Prostitution in Cuba
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    El ‘Caso Sandor’

    El ‘Caso Sandor’
    “Soy un trabajador del sexo, un pinguero”. Cuba, un destino barato para
    turistas que buscan una noche de locura
    LILIANNE RUÍZ, La Habana | Enero 30, 2015

    Un campesino se levanta antes del amanecer para marcar con hierro
    candente la única vaca que le queda. Es un ritual de dolor y posesión.
    Un turista marca a un joven en un cabaret habanero y se lo lleva a la
    cama a cambio de algo de dinero. Son marcas distintas, pero igual de
    permanentes.

    Sandor nació en el campo y fue criado para ser rudo. Cuando llegó a la
    adolescencia ya capaba y mataba cerdos. Sus hombros anchos, la piel
    trigueña y los ojos achinados le ganaron fama en el pueblo de “estar
    bueno”. Desde muy joven sintió sobre él la presión del deseo de otros
    hombres. Era como un permanente aliento pegado a la nuca que lo seguía a
    todas partes.

    Su padre tenía unas hondas arrugas al lado de la boca, un ramillete de
    ellas bordeándole los ojos. Las horas en el surco, bajo el sol, le
    habían agrietado la piel y el carácter. Empezó bebiendo ron con los
    amigos, en la tarde, después del trabajo, pero terminó tomando cualquier
    cosa que encontrara. Sandor lo vio un día empinándose un pomo de perfume
    de la abuela. La boca le olió a rosas dulzonas durante horas.

    Desde pequeño, Sandor se propuso no terminar como su padre. Después de
    cumplir los 16, recogió la poca ropa que tenía y se fue para La Habana.
    Llegó de noche y caminó desde la terminal de trenes hacia el parque de
    la Fraternidad, donde las lámparas estaban apagadas y se escuchaban
    algunos gemidos salir de la penumbra. “Esto es lo mío”, se dijo de
    inmediato.

    Entre candilejas

    En el cabaret Las Vegas el aire huele a orina. Hay mesas alejadas de las
    luces en las que puede pasar casi cualquier cosa. Sandor mira con los
    ojos vacíos el espectáculo de strippers masculinos que transcurre sobre
    el escenario. Los cuerpos brillan por el aceite que se han untado.

    Un sesentón se adelanta y coloca billetes en la trusa de un bailarín.
    Sandor lo sigue con la mirada y después se sienta en su misma mesa.
    Lleva ropa ajustadísima y los músculos sobresalen provocativamente, pero
    la competencia es dura. Está en medio de un mar de efebos que ejercen la
    prostitución y que lucharán por ver quién se lleva el extranjero a la cama.

    “Soy un trabajador del sexo, un pinguero”, dice sin rubor a todo aquel
    que quiera oírlo. Ofrece su mercancía sin importarle quién la compre,
    aunque enfatiza en que no se considera homosexual. A veces sus clientes
    son mujeres, europeas y cincuentonas, pero su público principal está
    constituido por hombres que vienen “de afuera”. Cuba es un destino
    promisorio para el turismo gay y Sandor pesca en el río revuelto de las
    caricias por dinero.

    Se retoca todo el tiempo mientras habla, con un afán de perfección
    física que hace sentirse feo y ajado a todo el que se le acerca. Se ha
    afeitado las cejas para pintarlas altas y finas. En los brazos,
    antebrazos, el pecho y el pubis no tiene un solo vello. Horas de
    dolorosa depilación le han dejado la piel lisa y suave.

    Prefiere este mundo a las jornadas en la construcción, levantando
    paredes o fundiendo techos. Los primeros meses en La Habana trabajó con
    una brigada de albañiles, pero no aguantó. Ahora, las palmas de sus
    manos se sienten blandas por las cremas que se unta para agradar con
    caricias a sus parejas, pero en aquel entonces la mandarria y el cincel
    le habían dejado callos ásperos y feos.

    El Malecón, el Parque Central y el cabaret privado Humboldt, en la calle
    del mismo nombre, son lugares habituales en los que se mueve. “Voy
    buscando a los yumas. Llego y, entre copas y copas, empieza el zorreo y
    se cae en el negocio”, dice para describir su modus operandi. No hay
    mucho que decir en esos lugares, porque quienes los visitan conocen los
    códigos y los pasos que hay que dar para salir de allí acompañado.

    “Nunca me voy con un cubano, aunque tenga todo el dinero del mundo”,
    asegura el joven. Las tarifas oscilan entre 10 y 100 CUC, así que trata
    de buscar un término medio para no venderse “por nada” pero tampoco
    quedarse “más solo que la campanada de la una”. No pocas veces ha tenido
    que cambiar amor por objetos, como un reloj, un par de zapatos o algún
    perfume caro, pero “prefiero el efectivo”, dice.

    Las horas para “venderse caro” son antes de la medianoche. Después, “la
    mercancía está en merma y hay que aceptar lo que venga”. Ese lenguaje lo
    aprendió cuando trabajaba en un céntrico mercado agrícola. Entre
    boniatos llenos de tierra y el olor de la cebolla podrida, comprendió
    que esa no era su vida. “Ahora, en una noche puedo hacer lo que ganaba
    en la tarima del agro en un mes”.

    Bajo el toldo desteñido por el sol donde vendía viandas y frutas, lo
    marcó el primer extranjero. Esto, en la jerga de la calle, significa
    detectar a alguien e intercambiar miradas seductoras. Era un holandés y
    venía a comprar unos plátanos, pero se fijó en Sandor y lo invitó a un
    helado. Esa noche durmieron en el Hotel Nacional y el resto de la semana
    no fue a su trabajo en la tarima. Nunca había estado en un hotel y le
    dio por saltar en la cama y abrir el grifo del baño durante horas. Se
    tragaba el desayuno sin apenas masticar y el turista le regaló algo de ropa.

    Para ese entonces Sandor vivía con una mujer mayor, a través de la cual
    pudo tener en su carné de identidad una dirección transitoria de la
    capital. Sin eso, estaba en peligro de ser deportado por la policía si
    le pedían la identificación en la calle. Una noche llegó con mucho
    dinero, una botella de vino bajo el brazo y ella empezó a sospechar.
    Mientras él dormía, le revisó el móvil y encontró una foto donde el
    holandés le aguantaba la portañuela. En plena noche la mujer le tiró la
    ropa por el balcón y le dijo que no volviera.

    Después tuvo un mexicano. “Cuando este guajiro se vio manejando un carro
    de alquiler, con una cadena de oro y dinero en la billetera, le cogió el
    gusto a esta vida”, cuenta mientras habla de sí mismo en tercera
    persona. Sin embargo, dice preferir a los europeos y norteamericanos
    porque “pagan mejor y son más delicados”. Solo una vez tuvo un africano,
    un doctor de Luanda que le hizo muchos regalos.

    “Mi cuerpo es mi empresa” alardea. “El ‘pinguero’ se paga mejor que la
    prostituta más regia”
    Desde hace un par de años Sandor tiene una rutina que repite cada día.
    Se levanta al mediodía y trata de comer solo proteínas. “Nada de pan, ni
    cosas fritas que me engordan y mi cuerpo es mi empresa”, alardea.
    También toma vitaminas y se pasa horas en el gimnasio. “El pinguero se
    paga mejor que la prostituta más regia”, apunta, mientras levanta varios
    kilogramos de hierro para que sus bíceps se vuelvan irresistibles.

    En el gimnasio conoció a Susy, un transexual que también está en el
    negocio. Ella lo ayudó a encontrar clientes más selectos y con más
    dinero. Ambos trabajan sin proxenetas, aunque hay grupos de pingueros
    que le tributan a alguien para que los proteja mientras se buscan la
    vida en ciertos territorios. En la esquina del cine Payret solo se puede
    trabajar “si se está protegido”, porque el acoso policial es muy duro,
    le explicó Susy en la primera semana de amistad.

    La policía conoce bien las zonas de ligue. Algunos uniformados se
    disputan patrullar esas esquinas o calles para obtener dinero a cambio
    de hacerse de la vista gorda. Es un negocio rentable, donde el pinguero
    tiene todas las de perder si no le da una tajada al guardia o le hace un
    favor sexual.

    Sandor prefiere no tener que exhibirse en la calle, sino que busca sus
    clientes dentro de las discotecas, los cabarets y otros locales de
    fiestas. El carné con la dirección transitoria se le venció y ahora está
    ilegal en La Habana. Si le sale al paso un policía atravesado, muy
    probablemente termine deportado hacia su provincia natal.

    Desde que llegó a la ciudad ha sido detenido en varias ocasiones. Tiene
    tres actas de advertencia y podría ser juzgado por peligrosidad pre
    delictiva. La última vez que estuvo en una estación policial el
    instructor le dijo que sabía en lo que andaba, por eso cambió de zona y
    ahora se mueve entre el Vedado y Playa, ya no va a la Habana Vieja.

    El peligro no es solo terminar en un tribunal, sino que la extorsión
    policial le arrebate las ganancias de toda una noche. Si tuviera un
    proxeneta, entonces lo protegería y se ocuparía de mantener lejos a la
    fiana, pero como trabaja solo, tiene que lidiar con los uniformados. Lo
    peor es caer en un calabozo, porque allí puede pasar cualquier cosa.

    La libra de carne en pie

    El mercado se hace cada día más competitivo y cada cliente quiere la
    mejor porcelana al menor precio. Las ilusiones de comprarse una casa o
    mantener una amante con las ganancias son cosa del pasado. Una arruga,
    un atisbo de barriga que se muestre al apretarse el cinto, significarán
    decenas de pesos convertibles en pérdida. “Solo en tratamientos faciales
    y corporales, gimnasio y ropa, me gasto la mayor parte de lo que gano”,
    cuenta mientras muestra sus calzoncillos de marca Dolce & Gabbana. Muy
    probablemente sean una copia de la marca italiana, pero, aun así,
    cuestan casi un mes de trabajo para un trabajador normal.

    No busca a sus clientes por el atractivo físico, porque confiesa que su
    trabajo no le reporta placer y hace mucho tiempo que no siente nada.
    Para realizar una buena interpretación de su papel, trata de recordar
    algún filme porno o toma algo de alcohol. A veces piensa en una novia
    que tuvo en su pueblo, cuando todavía vestía el uniforme de la
    secundaria básica y la vida parecía más sencilla.

    Pero eso fue hace mucho tiempo. Ahora tiene que trabajar muy duro. Cuba
    sigue siendo un destino barato para turistas que buscan una noche de
    locura, pero hay muchos jóvenes en oferta y los precios bajan. Durante
    meses se disfrazó de “intelectual” con sandalias y se fue a la Plaza de
    Armas. Allí fingía que miraba los libros en venta, marcaba a los yumas y
    capturó a varios trasnochados admiradores del Che que querían tocar “la
    arcilla del hombre nuevo”.

    Susy le ha enseñado a detectar a los que están “forrados”. Son detalles
    que empiezan a notarse cuando invitan a un agua de botella o a una
    Heineken en la primera cita. Una vez conoció a un alemán que en medio de
    la canícula de agosto sacaba de la mochila su propio refresco y no le
    brindaba ni un sorbo.

    El hombre resultó ser tan tacaño que Sandor se la hizo bien y le aplicó
    “la segunda”, que es llevarlo en un taxi hasta un lugar donde
    supuestamente los espera una habitación para pasar la noche. El cliente
    pagó la renta del cuarto por anticipado y, cuando se bajó del carro, el
    chofer metió el pie en el acelerador y si te he visto no me acuerdo.
    Después tuvo que compartir las ganancias con el taxista, pero al menos
    le dio una lección a ese que caminaba con los codos… “para que
    aprenda”, se diría a sí mismo entre risas por varias semanas.

    Lo mejor es que un antiguo cliente recomiende al pinguero entre sus
    amigos y que vengan más. Así estuvo Sandor por meses con unos japoneses
    que estaban haciendo un negocio en Cuba, pero después el Gobierno no les
    pagó lo que les debía y no volvió más nadie de esa compañía. Al recordar
    esos días, se le ilumina el rostro y muestra un diente de oro, “una pena
    que no hayan regresado, porque eran muy amables y tenían bastante dinero”.

    En el mundo de los pingueros hay para todos los gustos y para todos los
    bolsillos, pero Sandor aclara que “ese que tú ves ahí con un buen reloj
    y un buen móvil, lo más probable es que cuando un yuma le proponga 20
    CUC, le responderá que no” y le exigirá que le tiene que dar más que los
    150 que ya lleva en la billetera. Los que pasan de veinte años no pueden
    pedir tanto. “La carne fresca, la carne fresca, es la que sale ganando”,
    refiere con cierta melancolía mientras se toca los muslos endurecidos
    por las horas en el gimnasio.

    Cuando Sandor cierra un trato, se va con el turista a una habitación de
    alquiler particular. Una cama, preservativos y ya está todo montado.
    Ahora prefiere los lugares privados a los hoteles, porque hay más
    intimidad y tiene hecho un cuadre en unos para obtener una comisión
    cuando lleva a un cliente. Algunos no tienen nada que envidiarle a los
    hoteles, con aire acondicionado, jacuzzi, minibar y espejos en el techo.

    A veces le cae en las manos un cliente que quiere una relación más
    larga. Esos son los más añorados. El mayor éxito de la operación es
    conseguir un extranjero que lo mantenga en la distancia. La tarifa
    máxima para sus caricias es lograr costearse la salida del país. Pero,
    eso sí, del lado de allá dice querer dejar esta vida. “Yo lo mismo cargo
    sacos en un puerto que limpio pisos en un hospital, pero no vuelvo a
    esta cochambre”.

    Por el momento y mientras aparece el extranjero que lo saque de aquí,
    sueña con comprarse una moto. Cuando la tenga, quiere exhibirse por las
    mismas zonas donde ha ofrecido su mercancía pero esta vez del brazo de
    “una loca con tremendo cuerpo”. Esa será su pequeña revancha por todo lo
    pasado.

    Tal vez regrese a su pueblo, a ver en qué ha parado su padre. Le llevará
    una botella de ron siete años y un perfume a la abuela. De ese viaje
    “regresaré con una guajirita que me lave y me planche y a la que pueda
    meter en el negocio”. Piensa vivir de ella un tiempo, pero, si tienen un
    hijo, “él tiene que salir de esta mierda, tiene que salir de esta mierda”.

    Source: El ‘Caso Sandor’ –
    http://www.14ymedio.com/reportajes/Caso-Sandor_0_1716428344.html

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