Prostitution in Cuba
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    El miedo al negro, un arma de la ‘revolución’

    El miedo al negro, un arma de la ‘revolución’
    Jesús Rosado | Miami | 6 Jun 2013 – 7:21 pm.

    Al establecerse como máxima autoridad, los Castro estrenaron la trata
    ideológica del negro.

    Son múltiples los factores que han intensificado el reciclaje del
    racismo en Cuba. Si bien con la llegada al poder de la revolución
    castrista de 1959 se emprendió desde el Estado un proceso de eliminación
    de las barreras categóricas de segregación, los efectos de la separación
    implícita nunca serían superados por dos razones. La primera, porque la
    nueva administración se apoyó en los argumentos de la lucha de clases
    para maniobrar políticamente relegando la cuestión racial por
    considerarla “resuelta” con la movilidad de las minorías a través del
    espacio social, albedrío que no incluyó jamás escalar los niveles de
    jerarquía. ¿Acaso esta posposición de una integración plena fue
    negligencia política o resultado del acuerdo tácito en el seno de la
    franja mayoritariamente blanca del poder?

    Lo acontecido desde entonces deja traslucir —y esta sería la segunda
    razón para que no envejezca la invisible división racial— que el
    dirigente blanco “revolucionario” adoptó solapadamente una estrategia de
    antirracismo utilitario a partir de las disposiciones y leyes emitidas
    que supuestamente eliminarían de modo radical la discriminación. Había
    que aprovechar la gratitud del negro hacia el abolicionismo cordial de
    aquella mambícracia de siglo XX cuando, en realidad, la mentalidad
    étnica de los gorras verdes nunca se despojó de la herencia del
    supremacismo blanco que se erigiera en la identidad insular desde el
    genocidio de los primitivos moradores, pasando por la plantación
    esclavista, hasta convertirse en filosofía doméstica con los aportes de
    la ilustración eurocubana decimonónica y la eugenesia republicana.

    Al establecerse como máxima autoridad, la generación Castro estrena la
    trata ideológica del negro, una modalidad de negociación que convoca a
    la prostitución política de la raza subvalorada a cambio de educación
    dogmática pero gratuita, ofertas de trabajo improductivo, medallas
    deportivas más pacotilla convoyada, carnaval sin restricciones, alguna
    sobra del banquete autocrático y un hipócrita “compañerismo”. La
    modalidad no es nueva en la trayectoria de la gestión castrista. El
    propio dictador ha admitido en alguna ocasión la “utilidad” de reclutar
    elementos marginados en la consecución de fines políticos.

    A cambio, el sector negro encontrará en la ausencia de la desplazada
    aristocracia la apariencia de una equidad conquistada, ofreciendo su
    apoyo irrestricto a la intención totalitaria sin caer en cuenta que,
    tras el discurso populista, el pináculo de la política territorial no ha
    hecho más que mutar a un grupo oportunista que lo suma como base de
    apoyo. Pero en la conversación de muro adentro para el blanquito
    fidelista el “compañero nichardo” seguirá siendo el ágil ladrón de
    gallinas o de bases en un juego de pelota, el pendeciero al que hay que
    aliarse para eliminar al rival, la carne de presidio, o de cañón si de
    campañas africanas se trata, el colector de trofeos en podios
    deportivos, el que mejor toca el bongó ante los auditorios europeos o el
    mayor consumidor de pergas en un quiosco de cervezas.

    Con los testimonios ya palpables de que ha sido víctima de una empresa
    de consumada demagogia, con la partida forzosa de amplias porciones de
    población blanca desafecta, y tras el envilecimiento material y ético
    que ha representado el castrismo luego de medio siglo, el sector negro
    se halla atrapado en una trampa etnopolítica, viviendo en su mayoría en
    condiciones de extrema pobreza debido al escaso acceso a las remesas del
    exterior y la consabida incapacidad del régimen para resolver sus
    necesidades primarias habitacionales y de ingresos. Dicha incapacidad de
    solvencia sabemos que es, a escala de sistema, más funcional que
    racista, sin embargo ello no desdice para nada el favoritismo silencioso
    que disfrutan los estratos blancos en cuanto a posibilidades de empleo
    en el circuito donde fluye moneda dura.

    Con el recrudecimiento de la distopia criolla se han acentuado las
    diferencias de estatus entre grupos étnicos, al punto de que se hace
    cada vez más común para los analistas relacionar la precariedad cubana
    con la noción de “haitianización”, asociación dolorosa porque alude a
    las condiciones de miseria del negro insular comparable a las de sus
    semejantes en Haití. Cuando a estas alturas se suponía que por “bondade”
    del castro-leninismo la sociedad hubiese entrado en una fase post-racial
    he aquí que nos encaminamos en marcha de gigantes hacia las márgenes del
    Níger colonial. Un retrorracismo abocado a la violencia. Constatable en
    los índices poblacionales de la comisión de delitos o en la demografía
    carcelaria. Verificable al presenciar el castigo despiadado que recibe
    un disidente negro o mestizo de parte de turbas y esbirros o el que
    irracionalmente el negro procastrista propina al opositor de tez clara.
    Un punto de incivilización donde la tiranía aparenta ignorar pero sabe
    lo que hace.

    Si bien los teóricos castristas remiten toda esta recidiva
    discriminatoria al debate de élite en los recintos académicos, la cúpula
    del apparátchik no desdeña sus ventajas y la usa de manera disfrazada
    como recurso guerrillero a su favor. La retórica contra la división de
    razas se delega a los medios de difusión y a las instituciones, pero la
    confrontación interracial se necesita para prorrogar el sometimiento
    manipulando temores ancestrales. Los dos viejos pánicos sociales en el
    escenario vernáculo: el miedo recíproco entre negro y blanco, los miedos
    de ambas razas al represor. Ni qué decir que para los declives
    totalitarios el racismo instintivo es antídoto ideal contra la amenaza
    de transformaciones pluralistas. No puede haber democracia ni justicia
    social con racismo. Ni se erradica el racismo sin posibilidad de
    apertura política. Por tanto, razones hay suficientes para que la
    Revolución mantenga el miedo al negro en su arsenal indispensable.

    Este texto apareció originalmente en tumiamiblog. Se reproduce con
    autorización del autor.

    http://www.diariodecuba.com/cuba/1370537916_3627.html

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