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    Entre las ruinas de La Habana 09-2013

    Publicado el jueves, 09.19.13

    Entre las ruinas de La Habana
    MIRTA OJITO

    Desde la pequeña pantalla de mi iPad contemplé mi ciudad y se me encogió
    el corazón. Allí estaba mi barrio, Santos Suárez, o más bien lo que
    queda de su antiguo esplendor. Allí estaba –creo– mi vieja escuela
    secundaria en La Víbora. No puedo estar segura, pero creo que reconocí
    las paredes de color mostaza y los elegantes arcos de sus cavernosos
    pasillos. ¿Quién sabe? Muchos edificios de La Habana tienen buenos
    huesos, paredes amarillas y toques elegantes.

    Me preocupé por los edificios cuando vi hace poco la película Una Noche,
    pero me angustié por la gente. A las ruinas estoy acostumbrada. Las
    paredes dilapidadas y las fachadas destruidas se pueden reconstruir con
    cemento y ladrillos. Pero hace falta mucho más que eso para reconstruir
    –desde adentro– a generaciones de gente privada de sus derechos,
    desconectada y sin rumbo.

    Impresionada y enojada por la amoralidad y la agresividad de los
    personajes del filme, busqué a la directora de Una Noche, Lucy Mulloy,
    nacida en el Reino Unido, que da la casualidad que vive en Nueva York.
    Nos reunimos para almorzar. Sopa de lentejas y ensalada de tabbouleh,
    pero ninguna de nosotras disfrutó la comida o la vista de un apacible y
    bello parque en el centro de la agitada Manhattan.

    Le pregunté a Lucy si todo en su película era verdad, si esa era de
    verdad la Cuba de hoy, si no queda decencia en la isla. Me miró con sus
    grandes ojos castaños, con lo que ahora sé que fue compasión, y dijo que
    todo era verdad: los lugares eran reales y las personas no eran actores
    que representan lo que ella había visto en Cuba. Pero la película no
    representa toda la verdad. Durante la década que vivió entrando y
    saliendo de la isla, también conoció a jóvenes intachables que estudian
    y trabajan, así como a vecinos bondadosos y parejas cariñosas y atentas.

    “El filme es también sobre el amor, muchas manifestaciones del amor”, me
    escribió más tarde en una nota. Sí, pero lo que me dejó sin habla cuando
    llegué al final no fue el amor –filial, maternal, romántico– sino ver
    tantas personas sudorosas, egoístas, mal habladas y frustradas que beben
    excesivamente y usan su sexualidad como una potente arma para beneficio
    propio y deterioro de la sociedad.

    Una Noche cuenta la historia ficticia de tres jóvenes que quieren irse
    de Cuba en una balsa. Aunque termina mal, podría haber sido peor. Lucy,
    que empezó a trabajar en su película cuando estudiaba en New York
    University, dice que la inspiró una historia que escuchó en el Malecón
    de La Habana sobre tres jóvenes que se fueron en una balsa. Solo dos
    fueron devueltos a la costa por las caprichosas corrientes del Golfo de
    México. La historia que escuchó era tan horrible que decidió hacerla más
    aceptable. No doy más detalles porque arruinaría el final de la película
    para los que no la han visto, y todo el mundo debería verla.

    A pesar de la degradación social que el filme describe, hay momentos de
    ternura y solidaridad: una madre le calienta la leche a su hijo, un niño
    pequeño ofrece buscar un médico para que atienda a un adolescente
    borracho, y un viejo curtido por los años ayuda a un aspirante a balsero
    a inflar una balsa. Lucy capta eso porque, según dijo, quería reflejar
    las complejidades de Cuba, las áreas grises. Pero también dijo que el
    personaje de la ingenua niña de 13 años que rehuye la prostitución es
    fruto de su imaginación.

    “No conocí a nadie tan inocente”, señaló.

    Me pregunté si Raúl Castro vio la película cuando se proyectó en La
    Habana el pasado diciembre, pocos meses antes de criticar a los cubanos
    por ser tan groseros y amorales. Así es cómo The New York Times
    describió la frustración de Castro en un artículo del 23 de julio: “En
    un discurso a la Asamblea Nacional, el señor Castro dijo que la conducta
    de los cubanos –orinar en la calle, criar cerdos en ciudades, recibir
    sobornos– lo había llevado a concluir que, a pesar de cinco décadas de
    educación universal, la isla había ‘retrocedido en cultura y
    civilidad’”. El reportero cita el disgusto de Castro porque los cubanos
    han perdido su “honestidad, su decencia, su sentido de la vergüenza, su
    decoro, su honor y su sensibilidad hacia los problemas de los demás”.

    Lo que el artículo no dice es que esos valores se han perdido no “a
    pesar de cinco décadas de educación universal”, sino a causa de ella.
    Después de todo, ¿quién estaba educando en Cuba? ¿Quién ha estado a
    cargo por más de cinco décadas? En los años 70, el único momento en la
    historia de Cuba en que la isla estuvo de verdad aislada, tratar de
    usted a las personas mayores en vez de tú, se consideraba burgués.

    Mis maestras de quinto grado se reían de mi madre porque insistía en
    llamarlas señoritas en vez de compañeras. Cuando iba caminando a la
    secundaria, a veces algunos niños me tiraban piedras a los pies porque
    era “demasiado blanca”, aunque nunca pude entender qué significaba eso.
    ¿Y quién puede olvidar los actos de repudio durante los meses del Mariel?

    Muchos años han pasado desde entonces, y recuerdos más dulces han
    reemplazado a los incidentes amargos de mi infancia, pero el filme de
    Lucy me hizo recordar la envidia, los chivatos del barrio, los temores,
    porque las semillas de toda la fealdad de la que Castro se queja ahora
    se plantaron hace mucho tiempo, quizá cuando se enseñó a los niños de mi
    generación a cambiar la lealtad y el respeto a nuestros padres por un
    estúpido lema: “Fidel es mi papá y Cuba es mi mamá”.

    Fidel resultó ser un padre cruel y negligente. Y Cuba –¡ay, Cuba!– una
    madre muy débil e indefensa.

    mao35@columbia.edu

    Source: “MIRTA OJITO: Entre las ruinas de La Habana – Opinión –
    ElNuevoHerald.com” –
    http://www.elnuevoherald.com/2013/09/19/v-fullstory/1570365/mirta-ojito-entre-las-ruinas-de.html

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