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    Tribalismo revolucionario

    Tribalismo revolucionario
    JORGE OLIVERA CASTILLO | La Habana | 14 Sep 2014 – 8:47 am.

    De acuerdo a la animalización de la sociedad, es preciso sustituir el
    verbo educar por domesticar. Hay que domesticar al hombre nuevo.

    Una de las tantas cosas que necesita Cuba es el retorno de las normas de
    urbanidad. Lamentablemente, la sociedad va en sentido contrario, aunque
    personalidades e instituciones de relieve internacional le den el visto
    bueno a los programas de educación que surgieron con el advenimiento del
    proceso revolucionario.

    El propósito era crear al hombre nuevo y lo lograron. Las generaciones
    que han crecido al amparo del partido único son las que hacen gala de la
    indisciplina social, el lenguaje obsceno y toda una serie de conductas
    que hoy definen un atrabiliario modelo cultural muy difícil de corregir
    a corto plazo.

    La Habana hace tiempo que dejó de ser una urbe habitada, en su mayoría,
    por personas decentes. El civismo es intermitente, fugaz, casi invisible
    ante patrones que traen a la memoria la selva y el tribalismo.

    Hace unos días, desde el balcón de una vivienda ubicada en la calle
    Villegas, en La Habana Vieja, observaba una de esas liturgias
    barrioteras en las que no falta la música, el ron peleón, los gritos de
    júbilo y las batallas campales por algún malentendido.

    Por fortuna esta vez no hubo altercados, pero sí un bullicio que empezó
    al mediodía y concluyó al atardecer. Las bocinas estaban colocadas en la
    acera y los participantes danzaban en la calle sin importarle el paso de
    los vehículos que tenían que aminorar la marcha. La docena de hombres y
    mujeres, embriagados, sudorosos y algunos descalzos, no dejaban de
    menearse al compás de la estridente música.

    En el fragor del aquelarre llegó un carro de la policía. Después de una
    breve conversación, entre los uniformados y los principales animadores
    de la fiesta, todo siguió igual.

    No sé cuáles fueron los motivos de la celebración, aunque eso es lo de
    menos. El asunto es pasarla bien, el día y la hora que sea, y arruinar
    la tranquilidad del vecindario.

    En estos casos nadie se atreve a formular una denuncia en la estación
    policial más cercana. Hay que dar nombres y apellidos. Requisito que
    anula la determinación a cumplir con ese tipo de trámite.

    Las consecuencias para el denunciante y su familia pueden ser trágicas.
    Corren el peligro de recibir una paliza o incluso una puñalada mortal.

    Quienes organizan las juergas creen tener la razón y por tanto actúan
    en defensa de un derecho que han ganado a fuerza de costumbre y
    tolerancia. Nada tan oportuno como recordar que entre los más destacados
    organizadores de las fiestas de los Comités de Defensa de la Revolución
    (CDR) cada 28 de septiembre, aparecen jineteras, proxenetas y otros
    personajes disolutos que han echado raíces por todo el país.

    La marginalidad se ha convertido en un atributo nacional con sus
    respectivas categorizaciones. La falta de educación es, sin a lugar a
    dudas, el fenómeno más dañino de cuantos existen en la actualidad.

    Por la magnitud de los hechos es lógico pensar que la factibilidad de un
    reordenamiento en este ámbito, es escasa. Educar no es un término que se
    avenga al contexto. De acuerdo a la animalización de la sociedad, es
    preciso sustituirlo por el verbo domesticar.

    El hombre nuevo se comporta como un salvaje. Cada semana me convenzo que
    es así. Lo que vi desde el balcón fue apenas una brizna del desastre que
    se nos viene encima.

    Source: Tribalismo revolucionario | Diario de Cuba –
    http://www.diariodecuba.com/cuba/1410648405_10402.html

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