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    Reggaetón – La música del dinero

    Reggaetón: La música del dinero
    Representa el modo de vida que ansían muchos en Cuba: Carros, ropas
    caras, viajes, lujos, éxito
    lunes, marzo 30, 2015 | Ernesto Pérez Chang

    LA HABANA, Cuba. -Cuando a principios de este año el Yonki, un
    reguetonero (reggaetonero) muy popular en Cuba, decidió celebrar el
    regreso de su gira por los Estados Unidos, lo hizo en La Cecilia, un
    centro nocturno de La Habana donde tan solo el “cover” (costo de la
    entrada) puede superar el salario mensual promedio de cualquier
    profesional, actualmente de unos 20 dólares. En aquella ocasión, aunque
    el precio oficial del ticket se fijó en 10 dólares por persona, hay
    quienes, para alcanzar un cupo, afirman haber pagado hasta 100 dólares a
    los porteros en una maniobra de soborno que se ha ido haciendo rutinaria
    en aquellos lugares donde son habituales los conciertos de reguetón
    (reggaetón).

    Aunque la mayoría de quienes se “dan el lujo” de asistir a esos
    espectáculos son jóvenes en edad escolar y, como habría de ser lógico,
    sin ingresos personales, en estos lugares, a juicio de algunos empleados
    relacionados con la atención al público, las “noches de reguetón” son
    consideradas las más importantes en cuanto a ganancias económicas, a
    pesar de ser un género musical hasta cierto punto “acorralado” por los
    medios de promoción oficiales.

    “Los reguetoneros son una verdadera mina de oro”, nos comenta un
    trabajador de la Casa de la Música de la calle Galiano, al que no
    identificaremos para no perjudicarlo en un empleo que pudiera estar
    entre los más codiciados de la isla debido a las ganancias personales
    que al parecer le reporta.

    Según esta persona, el reguetón es la garantía de que en una noche los
    porteros de algunos centros nocturnos puedan guardarse en el bolsillo
    entre 200 y 800 dólares “limpiecitos”, cantidad que supera lo que gana
    un ingeniero cubano por todo un año de trabajo.

    “Cuando no hay conciertos de reguetón”, nos dice el mismo empleado,
    “esto no se llena igual. La gente paga lo que dice la entrada y ya (2
    dólares para cubanos y 5 para los extranjeros). Pero cuando están el
    Micha o el Chacal, Yakarta, Osmani García, cualquiera de ellos, esto se
    pone bueno. La gente da 50 y hasta 100 (dólares) por entrar, y todos son
    chamacos de 18, 20, veintipico. Eso sin contar lo que se gastan dentro
    con las jevitas (…) ¿De dónde sacan el dinero? Yo qué sé y tampoco me
    importa. A veces es mejor no saber (…) La Habana ya no es como antes,
    hay mucha droga, sexo, y todo eso mueve dinero. En el ambiente del
    reguetón está toda esa moña, yo no le descargo mucho pero eso es lo que
    todos estos chamacos de hoy tienen en la cabeza”.

    Sin embargo, las llamadas “Casa de la Música”, administradas por la
    Empresa de Grabaciones y Ediciones Musicales (Egrem), no poseen las
    libertades de las que gozan otros centros recreativos estatales y
    particulares (algunos de ellos ilegales) a la hora de planificar sus
    espectáculos. Obligadas por el Instituto Cubano de la Música a ofrecer
    una programación variada que favorezca a las agrupaciones de música
    tradicional, sólo cuentan con tres o cuatro espectáculos de reguetón en
    el mes, lo que las coloca en desventaja con respecto a otros sitios
    nocturnos donde incluso los músicos pueden pactar de antemano el precio
    de las entradas y beneficiarse de un buen porciento de las ventas.

    “Por mucho que pidan, siempre hay ganancias”, nos dice el dueño de un
    negocio particular en el municipio Playa. Aunque no quiso ser
    identificado, para evitar represalias, accedió a conversar con CubaNet.
    Por él supimos que quienes dirigen estos lugares tienen cierta
    “libertad” al conformar su propia programación, por lo cual han
    priorizado aquellos géneros, artistas y agrupaciones que les reportan
    mayores ingresos:

    “A mí no me dejan contratar a todo el mundo, hay que tener cuidado con
    eso. Hay músicos que no me permiten traer. Eso es complicado pero sí me
    dejan que yo decida si pongo reguetón todas las noches. (…) Si yo traigo
    una orquesta de salsa, esto se me queda vacío y tengo que cobrar el
    cover a 2 dólares cuando sé que con el Micha puedo pedir 10 y 15 y hasta
    veinte dólares. A mí me gusta el son, la salsa, pero es el reguetón el
    que llena esto. Si viene el Micha y me pide 2000 dólares por un
    concierto, yo se lo puedo dar y aun así le gano muchísimo más que eso;
    pero si viene cualquier orquesta y me dice 1000 dólares, yo no puedo
    pagarle ni la mitad, porque no viene tanta gente. (…) Los de la Casa de
    la Música, si los dejaran, harían lo mismo que yo, pero ellos están más
    presionados a poner música tradicional. (…) Dentro de lo permitido, yo
    puedo escoger lo que subo al escenario. Esa es la diferencia y por
    supuesto que gano más. La guerra que existe entre los reguetoneros y los
    soneros, es precisamente por eso, que los reguetoneros les han ido
    robando todos los espacios a los soneros, por eso el Instituto de la
    Música obliga a poner música tradicional en los centros que dirige. Yo
    solo me guío por lo que la gente quiere, y si dicen reguetón, yo les doy
    reguetón”.

    Presentaciones clandestinas en los barrios

    Además de estos lugares a donde los jóvenes acuden en masa, han
    aumentado los llamados “conciertos clandestinos”, organizados por los
    propios artistas. Realizados en lugares apartados y usando como única
    forma de divulgación los mensajes a través de celulares, en estos
    espectáculos privados también las entradas alcanzan precios
    sorprendentes que, para quienes son ajenos a ese peculiar universo,
    inducen a la pregunta sobre cómo es posible que en barrios marginales
    donde supuestamente los ingresos están muy por debajo de la media, las
    personas puedan asistir a esos espectáculos tan caros.

    Para algunos, la imagen de opulencia y poder que proyectan los músicos
    en sus vídeos y en sus modos de actuar dentro y fuera del escenario,
    unido al origen o el “perfil” marginal de la mayoría de ellos, son
    asumidos por los más jóvenes como un modelo a seguir en una sociedad
    donde, más allá de la droga y el comercio sexual, no existen muchas
    opciones para escapar de la pobreza. Algunos detractores del género solo
    advierten en la obra de estos músicos populares una incitación al delito
    como única vía para alcanzar un paradigma de vida ligado exclusivamente
    al placer. Otros se escudan en una supuesta “nocividad” del reguetón
    para justificar la censura y, de manera tramposa, recuperar los espacios
    para otros géneros musicales en desventaja.

    Para los seguidores del reguetón y el hip hop, más que géneros o
    variantes de la música urbana, aunque en algunos casos ni pretendan ni
    llegan a ser exactamente vehículos de denuncia social por medio del
    arte, son reflejos del verdadero universo donde viven los cubanos
    (gusten del reguetón o no) y de las aspiraciones (no importa si
    realizables o quiméricas) de la mayoría de la gente, muy distantes del
    país ideal y armonioso (con multitudes siempre dispuestas al sacrificio
    personal) que desean describir los gobernantes cubanos en los discursos
    oficiales.

    Aunque algunos reconocen que las letras de muchas de las canciones de
    moda pudieran resultar triviales, sostienen que son el reflejo y no la
    causa de la realidad que representan. Para Roger, un joven que
    asiduamente asiste a esos espectáculos, el reguetón no incita a la
    ilegalidad ni promueve un modo de vida. Tan solo muestra un entorno “que
    todo el mundo sabe que existe pero que muchos prefieren esconder” porque
    desmonta ese cuadro de perfección que, según el añejo discurso oficial,
    debiera caracterizar a una sociedad socialista con ya medio siglo de
    existencia.

    Para Arisbel, un trabajador de un cabaret “clandestino” en Arroyo
    Naranjo, los precios que cobran por los conciertos no son tan exagerados
    como pudiera parecer a algunos y nos explica las razones:

    “Ellos cobran en sus conciertos lo que en realidad saben que la gente
    puede pagar. No son unos abusadores cuando dicen 10 o 20 dólares por la
    entrada. Tienen los pies en la tierra (…). En el mundo en que ellos se
    mueven y que todos nosotros nos movemos, aunque no tengamos ni un peso,
    10 o 20 dólares no son nada. Eso lo hace cualquier jinetera en media
    hora con cualquier yuma, o el gerente de una firma, o aquel tipo de la
    esquina echándole un poco de talco al otro [vendiendo cocaína]. (…) Yo
    conozco gente que se ha echado 50 mil dólares en un mes, suavecito, solo
    moviendo la bola de aquí para allá [traficando drogas]. Vete a Don
    Cangrejo por las noches, métete en Las Vegas [dos centros nocturnos] y
    vas a ver cómo hay dinero, droga y sexo en este país y nada de eso tiene
    que ver con el salario. ¿Tú crees que la gente en Cuba va a vivir del
    salario o va a esperar que cambien las cosas? (…) Hay que estar crazy”.

    Según Jean David, un joven estudiante de Cultura Física que por las
    noches trabaja como custodio en un centro nocturno particular, “las
    cosas no van a cambiar, [porque] ya las cosas cambiaron desde hace
    tiempo”. Y continúa explicando a su modo: “¡Qué socialismo ni ocho
    cuartos!, este es el mundo. Si te pones a hacerle caso al gobierno,
    estás grave. (…) Si la comida hay que comprarla en fulas, y la ropa y el
    techo, y las jevitas, todo hay que hacerlo con fulas, ¿cómo el gobierno
    va a pensar que alguien va a vivir del salario cuando ellos mismos le
    dicen “la tienda del barrio” a las “shopping” [tiendas estatales que
    venden en divisa]? Eso es un cuento que solo se creen los bobos. La
    gente vive de las apuestas, de vender lo que sea, de jinetear, del
    tráfico de lo que aparezca, de ahí sale todo el dinero que corre en este
    país y que el gobierno sabe de dónde viene pero se hace el de la vista
    gorda. El mismo gobierno te obliga a meterte en todos esos líos de la
    droga y el sexo para después partirte el brazo cuando te cogen y
    quedarse con todo. (…) Lo que te dicen las letras de los reguetones es
    eso, lo que la gente de verdad quiere y lo que la gente lucha por tener,
    eso que no puedes tener con un salario. Yo quiero tener un carro,
    vestirme bien, viajar y es lo que quiere todo el mundo aunque no le
    descarguen al reguetón”.

    A pesar de que la radio y la televisión oficiales se resisten a difundir
    la obra musical de los llamados “reguetoneros”, más allá de cualquier
    juicio de valor estos artistas han logrado con su obra y su peculiares
    formas de proyección social un verdadero desafío a los discursos más
    conservadores de esa imagen impoluta que siempre ha querido proyectar el
    gobierno cubano para nada coincidente con las verdaderas realidades de hoy.

    Source: Reggaetón: La música del dinero | Cubanet –
    http://www.cubanet.org/destacados/reguetoneros-idolos-en-la-cuba-actual/

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