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    Lo que el viento nos dejó

    Lo que el viento nos dejó
    La Habana era hace sesenta años una ciudad bonita, limpia, joven. Daba
    la impresión de ser una ciudad habitada por personas que no le habían
    hecho daño a nadie
    viernes, mayo 22, 2015 | Rafael Alcides

    LA HABANA, Cuba. -La Habana era hace sesenta años una ciudad bonita,
    limpia, joven y sin ladrones de importancia en el barrio. A eso de las
    nueve de la noche pasaba el carro de la basura. Era un camión común, no
    uno de estos de hoy que parecen naves interplanetarias. Llevaba cuatro
    hombres, dos de a pie al paso del camión, flanqueándolo, y dos arriba
    del camión. Al oírlo anunciándose con una campana, los vecinos sacaban
    presurosos a la puerta la lata de la basura, los dos hombres de a pie
    que lo seguían las lanzaban con mucho estilo a los de arriba del camión,
    estos las devolvían con igual estilo y las latas volvían a quedar junto
    a la puerta. Dolía verlos haciendo aquel trabajo que dejaba la calle
    sumergida en un vaho de melones podridos, aunque ellos por la elegancia
    y precisión con que lo hacían parecían ir jugando un partido de básquet
    individual. Cuántos camiones tenía el municipio no lo sé, pero el camión
    de tu barrio pasaba todas las noches, lloviera, hiciera frío o estuviera
    en camino un ciclón.

    Esto no era todo.

    Por las tardes, pasaba una avioneta fumigando contra las moscas y los
    mosquitos y, al amanecer, La Habana olía a limpio. Durante la noche sus
    calles principales habían sido baldeadas y conocido el cepillo de hierro
    que pasaba entre la calle y el borde de la acera una poderosa máquina.
    Los registros de las alcantarillas tenían sus tapas, el alcantarillado
    era revisado cada semana, no se conocían los apagones, y daba La Habana
    la impresión de ser una ciudad habitada por personas que no le habían
    hecho daño a nadie por lo que podían vivir sin temores, a pesar de ser
    tiempos en los que era familiar el estruendo del repentino tiroteo
    coincidiendo con el estallido de petardos. En los barrios residenciales
    imperaba el parterre abierto, y en el Vedado tradicional el murito breve
    de medio metro establecido por las ordenanzas municipales.

    Ni al multimillonario Sarrá se le permitió esconder su palacete detrás
    de las siniestras planchas de metal que tanto recuerdan los crematorios
    nazis, hoy tan en boga en la naciente burguesía del Hombre Nuevo de La
    Habana, con su añadido el par de perros grandes y fieros como leones
    –cuya alimentación diaria cuesta la jubilación de un médico– campeando
    en el jardín, más la infaltable alarma en el automóvil. Hasta infelices
    que un día vendieron el inodoro para sobrevivir, se han ‘abunquerado’,
    protegiendo con rejas sus puertas y ventanas.

    Es verdad que en aquella Habana anterior a la aparición del Hombre Nuevo
    el automóvil dormía junto a la puerta y amanecía intacto, con sus cuatro
    gomas, su acumulador, su radio y su parabrisas. El ladronzuelo de
    entonces no iba más allá de la camisa o el calzoncillo pescados a través
    de la ventana con un perchero enganchado en la punta de un palo de
    escoba. Sacabas la mano por la puerta al levantarte, y allí estaban el
    litro de leche y el saquito con el pan que al amanecer te dejaran en el
    quicio. Verdad también que noche y día, un policía por lo general
    afectuoso (los malos eran los de los patrulleros) cuidaba la manzana con
    devoción de monje, se detenía a conversar con los vecinos y donde menos
    se le esperara allí aparecería él, de silbato y tolete. La guardia
    nocturna de los CDR no ha podido sustituirlo.

    En esos tiempos tenía La Habana un barrio marginal llamado “Las Yaguas”,
    hoy tiene decenas. La falta de trabajo había estimulado la presencia del
    vendedor de puerta en puerta y del pregonero, personas por lo general
    sin mayor ilustración. Ejército cuyas filas se han centuplicado, sin que
    falte en ellas el profesional universitario que en sus horas libres
    llega a venderte jamón, leche en polvo, aceite de oliva. Hasta el
    vendedor de cloro y escobas llevadas al hombro tiene su doce grado o es
    técnico medio. En la jinetera y el jinetero no son raros los doctorados.

    Da grima ver tanto mal gusto en la Habana actual, ver los derrumbes que
    han hecho que algunas de sus partes céntricas recuerden al Londres que
    mostraban los noticieros RKO Pathe al terminar la segunda guerra
    mundial, sentir el estremecimiento funeral de lo que no ha sido pintado
    en años, contemplar la ortopedia presente en el establecimiento
    convertido en vivienda por un albañil sin recursos e improvisado además,
    caminar por calles en tinieblas con miedo de que te caiga encima un
    balcón. Sí, tenemos cosas que no teníamos. La mortandad infantil ha
    sido llevada hasta los suelos, y persiste el embargo. Pero, señores, han
    pasado cincuenta y seis años. No dos ni tres, no. Cincuenta y seis. Los
    años que tenía la república que el viento se llevó.

    Source: Lo que el viento nos dejó | Cubanet –
    http://www.cubanet.org/opiniones/lo-que-el-viento-nos-dejo/

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