria de insurrección callejera.
    Las dos cuestiones mencionadas tienen que ver no solo con la represión
    como práctica sino también como “ejercicio profiláctico”. No solo se
    reprime a los que actúan sino también a quienes no se atreven. A esa
    ciudadanía que aún permanece en calma también van dirigidos los actos de
    repudio, las contra manifestaciones, los golpes, los insultos y las
    obscenidades. Son una advertencia.
    Sin embargo, un importante aspecto que demora o impide un movimiento
    espontáneo de protesta masiva es la apatía y desmoralización de la
    población. La inercia y la falta de esperanza de los habitantes del
    país. Su falta de fe en ser ellos quienes produzcan un cambio. El
    gobierno de los hermanos Castro ha matado —o al menos adormecido— el
    afán de protagonismo político, tan propio del cubano, en la mayor parte
    de los residentes de la Isla.
    El exilio como futuro —como alejamiento colectivo para ganar en
    individualidad— es un aliciente mayor que un enfrentamiento callejero.
    Más fácil se arriesga la vida en una balsa que en una calle. El
    desarraigo es preferible a la afirmación nacional limitada al concepto
    de patria, porque se llega al convencimiento —aunque sea intuitivamente—
    de que no hay nada en que afirmarse.
    En primer lugar, la geografía como parte de la política. Puede que las
    cacerolas se oigan primero en el interior del país, pero deben
    escucharse en La Habana. La posibilidad de que el estallido popular
    ocurra primero extramuros obedece a factores económicos: la pobreza
    mayor en el campo que en la capital. Sin embargo, es un error hacer
    depender cualquier protesta de un empeoramiento absoluto del nivel de
    vida de la población. Más bien sería todo lo contrario.
    Desde el punto de vista económico —y contrario a lo que podría pensarse
    inicialmente—, un agravamiento general de la situación económica no
    tiene que ser necesariamente el detonante. Son las diferencias sociales,
    que se intensifican a diario, las que más fácil prenden la mecha. Por lo
    tanto, a diferencia de que lo que ocurrió en Argentina, serían los
    estratos más desposeídos los iniciadores de la protesta. La gente no va
    a lanzarse a la calle pidiendo libertades políticas —ya ese momento
    pasó—, sino expresando sus frustraciones sociales y económicas.
    En caso de producirse un movimiento de protestas populares, y de ser
    espontáneo, lo más probable es que no contaría con la participación
    mayoritaria de los miembros de la sociedad cubana más identificados con
    el rechazo al régimen, porque éstos son al mismo tiempo los que tienen
    más dólares, ya sea gracias a las remesas familiares, el comercio
    ilícito o los trabajos por cuenta propia.
    Otro factor a tener muy en cuenta es la composición étnica. ¿Cuál es el
    segmento que en la actualidad sufre más privaciones en Cuba? No hay duda
    que la población negra constituye el caldo de cultivo para un estallido
    social. Sus miembros son quienes tienen menos posibilidades de recibir
    dólares del extranjero y también a los que discriminan de los trabajos
    en hoteles, restaurantes y transporte de turistas. En igual sentido,
    carecen en su mayoría de viviendas con la capacidad suficiente para
    alquilar cuartos a extranjeros, ni poseen automóviles u otros recursos
    que les faciliten la adquisición directa de los dólares de los
    visitantes. Hay pocos negros dueños de paladares o propietarios de casas
    de huéspedes. Como una evidencia más del fracaso del régimen, han vuelto
    a ser relegados a las esferas tradicionales donde antes del primero de
    enero de 1959, el triunfo económico y social era un anhelo costoso y
    renuente. Para la población negra, el bienestar del dólar se limita a
    quienes se destacan en tres esferas muy competitivas: el deporte, la
    prostitución y el arte.
    De producirse cacerolazos en Cuba, el régimen los reprimirá con firmeza.
    No hacerlo sería la negación de su esencia y su fin a corto plazo.
    Imposible no usar la violencia. En cualquier caso lleva las de perder.
    La habilidad de los hermanos Castro radica en evitar las situaciones de
    este tipo.
    Fidel Castro logró sortear el “Maleconazo” de 1994 con una avalancha de
    balsas hacia la Florida. Esa salida está agotada. La represión en su
    forma más desnuda —arrestos y muertos— no conlleva necesariamente el
    inmediato fin de un régimen totalitario, pero en el peor de los casos lo
    tambalea frente a un precipicio.
    Ningún dictador tiene a su alcance un manual que lo guíe, sino ejemplos
    aislados: los hay tanto de supervivencia —el caso de China—, como de
    desplome —el de Rumania.
    La naturaleza centralizadora y represiva del régimen siempre ha impedido
    crear una contrapartida en suelo cubano que avance más allá de las
    limitadas denuncias y violaciones a los derechos humanos y el trasiego
    cotidiano, por muchos años semiclandestino, para lograr la comida.
    De esta forma, el reverso económico del modelo cubano está en Miami. Sin
    embargo, este modelo es al mismo tiempo conocido y ajeno para el cubano
    de a pie. Fuente de fantasía, esperanza y envidia.
    Tampoco es posible esperar que puedan trasladarse de inmediato patrones
    laborales, condiciones empresariales y características propias de una
    nación súper desarrollada, en cuanto a capacidad macroeconómica y
    dominio tecnológico mundial, a un país empobrecido como Cuba.
    Para la mayoría de la población de la Isla, la disidencia es una
    alternativa política, pero no económica. La alternativa económica no
    radica en la denuncia opositora sino en el mercado negro. Aunar estos
    aspectos ha resultado imposible, en parte porque el gobierno ha dictado
    normas —y momentos— que se acercan y difieren a la hora de juzgarlos y
    condenarlos.
    Es en el terreno social y económico donde se define en gran parte la
    batalla por la calle. Además de enfrentar una fuerte represión, toda
    organización disidente que intente hacer llegar su mensaje a la mayoría
    de la población tiene que otorgarle preferencia a los temas sociales.
    Aunque algunos grupos de la disidencia interna contemplan una plataforma
    social y económica, las cuestiones políticas han predominado en su
    discurso. Esto no ha dejado de ser una limitación.
    La única organización dentro de Cuba —que no se puede considerar
    disidente en el sentido político, pero sí independiente del Gobierno en
    cuanto a objetivos y recursos— con un avance sistemático aunque limitado
    en lograr una presencia en la calle es la Iglesia Católica.
    En este sentido llama la atención que la Iglesia perseguida de décadas
    atrás sea invocada por el exilio y su complemento afín dentro de la
    disidencia con mayor fervor que la labor que realiza en la actualidad.
    Ello es un ejemplo de las posibilidades de avance y las grandes
    limitaciones, no solo de cualquier diálogo con el gobierno de La Habana
    sino entre los propios opositores en general y diversas formas de
    activismo social.
    Una versión previa de este texto apareció en Cuaderno de Cuba, en
    octubre de 2013, y en otros trabajos dentro de ese blog del mismo año.

    Source: Apatía y represión – Artículos – Opinión – Cuba Encuentro –
    http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/apatia-y-represion-323035

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