Prostitution in Cuba
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    Sexo en las puertas de la cancillería

    Sexo en las puertas de la cancillería
    Esta es la historia de cómo un estadio deportivo se recicla en plaza
    para copular, en techo de mendigos y escenario de crímenes
    viernes, septiembre 5, 2014 | Ernesto Pérez Chang

    LA HABANA, Cuba.- Túneles militares o trincheras abandonados, matorrales
    al fondo de edificaciones, inmuebles en peligro de derrumbes, centros
    deportivos en estado deplorable como el Estadio José Martí (colindante
    con el Ministerio de Relaciones Exteriores), monumentos históricos como
    el del expresidente José Miguel Gómez, en la calle G, en El Vedado, son
    espacios frecuentados por parejas de todo tipo.

    Expuestos a ser asaltados por maleantes, reprendidos por la policía o a
    morir atrapados en los escombros de un desplome, miles de personas que
    no cuentan con un lugar donde pasar un rato, acuden a estos sitios que,
    además, sirven de refugio a enfermos mentales desamparados o a gente que
    no tiene un techo donde cobijarse, como es el caso de Orlando Suárez, de
    Santiago de Cuba, que nos explica cómo decidió venir para La Habana
    después que el último ciclón que afectara el oriente cubano le
    destruyera la casa. Al igual que él, nos cuenta, otros muchos orientales
    que perdieron sus casas y que aún esperan por ayuda del gobierno,
    utilizan los parques y las numerosas instalaciones en ruina para pasar
    la noche.

    Según testimonio del propio Orlando Suárez, todos los días pasan por ese
    lugar decenas de personas, unas para tener sexo, otras para defecar u
    orinar en esos mismos locales que él u otros usan para pernoctar. Nos
    muestra el lugar donde duerme, un espacio techado pero repleto de
    inmundicias de todo tipo: aguas pútridas, condones usados, trozos de
    paredes derruidas, algunas con advertencias de derrumbe. Apenas echa un
    trozo de paño en el piso y se tira a dormir. En la mañana recoge sus
    “propiedades”, las carga en una mochila y deambula por las calles de El
    Vedado haciendo pequeñas faenas en jardines que le proporcionan algo
    para sobrevivir.

    Un vecino del lugar, Joel Cano, es de los que aún utiliza la pista
    abandonada del antiguo Estadio Martí. Todas las tardes es testigo de
    que, al caer la noche, la zona se colma de gente que va en busca de un
    lugar donde dormir a resguardo de la lluvia o simplemente a tener sexo,
    a solo unos metros -casi a la vista- de los funcionarios del Ministerio
    de Relaciones Exteriores, a quienes no parece preocuparles la situación.

    Joel ha sido testigo de algunos asaltos y abusos por parte de
    malhechores que aprovechan el desamparo de la zona; actúan contra las
    parejas que acuden o contra aquellos infelices, sin techo propio, que
    logran reunir algún dinero a merced de las limosnas o los oficios que
    ejercen, algunos muy parecidos a la prostitución pero incluso en un
    nivel mucho más inhumano. Por eso jamás se queda hasta muy tarde, e
    incluso nos recomienda que abandonemos el parque antes de que caiga el
    sol: -Es muy peligroso y pueden asaltarlos-, nos dice.

    Igualmente sucede en la llamada “Potajera”, al fondo del hospital
    Calixto García y en las faldas del Castillo de El Príncipe, en pleno
    centro de El Vedado. Después de las 9 de la noche, la zona es
    frecuentada principalmente por homosexuales en busca de encuentros
    casuales o por parejas de gay que, rechazados socialmente, no cuentan
    con un lugar para la intimidad. El sitio es conocido por los
    sistemáticos asaltos y muertes violentas, algunos tan conmovedores como
    los que fueron perpetrados hace apenas cinco años cuando soldados de la
    Unidad Militar de El Príncipe, durante meses, se dedicaron a engatusar a
    una decena de homosexuales para luego asaltarlos, ultimarlos y
    enterrarlos en el lugar, muy cercano a los túneles militares de la zona,
    ahora clausurados.

    La lista de lugares parecidos a éstos pudiera volverse interminable.

    La Habana, abarrotada de calles oscuras, edificios en ruina,
    hierbazales, carente de servicios que son esenciales para una población
    que en su mayoría vive por debajo del nivel de pobreza, está llena de
    tales escenarios. Pero en éstos no penetra el ojo de la prensa oficial,
    a pesar de que algunos, como el Estadio Martí, está practicamente en el
    vestíbulo de una cancillería muy preocupada por lo que ocurre más allá
    del mar, o bien adentro de sus oficinas pero inconmovible con el teatro
    dantesco que nuestros diplomáticos pudieran palpar con solo sacar la
    mano por las ventanas.

    Breve historia de las posadas

    A finales de la década de los noventa, el gobierno cubano decretó el
    cierre de todas las posadas, pequeños moteles con pésimas condiciones
    sanitarias que aún así servían de casas de citas a parejas que no tenían
    un lugar donde pasar unas horas. El acceso a los hoteles estaba
    prohibido a la mayor parte de la población y aunque no hubiera existido
    la absurda restricción, los precios y la moneda (dólares) en que se
    cobraban los servicios, no estaban al alcance de casi nadie. Solo
    militares y personas ligadas a las élites de poder eran inmunes a las
    exclusiones. Situación que no ha cambiado mucho en la actualidad.

    Administradas totalmente por el Estado, había una o dos posadas por cada
    municipio del país. Las habitaciones, a veces sin baño, se alquilaban
    por horas. Casi nunca se cambiaban las ropas de cama y en muy pocas
    había agua corriente. En consecuencia, para el aseo, las parejas
    contaban con un pomo (botella) de agua y paños que la administración les
    ofrecía como parte del servicio. Cuando se agotaba el tiempo, un
    empleado se encargaba de tocar a la puerta y a gritos informaba que era
    hora de abandonar el cuarto porque, a la entrada de las posadas, a
    cualquier hora del día, aguardaba una fila de clientes ansiosos.

    Aunque era pésimo, el servicio de las posadas (actualmente convertidas
    en ciudadelas o demolidas o transformadas en oficinas estatales) era
    imprescindible en una ciudad donde muy pocos matrimonios o parejas
    pueden darse el lujo de comprar o rentar una casa o apartamento. Los
    precios de los alquileres, así como la adquisición de un inmueble,
    exceden en cifras astronómicas los salarios que cobran los trabajadores
    en Cuba, de aproximadamente 0.50 centavos de dólar al día.

    Desaparecidas las posadas, surgieron negocios particulares, muchos de
    ellos ilegales, que cobran un promedio de 1 a 5 dólares por hora, un
    precio prohibitivo para personas que viven de sus salarios. Es por eso
    que, en toda la ciudad, tanto en pleno centro como en la periferia, han
    proliferado las zonas de encuentros o de “tolerancia”, a donde acuden
    las parejas para agenciarse unas horas de placer.

    Source: Sexo en las puertas de la cancillería | Cubanet –
    http://www.cubanet.org/destacados/sexo-casi-en-las-puertas-de-la-cancilleria/

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