Prostitution in Cuba
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    Cada vez que regresan, encuentran una Cuba distinta

    Cada vez que regresan, encuentran una Cuba distinta
    Visitar la Isla durante los 90 sumía a cualquiera en una depresión. Ya
    en los 2000, al llegar se respiraba otro aire que olía a dólares. Ahora,
    en el 2015, el único tema de conversación en las calles es emigrar
    viernes, mayo 29, 2015 | Iris Lourdes Gómez García

    LA HABANA, Cuba. -En 1984, Milagros conoció a un francés con el que se
    casó. En aquella época ella no tenía intenciones ni interés alguno en
    emigrar; ni siquiera buscaba casarse con un extranjero. Eran tan mal
    mirados, aunque fueran de países socialistas. El concepto de la
    “jinetera” en aquel momento aún no se había inventado. Para algunos que
    hoy ya peinan canas y que no llegaron a conocer la época anterior, eran
    los tiempos en que “Cuba reía”.

    En los años 80 había una abundancia relativa. Se trabajaba con la
    esperanza de un futuro mejor, los más necesitados se anotaban en las
    microbrigadas para llegar a obtener un apartamento; los más
    sacrificados, acumulando “méritos laborales”, podían ganarse un
    televisor o pasarse una semana en una casa en la playa. Para matarse el
    hambre, el pan costaba veinte veces menos que ahora; lo mismo que los
    polvorones o torticas de Morón, los masarreales y otros dulces humildes.

    En cualquier fiesta popular o en determinados lugares, el trabajador,
    con su salario, podía costearse una borrachera. Era frecuente que
    vendieran envases de cartón parafinado de medio litro (conocidos como
    “pergas”, los que, por alguna razón, han desaparecido) llenos de
    cerveza. Como estaban al alcance de cualquier bolsillo, casi siempre
    había colas, pero el precio era muchas veces menor que el de ahora. El
    aguardiente costaba 9 pesos la botella, mientras que ahora el ron más
    barato cuesta siete veces más también.

    En aquella época se podía entrar y pasar el día en la piscina del hotel
    Riviera o cualquier otro de lujo, pagando con lo obtenido como resultado
    del trabajo.

    Eran los tiempos de la relativa abundancia en Cuba, y Milagros no
    sospechaba de qué se iba a salvar. Cuando en 1994 vino a visitar a su
    familia, por poco necesita tratamiento psiquiátrico. La visita la pasó
    en cama, víctima de una gran depresión. Sus familiares estaban secos, de
    tan flacos. Los hombres habían perdido sus grandes barrigas, obtenidas
    con las pergas de cerveza y noches de parranda y chicharrones. Antes se
    las tocaban diciendo “el trabajo que me costó criarla”. Las caras ajadas
    por las malas noches se sumaban ahora a los vientres planos, pues los
    apagones se sucedían a toda hora del día, y durante el verano había que
    pasar las noches en vela esperando la corriente para conectar el ventilador.

    Cuando volvió en el 2004, ya todo era diferente. Se respiraba otro aire
    que olía a dólares. Habían aparecido compañías extranjeras y empresarios
    italianos, españoles, mexicanos que tenían novias cubanas. Éstas
    arreglaban sus casas, se compraban carros. Junto a los empresarios y
    gerentes aparecieron las “jineteras” y los “pingueros” que ejercían la
    prostitución y solían tener sus proxenetas. Ese año, Milagros compró
    para su familia en las nuevas tiendas un refrigerador, un televisor a
    color, ventiladores, una batidora, ollas de presión; esto además de
    todos los artículos que había traído de su viaje. Se fue reconfortada y
    feliz.

    Volvió en el 2015. Todo había cambiado. En las mismas tiendas en que
    compró aquella vez habían disminuido dramáticamente los anaqueles y en
    los que quedaban se repetía un mismo producto hasta el cansancio; todo
    lo que se vendía era de mala calidad. Se hablaba de sustituir
    importaciones, pero éstas solamente se habían suspendido, pues no había
    con qué reemplazarlas. Sus familiares andaban como zombis, sin ilusiones
    ni esperanzas. Los negocios abiertos poco antes —con la ilusión de que
    “ahora sí vamos a producir”— se habían ido cerrando uno a uno bajo el
    peso de los inspectores y los impuestos. Se avizoraba una reducción a la
    mitad del petróleo suministrado por Venezuela a precio de liquidación,
    con lo que volverían los apagones. El único tema de conversación:
    emigrar. Por Ecuador, por Canadá, por México, desde Argentina, hacia
    Europa, en balsa hasta las islas Caimán o incluso con un contrato en Angola.

    Milagros sabe que este fue su último viaje a Cuba. Ya sus padres
    murieron, los tíos que le quedan habrán fallecido antes de que pasen
    otros diez años, y sus primos y sobrinos han ido a parar a todos los
    continentes. Sólo le queda un hermano al que le va a costear la salida
    junto a su esposa. No tiene sentido volver, pues en Cuba, junto a la
    prosperidad y las ilusiones, emigraron las familias. Y ya a ella no le
    queda ninguna aquí.

    Source: Cada vez que regresan, encuentran una Cuba distinta | Cubanet –
    http://www.cubanet.org/actualidad-destacados/cada-vez-que-regresan-encuentran-una-cuba-distinta/

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