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    La perversión del lenguaje

    Represión, Lenguaje, Opositores

    La perversión del lenguaje
    El gobierno cubano persiste en el viejo recurso de la difamación y el
    ataque personal
    Alejandro Armengol, Miami | 05/06/2014 11:54 am

    La campaña de propaganda contra disidentes, opositores pacífico y
    activistas de la sociedad, que por años viene desarrollando la prensa
    gubernamental cubana, ejemplifica la decadencia ideológica de un régimen
    agonizante.
    Los recursos utilizados son viejos: el insulto y la vejación como arma;
    la divulgación de mentiras que en ocasiones se apoyan en elementos
    aislados de verdad, aunque que en su totalidad presentan un panorama
    falso; la visión desplazada que deforma la perspectiva de conjunto y la
    demonización del enemigo. Solo que ahora están reducidos a sus elementos
    más simples.
    En sus primeros años la ideología castrista propuso la imagen de una
    sociedad mejor pero futura. El discurso de ataque político estaba
    dirigido fundamentalmente contra varios grupos, pero siempre la
    referencia se concretaba al pasado: “rezagos del pasado”, “vicios del
    pasado”, “actitudes pequeño burguesas que aún prevalecen”, “miembros de
    la antigua clase privilegiada”, “remanentes de la vieja sociedad”.
    La personalidad del enemigo se diluía en su supuesta permanencia a una
    clase social. El terror apuntaba hacia el exterminio y la segregación.
    El método no era nuevo. De forma similar y diversa el comunismo y el
    fascismo habían empleado el mismo recurso, y con anterioridad los
    imperios coloniales y esclavistas, aunque con distintos argumentos.
    La deformación del lenguaje se producía de dos formas. La abstracción
    servía como un medio para despersonalizar y tergiversar las palabras. Se
    hablaba de la “liquidación” de la explotación, el “ajusticiamiento” de
    los traidores y la “recuperación” de las propiedades del “pueblo”.
    Al mismo tiempo, se deshumanizaba a los opositores: “gusanos”, “escoria”
    y “parásitos” en Cuba; “perros rabiosos del capitalismo” en China y
    “vampiros”, “bastardos” y “piojos” en la desaparecida Unión Soviética.
    Gracias a estos recursos, el lenguaje ideológico del castrismo nace
    deforme por naturaleza. Al mismo tiempo, comienza a deteriorarse casi
    desde su origen. Paradójicamente, dos factores contradictorios
    contribuyeron a ello: el fracaso en la concretización de su modelo ideal
    y los éxitos en la exclusión de sus enemigos tradicionales.
    Por años se prefirió ignorar a los disidentes, persistir en la categoría
    de “vicios del pasado” al tratar de eliminar todos los intentos de
    crítica, e identificar con la “sociedad anterior” a quienes se oponían
    al sistema.
    La permanencia en el poder fue erosionando esos argumentos. El golpe más
    formidable ocurrió con la crisis que culminó en el puente marítimo
    Mariel-Cayo Hueso, cuando miles que eran niños en 1959, o nacidos
    después de esta fecha, y trabajadores carentes de propiedades,
    decidieron o se vieron forzados a abandonar el país.
    Ello obligó al gobierno a recurrir a una difamación menos política y más
    vulgar. El ataque frontal a los “enemigos de clase” se sustituyó por las
    vejaciones y los epítetos. Las palabras más repetidas fueron
    “prostitutas”, “homosexuales” y “proxenetas” (claro que en sus versiones
    más crudas).
    La crisis del Mariel no modificó en cambio que la caracterización
    continuara recurriendo a la generalización. Bajo la palabra “escoria” se
    catalogó a todos, pese a que en muchos casos las diferencias superaban a
    las semejanzas.
    Con los años se mantuvo la táctica de difamación, pero el lenguaje fue
    modificándose. No se ataca al exilio en general, y prefiere hablarse de
    “diáspora”, “emigrados”, “cubanos en el exterior”. Se habla de “la mafia
    de Miami”, para definir y limitar el ataque a una ciudad y a un sector
    de la comunidad.
    La falta de argumentos ideológicos ha llevado a los ataques personales,
    más soeces pero más limitados.
    Este enfoque responde a un argumento de peso, o mejor de dólares: la
    economía de la isla depende en gran medida de las remesas que se envían
    desde Miami; pero al mismo tiempo reconoce la fuerza económica y
    política de un sector del exilio.
    Ya no se habla de “títeres del imperialismo”, sino de recalcitrantes y
    “asalariados del imperio”, “mercenarios”.
    Curiosa esa dualidad que el régimen asume al emplear como arma —más que
    ideológica simplemente política— al fetichismo del dinero.
    Cuando el canciller Bruno Rodríguez mostró su desdén frente a la
    posibilidad de que los cubanoamericanos invirtieran en la isla, durante
    una reunión con miembros de la CAFE (Cuban Americans for Engagement), se
    limitó a mostrar una preferencia por las grandes cifras.
    “Yo no sé a cuántos cubanos ustedes conocen que podrían invertir en Cuba
    200, 300, 500, 1.000 millones de dólares, que es la inversión que
    demanda Cuba”, dijo Rodríguez.
    Sin embargo, supuestas cifras muchísimo, pero muchísimo, más pequeñas
    son esgrimidas como el argumento negativo perfecto para despertar la
    envidia y promover una motivación adicional a los que participan en los
    actos de repudio.
    Si naciste en Cuba y vives en el exterior y has logrado acumular una
    fortuna de miles de millones, ya sabes que tienes las puertas abiertas
    en la isla, pero no te atrevas a hacer nada que haga que el gobierno te
    acuse o te difame —no importa la carencia de pruebas— de conseguir unos
    cuantos dólares.
    Si la difamación individual ha abandonado el lenguaje de la lucha de
    clase, y se ha postrado ante la envidia más mezquina, la epopeya y la
    épica revolucionaria de los primeros años ha degenerado en la disputa de
    solar, el chancleteo y la obscenidad.
    Un paso importante en ese destino se dio con la tragedia del niño Elián
    González, que quedó solo en el mar tras un naufragio de balseros, fue
    llevado a Miami, retenido por familiares y finalmente devuelto a Cuba.
    Por aquellos días el naufragio de los balseros se reduce a descripciones
    propias de la denominada “cultura de la pobreza”: hombres abusadores y
    alcoholizados que golpean a sus mujeres; relaciones familiares
    fundamentadas en la violencia; prostitución y robo.
    Al final solo quedó el lenguaje de una novela que no llegaba al rosa,
    que se perdía en el gris y la suciedad, donde las intenciones valían más
    que los hechos, por entonces repetidos a diario —la fuga en balsas
    improvisadas— la realidad reducida en una fórmula de anécdotas más o
    menos escabrosas y a una arenga incesante.
    Para la época del “niño Elián”, la ideología ya no aspiraba a ser
    doctrina: se limitaba a la distracción a la fuerza.
    Fidel Castro no comprendió la excepcionalidad del caso de Elián y trató
    de repetir una campaña similar —pero ahora con carácter internacional—
    con las condenas a cinco agentes cubanos por espionaje en Estados
    Unidos. La campaña continúa incesante, y es uno de los legados de los
    últimos años de gobierno activo de Castro.
    La propaganda a favor de los llamados “cinco” —que con el tiempo, se han
    reducido a tres— mantiene una melopea edulcorada, con apelaciones a la
    injusticia cometida, las arbitrariedades del juicio y el clima hostil en
    Miami, y apela a argumentos falsos, como la defensa del espía Gerardo
    Hernández decir ayer miércoles 4 de junio —en una rueda de prensa en
    Washington— que “el Miami Herald despidió a tres periodistas en 2006
    cuando supo que estaban cubriendo el caso ‘bajo la nómina del gobierno
    estadounidense’” (según lo informado en Cubadebate y un cable de la
    agencia Efe), lo cual es una soberana mentira.
    Mientras, los ataques a la oposición recurren cada vez más a un lenguaje
    de tono agresivo.
    Esa mezcla de reclamar el reparo de una “injusticia”, apelar al
    acercamiento, la conciliación y el diálogo, contrasta con la hostilidad
    interna hacia quienes solo plantean la divulgación de información,
    cambios de acuerdo a la legislación vigente y el avance de la sociedad
    civil.
    Como el gobierno cubano se muestra incapaz de discutir ideas y
    propuestas de una forma civilizada, el apelar al ataque personal y el
    insulto continúa formando parte de la esencia del sistema. No importa si
    el tradicional enemigo de clase ha sido arropado ahora con el disfraz
    del dinero.

    Source: La perversión del lenguaje – Artículos – Opinión – Cuba
    Encuentro –
    http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/la-perversion-del-lenguaje-318245

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