Prostitution in Cuba
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    Del desencanto a la apatía

    Cacerolazo, Represión

    Del desencanto a la apatía
    Varios factores conspiran para que en Cuba no ocurra lo que sucedió en
    Argentina y ni siquiera lo que ahora pasa en Venezuela
    Alejandro Armengol, Miami | 06/05/2013 10:53 am

    Hace ya doce años las cazuelas sonaron en Buenos Aires y en horas
    barrieron con el gobierno de Fernando de la Rúa. No sucedió lo mismo en
    la Venezuela de Hugo Chávez, donde las protestas indicaron un grado de
    desacuerdo con el mandatario —a veces creciente, pero no sin llegar al
    grado de una revuelta popular— y luego disminuyeron a medida que el
    chavismo fue transformando las instituciones públicas e imponiendo un
    régimen corrupto y represivo, en dosis que el fallecido gobernante sabía
    controlar muy bien. Han vuelto a sonar ahora con el gobierno impuesto de
    Nicolás Maduro, pero en la actualidad el país se debate entre el caos y
    el inicio de una represión mucho más brutal, a la que Chávez nunca tuvo
    que recurrir.

    En Cuba las marchas de las Damas de Blanco —y los actos de repudio en
    contra de ellas lanzados por turbas del Gobierno— han logrado difusión y
    reconocimiento internacional, pero hasta el momento han mostrado también
    la incapacidad de la población para apoyar una queja y convertirla en un
    reclamo masivo.

    Precisamente contra esta ciudadanía —que aún permanece en calma— es que
    en última instancia van dirigidos los actos de repudio, los golpes, los
    insultos y las obscenidades.

    Varios factores conspiran para que en Cuba no ocurra lo que sucedió en
    Argentina y ni siquiera lo que ahora pasa en Venezuela.

    El primero es que ya pasó. Por ejemplo, al principio de la revolución,
    salieron las amas de casa a las calles de Cárdenas batiendo cacerolas y
    ollas y gritando: “Queremos comida”. Desde la capital de la entonces
    provincia de Matanzas el ya fallecido capitán Jorge Serguera envió a los
    tanques para que avanzaran sobre el pueblo. La intervención del también
    fallecido expresidente Osvaldo Dorticós impidió que se produjera una
    masacre.

    El segundo factor es que más allá de las simples turbas controladas, el
    régimen cuenta con tropas adiestradas y equipos de lucha contra
    disturbios listos para poner fin a cualquier manifestación popular. A
    ello se une la existencia de una fuerza paramilitar, que ha demostrado
    su rapidez y capacidad represora en otras ocasiones, y que de inmediato
    entraría en combate ante una amenaza seria de insurrección callejera.

    Pero otro importante factor que demora o impide un movimiento espontáneo
    de protesta masiva es la apatía y desmoralización de la población. La
    inercia y la falta de esperanza de los habitantes del país. Su falta de
    fe en ser ellos quienes produzcan un cambio. El gobierno de los hermanos
    Castro ha matado —o al menos adormecido— el afán de protagonismo
    político, tan propio del cubano, en la mayor parte de los residentes de
    la Isla.

    El exilio como futuro —como alejamiento colectivo para ganar en
    individualidad— es un aliciente mayor que un enfrentamiento callejero.
    Más fácil se arriesga la vida en una balsa que en una calle. El
    desarraigo es preferible a la afirmación nacional limitada al concepto
    de patria, porque se llega al convencimiento —aunque sea intuitivamente—
    de que no hay nada en que afirmarse.

    En primer lugar, la geografía como parte de la política. Puede que las
    cacerolas se oigan primero en el interior del país, pero deben
    escucharse en La Habana. La posibilidad de que el estallido popular
    ocurra primero extramuros obedece a factores económicos: la pobreza
    mayor en el campo que en la capital. Sin embargo, es un error hacer
    depender cualquier protesta de un empeoramiento absoluto del nivel de
    vida de la población. Más bien sería todo lo contrario.

    Desde el punto de vista económico —y contrario a lo que podría pensarse
    inicialmente—, un agravamiento general de la situación económica no
    tiene que ser necesariamente el detonante. Son las diferencias sociales,
    que se intensifican a diario, las que más fácil prenden la mecha. Por lo
    tanto, a diferencia de que lo que ha ocurrido en Argentina y Venezuela,
    serían los estratos más desposeídos los iniciadores de la protesta. La
    gente no va a lanzarse a la calle pidiendo libertades políticas —ya ese
    momento pasó—, sino expresando sus frustraciones sociales y económicas.

    En caso de producirse un movimiento de protestas populares, y de ser
    espontáneo, es posible que carezca de vínculos directos con el exilio de
    Miami. Tampoco contaría con la participación mayoritaria de los miembros
    de la sociedad cubana más identificados con el rechazo al régimen,
    porque éstos son al mismo tiempo los que tienen más dólares, ya sea
    gracias a las remesas familiares, el comercio ilícito o los trabajos por
    cuenta propia.

    Otro factor a tener muy en cuenta es la composición étnica. ¿Cuál es el
    segmento que en la actualidad sufre más privaciones en Cuba? No hay duda
    que la población negra constituye el caldo de cultivo para un estallido
    social. Sus miembros son quienes tienen menos posibilidades de recibir
    dólares del extranjero y también a los que discriminan de los trabajos
    en hoteles, restaurantes y transporte de turistas. En igual sentido,
    carecen en su mayoría de viviendas con la capacidad suficiente para
    alquilar cuartos a extranjeros, ni poseen automóviles u otros recursos
    que les faciliten la adquisición directa de los dólares de los
    visitantes. Hay pocos negros dueños de paladares o propietarios de casas
    de huéspedes. Como una evidencia más del fracaso del régimen, han vuelto
    a ser relegados a las esferas tradicionales donde antes del primero de
    enero de 1959 el triunfo era un anhelo costoso y renuente. Para la
    población negra, el bienestar del dólar se limita a quienes se destacan
    en tres esferas muy competitivas: el deporte, la prostitución y el arte.

    De producirse cacerolazos en Cuba, el régimen los reprimirá con firmeza.
    No hacerlo sería la negación de su esencia y su fin a corto plazo.
    Imposible no usar la violencia. En cualquier caso lleva las de perder.
    Una de las habilidades del régimen siempre ha sido el evitar las
    situaciones de este tipo. El “maleconazo” de 1994 Fidel Castro logró
    sortearlo con una avalancha de balsas hacia la Florida. Esa salida está
    agotada.

    Por su parte, Raúl Castro se ha caracterizado por la práctica de una
    represión preventiva, instantánea y que en su efecto inmediato
    —encarcelamiento— puede durar horas, días o meses, pero en cuanto a
    impresión en el ciudadano y en la sociedad, como forma intimidatoria,
    tiene una repercusión permanente. La represión en su forma más desnuda
    —arrestos y muertos— no conlleva necesariamente el inmediato fin de un
    régimen totalitario, pero en el peor de los casos lo tambalea frente a
    un precipicio. Ningún dictador tiene a su alcance un manual que lo guíe,
    sino ejemplos aislados: los hay tanto de supervivencia—el caso de
    China—como de desplome —el de Rumania. El gobierno de los hermanos
    Castro cuenta con una sagacidad a toda prueba, ¿pero por qué empeñarse
    en creer que es invencible?

    http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/del-desencanto-a-la-apatia-284093

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