Prostitution in Cuba
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    Reencuentro con Cuba que ahora alberga una nueva esperanza

    Reencuentro con Cuba que ahora alberga una nueva esperanza
    POR ANITA SNOW ASSOCIATED PRESS
    02/18/2015 12:45 AM 02/18/2015 12:45 AM

    LA HABANA
    Se me hizo un nudo en el estómago cuando una mujer de uniforme verde
    claro se me aproximó mientras arrastraba mi equipaje de unos 30 kilos,
    abarrotado de encargos, ropas y artículos electrónicos para mis amigos
    en el Aeropuerto de La Habana. Tras haber sido corresponsal en Cuba casi
    seis años, sabía lo que vendría después: una intensa requisa de la
    maleta por militares de rostro inexpresivo, un regaño, tal vez, incluso
    una multa.

    Pero me dejaron pasar sin problema alguno.

    “Pasa, mi amor”, dijo la agente con una sonrisa, señalándome la salida.

    Fue la primera señal de la atmósfera más relajada y esperanzadora que
    encontré en mi breve visita a La Habana este mes; una atmósfera que no
    existía durante mi estancia en la capital cubana entre 1999 y 2009. Las
    diferencias que vi y sentí durante el regreso me hicieron darme cuenta
    de hasta dónde los diez años que pasé en la isla se caracterizaron por
    la ansiedad y el aislamiento, y las diferencias con el país en que se
    está convirtiendo bajo las modestas reformas del presidente Raúl Castro.

    A todas partes que fui en La Habana había grandes esperanzas de más
    cambios después que Cuba y Estados Unidos anunciaron el 17 de diciembre
    que planeaban normalizar sus relaciones. Los cubanos parecieron
    especialmente entusiasmados ante la posibilidad de más visitas de
    estadounidenses.

    Cuando viví aquí como periodista estadounidense, reinaba el rígido
    control del gobierno y la sospecha, especialmente durante mis primeros
    años. En una ocasión, un agente uniformado exigió entrar a mi
    apartamento en La Habana Vieja para asegurar que no tuviera una máquina
    de fax, considerada un dispositivo peligroso. Aunque había poco tráfico
    o comercio en las calles, había policías uniformados de azul en casi
    todas las cuadras, y ciertamente no con buena cara.

    Como extranjera con acceso a dólares, mi circunstancia eran mucho mejor
    que las del cubano de a pie. Pero nadie podía escapar a todas las
    dificultades que quedaban tras el llamado Período Especial de los años
    90, un período de austeridad económica que siguió a la pérdida de los
    subsidios de la Unión Soviética.

    Los apagones duraban horas, lo que provocaba noches de insomnio en medio
    del fuerte calor del verano sin aire acondicionado. La falta de
    electricidad también hacía imposible bañarse en los edificios donde el
    agua subía a los apartamentos con una bomba eléctrica, y los alimentos
    se dañaban en el refrigerador. Había escasez de productos básicos como
    papel higiénico y huevos.

    La desesperación económica de los cubanos se reflejaba en su trato con
    los extranjeros. Una mujer madura me siguió una vez caminando cuatro
    cuadras por la Calle Obispo en La Habana Vieja, rogándome que le diera
    un jabón que yo no tenía.

    Una noche mientras conducía por el Malecón, la amplia avenida que corre
    paralela al mar y que entonces permanecía en penumbras por falta de
    alumbrado público, casi atropello a una mujer joven en un vestido corto
    que estaba parada en medio de la vía haciendo señas a los conductores
    para que se detuvieran.

    Pero al regresar a La Habana esta vez no vi a ninguna de las llamadas
    jineteras que otrora recorrían el Malecón y entraban furtivamente al
    vestíbulo de los hoteles. Esta vez los cubanos no me acosaron en la
    calle para pedirme dinero y noté pocos policías uniformados en las esquinas.

    Numerosos edificios en toda la capital, algunos construidos hace más de
    dos siglos, todavía necesitan desesperadamente una capa de pintura, y en
    muchos casos las fachadas están en ruinas. Peligrosas marañas de cables
    eléctricos y de teléfono cuelgan sobre calles estrechas llenas de baches.

    Pero ahora los autobuses de turistas se estacionan en el extremo este
    del Malecón, desde donde los visitantes emprenden su recorrido por las
    plazas coloniales de La Habana Vieja. Y una hilera de postes históricos
    del alumbrado público ilumina la vía por la noche.

    La gran mayoría de los cubanos todavía depende de un salario del
    gobierno, que promedia el equivalente a unos 20 dólares al mes —la misma
    cantidad que cuando me fui de la isla— además de los subsidios de
    alimentos, vivienda, servicios básicos y transporte.

    Y muchas personas siguen haciendo lo que hace falta para sobrevivir, con
    un segundo empleo, o viviendo “por la izquierda”, lo que quiere decir
    que suplementan sus magros ingresos vendiendo artículos robados de
    centros de trabajo del gobierno, o los productos racionados que les
    corresponden mensualmente.

    Encontré a varias personas que conocía de antes a quienes no les iba
    bien, sin los recursos o la energía necesarios para beneficiarse de las
    reformas. Una antigua vecina de unos setenta y tantos años lloró al
    contarme los retos de subsistir con trabajos ocasionales y una pensión
    mensual de poco más de 5 dólares.

    Varios otros conocidos se habían marchado del país en busca de mejores
    oportunidades, no sólo a Estados Unidos, sino también a Venezuela y España.

    Los cubanos que ya tienen sus propios negocios dijeron que las reformas
    significan que ahora las autoridades los acosan menos y que se puede
    tratar de mejorar. Jean Barrionuebo, quien trabajó como taxista ilegal
    durante seis años antes que el gobierno le diera un permiso hace dos, me
    dijo que “la presión de tratar evitar una multa te impide que seas muy
    productivo”.

    “Nosotros los cubanos estamos locos por salir de este conflicto con
    Estados Unidos”, dijo Barrionuebo, quien maneja un viejo Moskvitch ruso
    que compró después de vender un apartamento que heredó de sus padres.
    “Esto ya lleva 56 años y son los cubanos que tenemos que pagar el precio”.

    El impulso por mejorar las relaciones entre Cuba y Estados Unidos ha
    colocado el tema de los derechos humanos en el centro de la atención
    para los funcionarios estadounidenses y activistas de derechos humanos,
    pero la mayoría de los cubanos con quienes hablé parecían menos
    interesados en eso que en ganar más dinero para mantener a sus familias.
    Y la mayoría de los antiguos amigos y conocidos a quienes vi parecían
    estar mejor —o al menos no peor— que antes.

    “¡A-NÍ-ta! ¡Mu-CHÁ-cha!”, exclamó una señora que hacía la limpieza
    cuando entré al renovado edificio histórico donde The Associated Press
    tiene sus oficinas. Varias otras personas de limpieza, guardias de
    seguridad y trabajadores de mantenimiento me saludaron con entusiasmo
    caribeño, haciéndome sentir que regresaba después de sólo seis días, no
    seis años.

    Me contaron con tristeza de la muerte de Lázaro, el vendedor callejero
    que vendía gladiolos en la plaza empedrada. Me contaron que Ernesto, el
    electricista, quien me pidió que fuera testigo de su segunda boda en el
    Palacio de los Matrimonios del gobierno, se había ido a Miami, ahora con
    su sexta esposa.

    Los cambios económicos que vi son consecuencia de las reformas iniciadas
    por el presidente Raúl Castro después que se hizo cargo del gobierno en
    sustitución de su hermano Fidel a principios de 2008.

    Lo primero que hizo fue eliminar el “apartheid turístico” que prohibía a
    los cubanos quedarse en hoteles reservados a los extranjeros.
    Posteriormente se eliminó la prohibición a la venta de casas y vehículos
    particulares, y se autorizaron los taxis privados. El gobierno también
    eliminó la odiada “tarjeta blanca”, la visa imprescindible para que los
    cubanos pudieran salir de su propio país, incluso de vacaciones.

    Las señales de la reforma más reciente ya se ven —la unificación de las
    dos monedas que conviven en la economía cubana— en las tiendas del
    gobierno, donde los precios se muestran en pesos ordinarios, que valen
    unos 4 centavos de dólar, así como en pesos convertibles, vinculados
    directamente al dólar.

    La distribuidora de muebles Elia Rodríguez habló de cómo los cubanos con
    dinero ganado en sus negocios privados ahora pueden comprar más de los
    tesoros de caoba que yo le compraba hace más de una década. “Todos
    quieren que su casa se vea bonita”, dijo Rodríguez antes de despedirse
    para atender a un grupo de clientes.

    De pie, en medio de las mecedoras que en Cuba se llaman comadritas, y
    armarios antiguos con manijas de bronce, Rodríguez me dijo que los
    inspectores que solían venir una vez al mes y la hacían perder el tiempo
    mientras revisaban el local y los registros, llevan más de tres años sin
    ir por allí.

    Inicialmente era un negocio de restauración de muebles junto con su
    esposo, hija y yerno, pero Rodríguez dice que ahora puede contratar a
    personas que no sean familiares para trabajos de acabado y vender las
    piezas más rápido.

    Entre los primeros negocios privados que el gobierno permitió en los
    años 90 están los restaurantes familiares llamados paladares.
    Semiocultos dentro de casas particulares como si fueran secretos,
    estaban restringidos a 12 sillas y la venta de licores fuertes y
    productos “de lujo” como camarón, langosta y carne de res, estaba prohibida.

    En uno de la docena de paladares que operaban entonces en la capital,
    mis amigos y yo solíamos pedir un jíbaro, palabra en clave que
    significaba un bistec, que era ilegal.

    Hoy, cientos de restaurantes privados operan en La Habana y pueden
    servir lo que deseen, mientras puedan probar que compraron esos
    alimentos y bebidas legalmente. También pueden servir a la cantidad de
    clientes que deseen y anunciar sus servicios.

    Una noche reciente, un animado grupo de una docena de estadounidenses
    que visitaban la isla en un viaje con licencia del gobierno
    norteamericano llenaban el salón principal del enormemente popular
    paladar El Atelier. En La California, los especiales del día se anuncian
    en un pizarrón colocado junto a la puerta de entrada, en inglés.

    Los mercados campesinos, donde los vendedores fijan sus propios precios,
    también se autorizaron en los años 90 inicialmente para asegurar que la
    gente pudiera comer en medio de la crisis económica.

    Al volver al mercado de la Calle 19 que solía frecuentar, encontré menos
    vendedores pero más variedad de oferta. Había brócoli y coliflor junto a
    boniatos, malanga, calabazas enormes, berenjenas y una amplia variedad
    de granos. Aunque los productos resultan baratos para los extranjeros,
    siguen siendo caros para la mayoría de los cubanos, quienes seleccionan
    con todo cuidado unos pocos una vez al mes: unas cebollas y un frasco de
    pasta de tomate casera.

    Durante todo este tiempo que estuve ausente abrieron varios negocios al
    otro lado de la calle: un quiosco de jugos, un pequeño expendio de
    pizzas, una tiendita que vende bolsas de cuero y cafeteras rústicas de
    metal. También había un quiosco de reparación de relojes, un plomero y
    un cerrajero.

    Dentro del mercado bajo techo Leonardo Santos, de 51 años, vendía coco a
    35 centavos la libra bajo un letrero azul que anunciaba “My Name is
    Santos” a los grupos de estadounidenses que a veces pasan por allí.

    Radamés Betancourt, un hombre de 81 años que se dedica a llevar las
    bolsas de los clientes a cambio de una propina, sonrió cuando me
    reconoció tras mirarme detenidamente. Betancourt me dijo que está
    encantado con la perspectiva de una mejora en las relaciones entre Cuba
    y Estados Unidos, y más visitas de estadounidenses.

    “Que vengan, que vengan”, dijo entusiasmado. “Llevamos esperándolos
    mucho tiempo”.

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