Prostitution in Cuba
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    Muchos rostros de un conflicto

    Muchos rostros de un conflicto
    MIRIAM CELAYA | La Habana | 21 Ago 2013 – 10:34 am.

    En la Isla no existen instituciones que garanticen los derechos de los
    más vulnerables. La prostitución ni siquiera se menciona como problema
    por parte del Gobierno.

    Se dice que la prostitución es el más antiguo de los oficios humanos. No
    existe cultura en que la historia no registre la práctica de servicios
    sexuales a cambio de dinero u objetos de algún valor. Otras formas de
    prostitución se producen a cambio de determinados favores o prebendas.

    Lógicamente, tanta antigüedad y persistencia de la prostitución a lo
    largo de los siglos ofrece una variedad casi infinita de formas,
    circunstancias y consideraciones, tanto de orden sociológico, como
    psicológico, histórico, económico, de género e incluso político. Los
    márgenes más oscuros del fenómeno actualmente se refieren a la trata de
    mujeres a través de redes internacionales especializadas en el tráfico
    humano con destino sexual —de la que son víctimas mayoritariamente las
    inmigrantes ilegales y jóvenes de sectores marginales—, a la esclavitud
    y, en particular, a la trata y explotación sexual de menores.

    La prostitución en la Cuba ‘revolucionaria’

    Recientemente el periódico miamense El Nuevo Herald publicó un artículo
    sobre el llamado “jineterismo” (George Porta, El jineterismo es una
    forma de genocidio), que trae a discusión el tema de la prostitución en
    un país que desde 1959 y durante décadas se consideró territorio libre
    del comercio sexual.

    “Jineterismo” es el vocablo particular con que el léxico marginal
    definió la prostitución que comenzó a proliferar con mayor fuerza en
    Cuba a partir de la década del 90 del siglo pasado, impulsada por la
    crisis económica tras el desplome de la antigua URSS y del campo
    socialista, y por el incremento del turismo como vía alternativa
    desarrollada por el Gobierno para el ingreso de divisas. Así, resulta
    tanto más controversial por cuanto las prostitutas cubanas de los
    últimos 20 años no provienen —como suele ocurrir en otras naciones
    subdesarrolladas— de sectores sociales golpeados por el analfabetismo,
    la ignorancia y otros flagelos similares, sino que son miembros de
    generaciones formadas y adoctrinadas en los principios morales
    supuestamente superiores del “hombre nuevo” y muchas de ellas ostentan
    niveles de instrucción considerables.

    Atrás, en la historia anterior a 1959, quedó la imagen de la pobre
    guajirita ingenua engañada por algún astuto galán que “la desgració” y
    acabó explotándola en algún prostíbulo de la cabecera provincial o de la
    capital. La prostituta de hoy, por lo general, es una muchacha que ha
    cursado al menos hasta un noveno grado y que utiliza conscientemente sus
    atributos sexuales para alcanzar a la mayor brevedad los beneficios
    materiales que sabe no obtendrá a partir de un salario o del ejercicio
    profesional de una carrera tecnológica o universitaria.

    El “jineterismo” tampoco representa una casta homogénea. Se trata de un
    fenómeno bien diferenciado en capas o estamentos, según la categoría,
    edad, atributos físicos, calificación, aspiraciones, relaciones y otros
    factores, de la muchacha en cuestión. Así, hay desde las baratas
    jineteritas de calle, que satisfacen un sexo rápido dentro de un
    automóvil o en algún pasillo o cuartucho de solar, hasta las
    espectaculares y costosas jineteras de gimnasio y spa, lindas y
    refinadas, que prestan un servicio más “personalizado”, muchas de las
    cuales sueñan con hacer un matrimonio ventajoso con algún turista
    extranjero deslumbrado o algún ejecutivo de firmas de capital mixto, o
    acumular dinero suficiente para emigrar por sí mismas.

    Entre ambos extremos se mueve toda una pléyade de jineteras de la más
    diversa condición y aspiraciones, muchas con la mínima aspiración de
    sobrevivir el día a día, sin más planes ni ambiciones, sujetas a una
    realidad sin expectativas de futuro.

    No obstante, las causas de la prostitución en Cuba, si bien se
    relacionan con la crisis económica permanente y con el auge del turismo
    internacional, están profundamente ancladas en el deterioro de otros
    valores, no necesariamente vinculados al tema de la inequidad de género,
    al machismo o a la opresión que sufre la mujer. El fenómeno es mucho más
    complejo y tiene reflujos de fondo, heredados del igualitarismo ramplón
    que primó en los años del socialismo subsidiado.

    Más tarde, en Cuba se produjo una inversión de valores en la apreciación
    social de la prostituta, en virtud de la cual muchas de esas mujeres que
    vendían sus servicios sexuales a extranjeros en los 90 —anteriormente
    motivo de desprecio y de estigma social— pasaron a ser una suerte de
    heroínas populares al convertirse en las proveedoras familiares y a
    veces hasta en benefactoras de sus vecinos en desgracia. En particular
    la jinetera “de clase”, que con frecuencia procuraba la medicina, el
    producto de aseo o el alimento a los más desposeídos, cambió
    notablemente la percepción del oficio: prostituirse no solo era más
    lucrativo, sino que podía erigirse en fuente de solidaridad y prestigio
    personal. De hecho, para entonces ya los cubanos no éramos tan “iguales”.

    No ocurrió lo mismo con la jinetera de clase baja. Los prejuicios
    segregacionistas que cobraron auge desde esos años a partir de las
    diferenciaciones del poder adquisitivo, también se instalaron de manera
    espontánea entre las prostitutas. Antes de los Castro, las prostitutas
    más pobres eran popularmente conocidas como “de café con leche”. Las de
    hoy son “de agua con azúcar”.

    Ahora bien, ¿puede siempre definirse a la jinetera como víctima de
    género y de la pobreza?, ¿el jineterismo, como prostitución en Cuba, se
    ajusta a la definición de “genocidio” que ofrece el artículo de El Nuevo
    Herald? En lo personal, prefiero apartarme de las exageraciones. Es un
    hecho que la prostitución como fenómeno social favorece la proliferación
    de delitos relacionados: proxenetismo, tráfico humano, explotación de
    género, tráfico de droga, etc. Es también axiomático que las carencias
    materiales, unidas a la crisis moral, estimulan la extensión de la
    prostitución en la Isla.

    Sin embargo, más allá de la “tolerancia” social, la experiencia
    demuestra que existen opciones de supervivencia no asociadas a la
    prostitución que fueron adoptadas por la mayoría de las mujeres cubanas,
    incluso en los peores momentos de la crisis, y que en un elevado
    porcentaje las jineteras eligieron voluntariamente el oficio como la vía
    más expedita para obtener ganancias y no precisamente por “razones de
    supervivencia”. Así, un elevado número de jineteras no sienten la
    necesidad de “ser liberadas” de una actividad que les ofrece lo que
    desde su personal percepción se define como “libertad”: un poder
    adquisitivo por encima de la media de las cubanas.

    No se trata tampoco de negar la existencia de la prostitución y la
    importancia de procurar anticiparnos a sus consecuencias, sino de
    interpretar con mayor exactitud los hechos. Asumiendo lo inevitable,
    todo indica que la prostitución retornó para quedarse: no hay destino
    turístico que no atraiga este tipo de profesión. De manera que de lo que
    va el asunto es de cómo lidiaremos con él.

    En principio, toda persona adulta en su sano juicio es dueña de su
    cuerpo y de sus actos en tanto no atente contra los derechos de otros,
    por lo que ser prostituta o no sería —en primer lugar— una cuestión de
    elección, con independencia de que las leyes establezcan si constituye o
    no delito y que se persigan las actividades delictivas relacionadas.
    Otro asunto es cuando una persona es obligada a prostituirse, en cuyo
    caso se trata de una flagrante violación de sus derechos como ser humano.

    Resulta condenable que en Cuba no existan instituciones capaces de
    garantizar los derechos de sectores sociales vulnerables, que las
    prostitutas estén desprotegidas, que no se persiga y condene
    ejemplarmente la prostitución de menores, que no se ataquen las raíces
    del mal y que las leyes casi siempre se limiten al castigo (dizque
    “reeducación”) de la prostituta, el eslabón más débil de la cadena. Las
    prostitutas cubanas, en especial las “de la calle”, son más proclives a
    resultar víctimas de la violencia, ya sea por parte de un proxeneta como
    por la extorsión policial. En no pocas ocasiones proxeneta y policía son
    una misma persona.

    El tema de la prostitución es candente y forma parte incluso de la
    agenda política de muchos países desarrollados. Algunas propuestas
    actuales se centran en la regulación de la prostitución, previamente
    legalizada, aunque también se ha desarrollado una fuerte tendencia a
    favor de tipificar como delito la compra de servicios sexuales y no la
    venta de los mismos.

    Lamentablemente, en Cuba estamos muy distantes de iniciar una estrategia
    eficaz sobre el tema. Es sabido que el primer paso consiste en reconocer
    la existencia del fenómeno, someterlo a debate público y estudiar sus
    alcances y consecuencias sociales, algo que precisa de la voluntad
    política del Gobierno: toda una quimera.

    En todo caso, este bien podría ser un punto importante en la agenda de
    numerosas organizaciones independientes de la Isla que se interesan en
    problemas de corte civilista. Hasta ahora no existen programas temáticos
    sobre el asunto en la sociedad civil emergente. Iniciar y sostener el
    debate será el estímulo inicial que desate las propuestas.

    Source: “Muchos rostros de un conflicto | Diario de Cuba” –
    http://www.diariodecuba.com/cuba/1377074055_4725.html

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