Prostitution in Cuba
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    Entre el desamparo y la indefensión

    Entre el desamparo y la indefensión
    MIRIAM CELAYA | La Habana | 9 Sep 2013 – 6:34 am.

    El pecado original del castrismo con relación a la prostitución es haber
    negado su existencia. Hoy no hay instituciones ni voluntad política
    capaces de hacerle frente.

    Secretismo oficial y silencio cómplice

    El pecado original de la “revolución cubana” con relación a la
    prostitución no radica en el hecho de no haber sido capaz de
    erradicarla, una tarea a todas luces irrealizable, sino en negar su
    existencia. Dicha negación no solo retarda la búsqueda de soluciones
    para problemas sociales relacionados —esclavitud sexual, tráfico de
    drogas, prostitución infantil, proliferación de enfermedades de
    transmisión sexual como el SIDA, etc.— que ya han hecho su aparición en
    la Isla, sino que impide que la población asuma una clara percepción del
    asunto y de sus implicaciones sociales.

    Al excluirse el tema del debate público, éste queda sepultado bajo otras
    urgencias no menos acuciantes, relacionadas con la supervivencia
    económica y con las precariedades materiales de la vida. A la vez, esas
    propias privaciones aceleran el deterioro de valores morales y potencian
    el aumento de la prostitución, especialmente entre adolescentes menores
    de 18 años, que constituyen el sector más vulnerable. Un círculo vicioso
    que se cierra sobre sí mismo con un nudo gordiano que no parece tener
    solución.

    El fin de la inocencia

    Si bien muchas mujeres adultas han elegido por sí mismas el camino de la
    prostitución, no es menos cierto que cada vez resulta más frecuente la
    inserción de menores en la profesión. Los 18 años marcan la mayoría de
    edad sexual en Cuba, pero no es raro detectar muchachas de entre 13 y 17
    años que ya se han iniciado como prostitutas.

    Este tipo de actividades, si bien están prohibidas por las leyes
    vigentes, resultan difíciles de detectar debido al complejo entramado de
    ilegalidades que se ha ido consolidando al calor de la impunidad, y que
    actualmente cuentan con redes de “reclutadores” (generalmente
    prostitutas ya mayores y proxenetas), casas de citas —muchas veces
    amparadas tras una fachada de negocio legal, hospedajes clandestinos,
    etc.— y en algunos casos hasta con la complicidad de agentes del orden.

    La corrupción policial, por su parte, puede ser grosera o sutil y va
    desde la simple extorsión a la prostituta hasta a la participación
    directa a partir de la obtención de beneficios monetarios por concepto
    de protección al negocio, pero en todos los casos constituye un
    obstáculo importante a la hora de combatir este flagelo.

    Según testimonios de varias prostitutas, algunos policías que cubren
    turnos en determinados puntos neurálgicos de la capital reciben un pago
    directamente de ellas o de empleados de bares de barrios, para que
    permita tanto el trasiego de estas meretrices como el comercio
    clandestino de ron y tabacos con que habitualmente se estafa a
    extranjeros incautos. Prostitutas y cantineros han establecido una
    especie de colaboración profesional de beneficio mutuo y han creado
    verdaderos nichos de corrupción, particularmente en arrabales de dudosa
    reputación, como el barrio chino de La Habana o el boulevard de San Rafael.

    La ausencia de instituciones

    Por otra parte, algunas historias de vida evidencian que la mayoría de
    las menores que incursionan en el mundo de la prostitución proceden de
    familias disfuncionales y han crecido en hogares hostiles, tanto
    material como afectivamente, sin que existan instituciones que
    verdaderamente se encarguen de velar por su seguridad y su protección.

    Una muestra de estudio realizada en un grupo de jóvenes prostitutas de
    entre 15 y 25 años permite concluir que la casi totalidad de los casos
    procede de hogares disfuncionales, que la prostitución de menores está
    tomando una tendencia creciente y que los representantes de los cuerpos
    represivos o los tribunales son los únicos representantes de alguna
    institución oficial con los que ellas han tenido algún contacto o
    relación, ya sea para ser extorsionadas, detenidas o castigadas; jamás
    para ofrecerles una alternativa de vida o para insertarlas en algún
    programa social que les permita superar los graves conflictos
    existenciales que enfrentan.

    Algunas de ellas carecen por completo de apoyo familiar, otras tienen
    hijos menores, han abandonado los estudios, han consumido drogas al
    menos una vez, fuman y consumen bebidas alcohólicas regularmente.

    El asunto se agrava porque no parece existir un programa nacional, o
    siquiera local, que se encargue del apoyo a las que por sus
    circunstancias particulares han tomado la prostitución como vía de
    solución a sus problemas materiales, ni siquiera para las que han vivido
    en condiciones de extremas carencias y de falta de atención en hogares
    disfuncionales, las que han sufrido el abandono por parte de su familia,
    o las que han sido abusadas sistemáticamente incluso por parte de sus
    propios familiares cercanos.

    Tal indefensión resulta más inexplicable por cuanto el Gobierno cuenta
    con organizaciones que a lo largo de medio siglo han estado dedicadas ya
    sea a la “vigilancia” en cada cuadra a través de los llamados Comités de
    Defensa de la Revolución (CDR), o a la atención y defensa de las mujeres
    a través de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC). Una estructura
    institucional que, de funcionar en interés social o de cumplir sus
    principios fundacionales, hubiese sido capaz de controlar el mal desde
    sus inicios.

    Ni el Gobierno ni la sociedad civil independiente

    Sin embargo, el problema de la prostitución de menores que afecta
    potencialmente a miles de familias, no parece concitar un interés
    significativo para el Gobierno, en buena medida responsable por el
    destino de tantas frustraciones; el mismo Gobierno cuyo sistema de
    educación durante décadas despojó a los padres de autoridad y otorgó al
    Estado “paternalista” la patria potestad sobre niños, adolescentes y
    jóvenes, ahora abandonados a su propia mala suerte.

    Más preocupante aún es que tampoco dentro de los espacios alternativos
    exista un interés particular sobre este asunto. En todo caso, no se está
    produciendo un debate sobre el tema ni existen propuestas cívicas que lo
    asuman en alguna medida desde la sociedad civil independiente. Esto
    sugiere que quizás subyace un cúmulo de prejuicios morales o tabúes
    tradicionales que impiden que los mismos sectores que han abierto
    espacios a cuestiones tan complejas como la discriminación racial y la
    diversidad sexual asuman el reto del debate sobre la prostitución y sus
    efectos sociales.

    Pero más allá de la falta de recursos, lo realmente alarmante es la
    evidente ausencia de voluntad política de todas las partes para encarar
    el que se anuncia como uno de los episodios más complejos de la realidad
    social cubana de cara al futuro cercano.

    Source: “Entre el desamparo y la indefensión | Diario de Cuba” –
    http://www.diariodecuba.com/cuba/1378701299_4969.html

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