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    El papel de Cuba en el narcotrafico

    Historia
    El papel de Cuba en el narcotráfico

    Contrabando, juego y consumo de drogas en la Isla entre los años veinte
    del pasado siglo y comienzos de la revolución.

    Eduardo Sáenz Rovner, Bogotá

    lunes 26 de junio de 2006 6:00:00

    Nota introductoria de la periodista Tania Quintero

    Cuando en julio de 2002 el doctor Eduardo Sáenz Rovner, profesor titular
    de la Facultad de Ciencias Económicas e investigador del Centro de
    Estudios Sociales de la Nacional de Colombia, decidió
    tomarse un año sabático, probablemente no pensó que el resultado de esos
    doce meses le llevaría a la elaboración de un libro valiosísimo. El
    volumen marca un antes y un después en un tema tan enjundioso como
    escabroso: narcotráfico, contrabando y juego en Cuba entre los años
    veinte y comienzos de la revolución.

    Con 278 páginas y editado en 2005 por la Colección CES de la Universidad
    Nacional de Colombia, La Conexión Cubana es hoy un texto imprescindible
    para quienes con seriedad y equilibrio se hayan propuesto estudiar Cuba,
    su pasado, presente y futuro.

    A partir de una información aparecida en la prensa en 1956, Sáenz decide
    adentrarse en archivos, bibliotecas y centros de documentación de tres
    países. Vencidos ciertos escollos, logra investigar sin problemas en La
    Habana, aunque el dogmatismo y la burocracia se lo impiden en Camagüey.
    En Miami y otras ciudades estadounidenses puede trabajar con entera
    libertad y más cómodamente. En su país recibe el calor y apoyo
    necesarios para redactar el libro.

    La saga sobre el narcotráfico, contrabando y juego en Cuba, que abarca
    casi todo el siglo XX, no termina con La Conexión Cubana. El autor ha
    retomado la investigación y en una segunda obra mostrará el desarrollo
    de las redes de narcotraficantes cubanos y colombianos a partir de las
    décadas del sesenta y setenta.

    Entretanto, les ofrecemos un avance del libro, resumido en una
    conferencia impartida en 2004 por el profesor Sáenz en México:
    ——————————————————–

    A finales de diciembre de 1956, y con un cargamento de heroína evaluado
    en 16.000 dólares, fueron capturados en La Habana los hermanos Rafael y
    Tomás Herrán Olozaga. Rafael era químico, Tomás era piloto, y eran
    hermanos gemelos originarios de Medellín, Colombia. También fueron
    arrestadas dos mujeres colombianas, una de ellas había ayudado a
    introducir la droga en Cuba, la segunda era la esposa de Tomás y
    operaria como “courier” hacia , aprovechando que era
    estudiante universitaria en Filadelfia. Con los colombianos fue
    capturado Antonio Botana Seijo, de nacionalidad cubana.

    Los Herrán Olozaga confesaron que ya habían llevado drogas a Cuba en el
    pasado, aparentemente estaban en el negocio desde 1948. Después de su
    captura, todos, exceptuando Tomás, salieron baja fianza y se fueron para
    Mérida. Tomás, aparentemente el jefe de la banda, estuvo un año preso en
    Cuba y una vez libre regresó a Medellín. En febrero de 1957, agentes del
    Servicio de Inteligencia de Colombia, ayudados por un oficial
    antinarcóticos de Estados Unidos, allanaron el laboratorio de los Herrán
    en las afueras de Medellín.

    Los hermanos Herrán Olozaga provenían de la élite colombiana. Su
    tatarabuelo y bisabuelo, Tomás Cipriano de Mosquera y Pedro Alcántara
    Herrán, habían sido presidentes de la República durante el siglo XIX. Su
    abuelo, Tomás Herrán, nacido en el Palacio Presidencial, firmó el
    frustrado tratado para la construcción del Canal de Panamá en 1903. El
    padre de los Herrán Olozaga fue cónsul de Colombia en Hamburgo y se casó
    con una mujer emparentada con el principal clan de industriales de Medellín.

    Los hermanos Herrán Olozaga fueron los pioneros en el procesamiento y
    tráfico de drogas entre Medellín y Cuba y Estados Unidos a mediados del
    siglo XX. Sus actividades en Cuba me llevaron a tratar de seguirles la
    pista en el fondo del Departamento de Justicia de los Archivos
    Nacionales de Estados Unidos y en el Archivo Nacional de Cuba.

    La cantidad de información que encontré sobre el narcotráfico, el juego
    y el contrabando en Cuba me llevaron a otra investigación, algunos de
    cuyos resultados presento en esta conferencia.

    La dinámica economía de Cuba tuvo una gran integración a las corrientes
    migratorias y el comercio internacional durante las primeras décadas del
    siglo XX. El desarrollo de las comunicaciones tanto marítimas como
    aéreas contribuyó al contrabando y al narcotráfico. Los grupos de
    narcotraficantes eran locales, compuestos primero por inmigrantes
    radicados en Cuba, eventualmente por cubanos. Estos inmigrantes
    desarrollaron redes con Europa, el Medio Oriente, Sudamérica y Estados
    Unidos.

    Cuba, por tanto, no fue una simple “víctima”, sino que jugó un papel muy
    activo en el narcotráfico. De otra parte, la Isla tenía una herencia de
    contrabando, un sistema ineficiente de justicia y una corrupción
    rampante y generalizada.

    Las personas condenadas por tráfico y consumo de drogas eran pobres,
    pequeños traficantes o consumidores, generalmente de marihuana, o
    inmigrantes chinos acusados de fumar opio. Los traficantes más
    importantes de cocaína y morfina escapaban de la justicia y si eran
    capturados salían bajo fianza.

    II

    Durante la prohibición del alcohol de los años veinte en Estados Unidos,
    se llevaban grandes cantidades de licor de contrabando desde Cuba hacia
    Norteamérica. El contrabando era principalmente de rones, aunque también
    incluía vinos y otros licores. Había capitanes de barcos y tripulaciones
    norteamericanas, aunque también había cubanos y marinos de otras
    nacionalidades, como británicos y españoles.

    El modo de operación de estos contrabandistas era cargar legalmente el
    licor en Cuba (generalmente desde La Habana) y presentar un manifiesto
    en el que declaraban como puntos de destino puertos generalmente en
    Honduras, pero también en Belice, Guatemala, las Bahamas y México, para
    en realidad dirigirse finalmente a la Florida, Luisiana, Georgia y Nueva
    York.

    La mayoría de las embarcaciones eran de bandera norteamericana,
    británica, cubana y hondureña. Las naves que portaban esta última
    nacionalidad pertenecían en realidad a los otros países y aparecían
    matriculadas en Honduras para pretender una coartada supuestamente más
    sólida. Cuando se les hacía un seguimiento, los capitanes de los barcos
    recurrían a las mismas excusas: habían perdido su manifiesto o estaban
    navegando a la deriva debido al mal tiempo o a daños en sus
    embarcaciones. Los contactos en La Habana eran cubanos y
    norteamericanos, quienes operaban a través de empresas comerciales
    legales e incluso como agentes de .

    Las rutas de contrabando entre Cuba y Estados Unidos eran utilizadas
    para el comercio de otros productos, como cargamentos de frutas
    cubanas llevadas a la Florida, y cigarrillos norteamericanos
    introducidos en la Isla. Y además, el trafico de narcóticos desde Cuba
    hacia Estados Unidos corría paralelo al de licores.

    Las actividades de contrabando entre Norteamérica y Cuba se remontan por
    lo menos al siglo XVIII. El historiador Manuel Moreno Fraginals señala
    como el contrabando no tenía para muchos “una connotación delictiva”, de
    hecho, varias ciudades debieron su prosperidad durante la Colonia al
    contrabando.

    En una comunicación de mediados de diciembre de 1924, la representación
    diplomática norteamericana en Cuba informó: “La Habana se ha convertido
    en la base principal para operaciones de contrabando (…) Cuba no es
    solamente la base para el contrabando de licores, sino también para el
    contrabando de narcóticos e inmigrantes ilegales”.

    Droga e inmigración ilegal

    El contrabando de inmigrantes ilegales entre Cuba y Estados Unidos era
    principalmente de chinos, aunque también se reportaron numerosos casos
    de contrabando de inmigrantes de diversas nacionalidades, desde
    españoles hasta griegos y armenios, que se hacía en las mismas
    embarcaciones del contrabando de licores.

    Cuba se pobló con diferentes olas migratorias. Esto reflejaba su
    composición étnica en las primeras décadas del siglo XX. Más de medio
    millón de españoles, principalmente gallegos, asturianos y canarios,
    constituían el 16 por ciento de la población de Cuba hacia finales de
    los años veinte. Además, había numerosos residentes de origen chino,
    jamaiquino, haitiano, árabe, norteamericano y europeo no español. Muchos
    inmigrantes españoles prosperaron y se calcula que para 1932 casi 43.000
    negocios estaban en manos de españoles en Cuba en diferentes ramos del
    comercio, los servicios y la industria. Pero por encima de todo, los
    españoles dominaban el comercio.

    Las drogas ilegales venían inicialmente de Europa. Por ejemplo, se
    reportó que dos barcos de la Compañía Transatlántica Española llevaban
    narcóticos. Los barcos de esa compañía habían trasladado inmigrantes
    españoles durante años en rutas que cubrían diferentes puertos españoles
    antes de arribar al Nuevo Mundo. Los narcóticos provenientes de Europa
    eran traídos también en buques alemanes e italianos. Estos narcóticos
    provenían de Marsella, principalmente, y de Hamburgo.

    El opio se llevaba a Cuba para el consumo de los chinos que vivían en La
    Habana. Con la migración masiva de chinos a diferentes partes del mundo,
    muchos emigrantes, generalmente solteros, pobres y solitarios, llevaron
    el hábito de fumar opio a las tierras donde se establecieron.

    Cuba fue el principal país latinoamericano receptor de inmigrantes
    chinos. Entre 1847 y 1874 entraron por encima de 100.000 culies
    (trabajadores con contratos de servidumbre) chinos a la Isla. Los chinos
    fueron llevados para resolver un problema de oferta de mano de obra en
    las haciendas azucareras. En una segunda oleada migratoria, esta vez de
    personas libres, entre 1903 y 1929, llegaron alrededor de 20.000 chinos
    a Cuba. Y aunque los inmigrantes chinos se encontraban por toda la isla,
    La Habana se constituyó en su principal concentración urbana en las
    Américas, después de San Francisco y Nueva York.

    El Barrio Chino, versión habanera del Chinatown, creció y se consolidó
    como punto de reunión de los asiáticos, aunque muchos de estos habitaban
    y tenían sus negocios en diferentes puntos de la ciudad. Los chinos en
    Cuba dominaban la distribución minorista de frutas y verduras, lo mismo
    que otros negocios pequeños como la venta de comida y lavanderías.

    Las estadísticas oficiales muestran que un alto número de los arrestos
    por consumo de drogas en las primeras décadas del siglo se hacían entre
    las personas de origen chino. Los reportes de la policía señalaban que
    “los fumadores y viciosos del opio son casi todos chinos” y que de los
    2.255 adictos por drogas ingresados al Lazareto del Mariel hasta 1936,
    la mitad eran chinos.

    Así como se usaba el opio entre los chinos, se consumía cocaína entre
    grupos pudientes de personas blancas. En cuanto a la marihuana, aunque
    se reconocía que se había expandido a diferentes clases, se subrayaba la
    importancia de su consumo entre “malvivientes de color… procedentes de
    los bajos fondos sociales”.

    Hasta la década de los años treinta, la marihuana no se había
    considerado un problema de pública en Estados Unidos. Se percibía
    como un vicio de grupos étnicos minoritarios, bohemios, músicos de jazz,
    marinos y otros elementos marginales de la sociedad. Cuando se empezó a
    reportar que jóvenes anglos estaban consumiendo la yerba, comenzó una
    presión por parte de grupos de educadores y comunidades religiosas para
    ilegalizarla.

    El mismo Buró Federal de Narcóticos estaba detrás de los esfuerzos para
    criminalizar la marihuana, anunciándola como una droga que inducía a la
    entre quienes fumaban. Todas estas gestiones tuvieron éxito
    cuando el Franklin D. Roosevelt sancionó un decreto contra la
    marihuana en 1937.

    Curiosamente, y debido quizás a la legislación reciente y a las fuertes
    campañas contra la marihuana en Estados Unidos, en Cuba se calificaban
    sus efectos en peores términos que los efectos de otras drogas. “El más
    maldito de los vicios”, lo llamó un autor, para quien los consumidores
    de marihuana “sufren delirios furiosos (y cometen) no sólo gran número
    de los delitos sexuales más atroces, sino los más violentos y feroces
    crímenes”. Para otro, “la maldita yerba”, con la que “se embriaga sobre
    todo la juventud”, era “una desgracia en nuestro país”. La marihuana era
    uno de los principales vicios en Cuba, en compañía del alcohol, la
    homosexualidad y “los placeres solitarios”.

    ‘El Gallego’ Fernández

    Un buen ejemplo de un inmigrante español que prosperó gracias al tráfico
    de drogas fue José Antonio Fernández y Fernández. Nacido en 1900,
    Fernández llegó a Cuba a los veinte años de edad. A pesar de ser
    asturiano, se le conocía como “El Gallego”. Recién llegado trabajó como
    cantinero y un par de años más tarde compró un restaurante cerca de los
    muelles en La Habana. En este establecimiento se hizo amigo de marinos
    españoles de los barcos que traían narcóticos desde Barcelona y se
    convirtió en distribuidor de las drogas traídas por estos marinos.

    En 1927 vendió el restaurante y viajó a Estados Unidos y a varios países
    latinoamericanos, en los que estableció contactos con miembros del bajo
    mundo. Fue arrestado a finales de ese año, cuando regresó a La Habana y
    los agentes de aduana le descubrieron varias botellas de cocaína
    escondidas entre sus ropas, pagó una fianza y salió en libertad.

    Con el comienzo de la Guerra Civil Española, el tráfico de varios
    españoles se volvió irregular. Fernández hizo entonces contactos con
    marinos de los barcos Istria y Aras de la Compañía Italiana di
    Navigaciones. Estos barcos hacían paradas en Vigo y Cádiz, puertos que
    ya estaban en manos de las tropas franquistas y recogían narcóticos.

    En octubre de 1936, Ernesto Álvarez Digat, un farmacéutico de La Habana,
    aceptó procesar heroína del opio que le entregó Fernández. Los paquetes
    de opio provistos por Fernández traían la marca alemana Merck. Álvarez
    alcanzó a procesar cinco kilos de heroína antes de ser arrestado y
    condenado a un año de prisión en 1938. Fernández también fue arrestado,
    pero se le dejó libre por supuesta falta de evidencia.

    El 24 de abril de 1940, los detectives se presentaron con una orden de
    registro, revisaron su vivienda y encontraron siete libras de cocaína y
    ocho libras de morfina. Fernández era un distribuidor muy importante con
    conexiones con varios farmaceutas locales. Cuando se le incautaron las
    drogas se notó en La Habana una crisis entre los drogadictos al aumentar
    considerablemente su solicitud para ser internados en el Lazareto del
    Mariel, por no poder obtener las drogas en la calle.

    Cuando Fernández fue arrestado en 1940 no fue llevado a la corte gracias
    a que su abogado pudo aplazar el juicio. Después de al menos una decena
    de aplazamientos, y de presiones contra los testigos, Fernández fue
    condenado a un año de prisión en 1943. Sin embargo, apeló y salió libre
    con el pago de una fianza de 5.000 dólares.

    Para evitar ser deportado, se apresuró en conseguir la ciudadanía
    cubana. Su abogado era hermano del último secretario privado del
    ministro de Relaciones Exteriores, lo cual probablemente le ayudó en sus
    trámites, a pesar de tener cargos penales pendientes. La apelación fue
    llevada a la Corte Suprema en 1945, la cual ratificó la condena de un
    año. Fernández pagó la condena, no en la cárcel, sino en la Quinta
    Covadonga, un agradable centro hospitalario de la comunidad asturiana,
    argumentando razones de salud.

    Todavía en 1950, El Gallego Fernández era importador de morfina traída
    desde España y mantenía conexiones con otros traficantes importantes en
    Cuba, como Abelardo Martínes del Rey, alias El Teniente, y Octavio
    Jordán Pereira, alias El Cubano Loco, quienes traficaban con drogas
    desde Perú y Espana para abastecer los mercados cubano y norteamericano.

    Para entonces, el otrora humilde inmigrante había acumulado una fortuna
    considerable. Era dueño de un almacén de cristalería y loza, y de una
    mueblería, y socio de una fábrica de juegos de dominó. Poseía además un
    edificio de apartamentos, cuatro casas en La Habana y una casa de recreo
    en la playa. En apariencia, era otro ejemplo del comerciante español,
    trabajador y exitoso como tantos otros.

    Corrupción a destajo

    A comienzos de los años cuarenta, Claude Follmer preparó un extenso
    reporte para el Buró Federal de Narcóticos. Su visión global sobre la
    situación en Cuba era negativa y culpaba a las autoridades policiales de
    la Isla. “Como resultado de la ineficiencia y la corrupción de los
    nacionales de policía, pasados y presentes, todos los vicios conocidos
    en la civilización moderna han prosperado en Cuba durante muchos años.
    En este momento, lo mismo que en años recientes, los crímenes
    predominantes en Cuba son el asesinato, el juego, la prostitución y un
    trafico extenso de narcóticos y marihuana”.

    Recordaba Follmer que con el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, los
    narcóticos que antes llegaban a Europa fueron reemplazados por cocaína
    peruana, que llegaba en barcos chilenos, y resaltaba: “en el momento
    presente (1943) la República de Cuba está literalmente inundada con
    cocaína peruana, la cual en el caso de La Habana es vendida a varios
    miles de cocainómanos en esa ciudad”. Concluía que las autoridades no
    hacían mayor cosa y que las drogas ilegales se vendían abiertamente.

    Sin embargo, los reportes anuales presentados ante la Liga de las
    Naciones por parte del gobierno cubano a comienzos de esa década,
    senalaban que el consumo ilegal de narcóticos “no (tenía) mayor
    importancia en Cuba”, aunque en privado Eduardo Palacios Planas,
    comisionado de Drogas, reconocía el nivel de narcóticos y la poca
    colaboración del gobierno cubano para combatirlo.

    Para el embajador norteamericano Spruille Braden, la tolerancia con el
    consumo y tráfico de drogas era parte de un ambiente generalizado de
    corrupción: “…los manejos ilícitos y la corrupción en todas sus formas
    son ampliamente dominantes en Cuba e involucran a funcionarios de alto y
    bajo nivel. Incluso aquellos en los círculos inmediatos al presidente
    (y) algunos miembros del gabinete (…) tienen un interés directo en las
    ganancias que se obtienen de esas prácticas (…) En el presente, varios
    funcionarios cubanos prominentes mantienen estrecho contacto con
    aquellos que se sabe están comprometidos con el tráfico de drogas, y hay
    razón para creer que algunos de esos funcionarios obtienen ingresos del
    tráfico clandestino de drogas y de actividades ilegales asociadas”.

    Para el historiador Jules R. Benjamín, la corrupción en Cuba era el
    resultado de la combinación “de la herencia colonial (hispánica) en la
    política cubana”, “la creciente corriente de dólares” proveniente del
    gobierno norteamericano a través de los programas de Lend Lease durante
    la Segunda Guerra Mundial y el precio favorable del azúcar en los
    mercados internacionales.

    Por su parte, Louis A. Pérez afirma: “La Segunda Guerra Mundial creó
    nuevas oportunidades para el desarrollo económico cubano, sin embargo,
    pocas de ellas fueron hechas realidad (…) Los fondos fueron utilizados
    irracionalmente. La corrupción y los malos manejos incrementaron y
    contribuyeron en buena medida a las oportunidades perdidas como la mala
    administración y los cálculos erróneos”.

    De todas formas, anotaríamos que la corrupción aumentó en todo el
    continente durante la Segunda Guerra Mundial y los primeros años de la
    posguerra: los controles de precio, los racionamientos, los préstamos y
    programas del Export-Import Bank y del Lend-Lease, las listas negras
    contra empresarios provenientes de los países del Eje, el nepotismo, la
    rotación sin controles entre el sector público y el privado, el
    aprovechamiento de los planes de fomento y de la protección a sectores
    de grupos económicos determinados en detrimento de otros grupos y la
    sociedad en general.

    Un reporte del grupo antinarcóticos de la Policía Secreta de Cuba
    informó sobre el arresto de 353 individuos durante 1946. La mayoría de
    las personas arrestadas eran drogadictos (quienes eran enviados al
    Lazareto en el Mariel) y pequeños vendedores, “peces chicos”. Además, la
    casi totalidad de los arrestos y los decomisos tenían que ver con
    marihuana y opio. En el caso de la marihuana, los expendedores y
    consumidores se repartían más o menos por igual entre blancos y personas
    de color (negros y mulatos). Entre los adictos al opio y sus derivados,
    unas tres cuartas partes eran de origen chino. En cuanto a la cocaína,
    la droga de preferencia de consumidores más pudientes, sólo se decomisó
    durante el año un gramo en manos de un vendedor negro.

    Los reportes presentados por Cuba al Consejo Económico y Social de las
    Naciones Unidas también daban cuenta de en casos de
    marihuana entre las clases bajas. Por ejemplo, el reporte para 1946
    señalaba que durante dicho año se habían perseguido 45 casos de drogas
    en Cuba, de los cuales 33 eran por marihuana y 12 por drogas “no
    especificadas”.

    De todas formas, el caso de la estadía del mafioso Lucky Luciano en La
    Habana a finales de 1946 y comienzos de 1947 marcó un punto de conflicto
    en la política de narcóticos entre Estados Unidos y Cuba, como veremos
    en la siguiente sección.

    Luciano era el hombre

    En 1936, Salvatore Lucania, conocido como Lucky Luciano, nacido en
    Sicilia en 1897 y radicado en Estados Unidos desde 1906, fue condenado a
    una sentencia de 30 a 50 años por trata de blancas. Thomas E. Dewey,
    como fiscal, fue quien logró su condena. A comienzos de 1946, el mismo
    Dewey, como gobernador del estado de Nueva York, conmutó la pena con la
    condición de que Luciano fuese deportado inmediatamente a Italia.
    Luciano recibió el beneficio por haber colaborado con las Fuerzas
    Armadas de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial a través de
    sus contactos con el bajo mundo.

    Después de la expulsión de Luciano de Estados Unidos había todo tipo de
    rumores sobre que él quería regresar a algún punto del Hemisferio
    Occidental para coordinar sus negocios en Norteamérica. Se mencionaban
    países como Cuba y México, e incluso se decía que había conseguido un
    pasaporte argentino y se encontraba en Buenos Aires.

    Los norteamericanos avisaron a diversas autoridades cubanas sobre las
    posibles intenciones de Luciano para radicarse en Cuba. Sin embargo,
    Luciano entró tranquilamente, realizando varias etapas en su viaje y
    llegando por avión a Camagüey en octubre de 1946. Aunque los
    diplomáticos norteamericanos informaron sobre su presencia en diciembre,
    las autoridades cubanas únicamente tomaron cartas en el asunto cuando
    Luciano fue visto en el Hipódromo de La Habana en febrero de 1947.

    Las presiones norteamericanas sobre el gobierno cubano para que
    expulsara a Luciano de la Isla se dieron casi de inmediato. Harry J.
    Anslinger, entonces director del Buró Federal de Narcóticos, ordenó un
    embargo sobre la exportación de narcóticos legales con fines médicos a
    Cuba, argumentando que la organización de Luciano podría apoderarse de
    estos e introducirlos en el mercado ilegal. Anslinger condicionó el fin
    del embargo a que Cuba expulsase a Luciano.

    Luciano se daba la gran vida en La Habana en compañía de una joven
    heredera neoyorquina con quien frecuentaba el Hipódromo y el Casino
    Nacional. Además, se codeaba con políticos cubanos y con celebridades de
    la farándula norteamericana que visitaban Cuba, como Frank Sinatra.

    Luciano había conseguido el estatus de residente en Cuba gracias a las
    influencias del diputado Indalecio Pertierra, gerente del Jockey Club.
    También socializaba con los senadores Francisco Prío Socarrás (hermano
    del presidente Carlos Prío Socarrás) y Eduardo Suárez Rivas (quien había
    sido presidente del Senado en 1944 y 1945), y con Paulina Alsina, viuda
    de Grau, cuñada del presidente Ramón Grau San Martín y quien oficiaba
    como Primera Dama.

    Como lugar de residencia, Luciano tomó en alquiler una casa en el lujoso
    distrito de Miramar. Según un agente antinarcóticos norteamericano, la
    casa pertenecía al general Genovevo Pérez Damera, jefe del Estado Mayor.
    Luciano se asoció a Pertierra, Suárez Rivas, Manuel Quevedo (un antiguo
    coronel del ejército cubano, ex gerente de Cubana de Aviación) y Antonio
    Arias, para organizar Aerovías Q.

    La compañía empezó a volar entre La Habana y Key West, en la Florida, y
    el general Pérez Damera se aseguró de que sus aviones aterrizasen en el
    aeropuerto militar de Columbia, en las afueras de La Habana, para así
    evadir los controles de inmigración y aduanas. Además, la compañía
    gozaba de exenciones tributarias concedidas por el gobierno.

    Después de un fallido intento de asesinato de Luciano a finales de
    diciembre de 1946, Pertierra consiguió que la policía del Palacio
    Presidencial le asignara dos guardaespaldas. Tantas conexiones
    permitieron a Luciano traer una decena de gángsteres norteamericanos
    para ayudarle a manejar sus intereses en el Casino Nacional, igualmente
    mantenía frecuentes relaciones con Meyer Lansky, su amigo y socio de
    vieja data.

    Un par de días antes de la Navidad de 1946, Luciano presidió una reunión
    del “Quién es Quién” en la mafia norteamericana, en el lujoso Hotel
    Nacional de La Habana. En esta singular cumbre se discutieron temas
    relacionados con las inversiones y repartición de las ganancias en los
    casinos de Estados Unidos y Cuba.

    Después del embargo de drogas para uso medicinal impuesto por Anslinger,
    Guillermo Bell, embajador de Cuba en Washington, le manifestó al
    secretario de Estado, general George Marshall, la molestia del gobierno
    cubano, especialmente por las declaraciones de Anslinger a la prensa. De
    todas formas, se comprometió a deportar a Luciano en cuestión de días,
    así dicho proceso tomase normalmente mes y medio. El presidente Grau y
    su ministro Prío Socarrás firmaron un decreto que señalaba que, dados
    los antecedentes de Luciano, lo declaraban “indeseable” y ordenaban su
    deportación a Italia.

    Declarado “extranjero indeseable”, Luciano permaneció detenido hasta que
    abandonó Cuba en marzo de 1947. Irónicamente, unas semanas antes, en el
    Bakir, carguero de bandera turca que transportó a Luciano hacia el
    exilio, habían encontrado seis kilos de opio cuando la embarcación llegó
    a Jersey City proveniente de Estambul.

    Una vez en Italia, Luciano se radicó en Nápoles, donde era una
    celebridad especialmente con los turistas y los marineros
    norteamericanos, hasta que falleció de un infarto cardiaco en enero de
    1962. Sus restos fueron finalmente enterrados en la cripta familiar de
    los Luciano en Nueva York, el país que siempre añoró y que consideraba
    su verdadero hogar.

    Durante años, el Buró Federal de Narcóticos trató infructuosamente de
    construir un caso contra Luciano sobre tráfico de drogas desde Europa.
    Frustrado, Anslinger se lamentó por no haber logrado una condena por las
    supuestas actividades delictivas de Luciano, y concluyó: “Él no (dejaba)
    rastro porque no (había) rastro. Pero sabemos que él (era) el hombre”.

    La pasión por el juego

    En su segundo gobierno, entre 1952 y 1958, Fulgencio Batista promovió el
    turismo y el juego en los casinos para no tener que depender
    exclusivamente del mercado del azúcar. El juego, a propósito, no fue
    llevado por los mafiosos norteamericanos a Cuba. Era una tradición
    española que se remontaba a la épocas de la Colonia. El juego era parte
    de la vida cubana. Un artículo publicado en El Papel Periódico de la
    Habana en diciembre de 1790 rezaba así:

    “No nos ha colocado en el mundo la Naturaleza para que juguemos, sino
    para vivir con seriedad y emplearnos en acciones graves e importantes
    (…) Debiera fijarse en todos los pueblos de la Isla, y hasta en todos
    los árboles de ella, para infundir terror a tanto aldeano que olvidado
    de la honrosa tarea de la agricultura, emplea los días y las noches en
    tan torpes ocupaciones como son las cartas y otros instrumentos de este
    vicio detestable”.

    En 1832 José Antonio Saco escribió sobre el juego: “No hay ciudad,
    pueblo ni rincón de la Isla de Cuba hasta donde no se haya difundido
    este cáncer devorador (…) Las casas de juego son la guarida de nuestros
    hombres ociosos, la escuela de corrupción para la juventud, el sepulcro
    de la fortuna de las familias, y el origen funesto de la mayor parte de
    los delitos que infectan la sociedad en que vivimos”.

    El escritor norteamericano Carletton Beals advirtió en 1933 que “el
    cubano exclusivamente adora al dios de la fortuna. Un jugador
    empedernido gastará hasta la última moneda en tickets de lotería (…) La
    propensión cubana para la diversión y el juego demuestra poca
    consideración por el día de mañana”.

    Una comisión de académicos norteamericanos, invitados por el gobierno
    cubano, señaló en un reporte a mediados de los años treinta que “el
    juego es un vicio extendido” entre todas las clases sociales y la compra
    de tickets de lotería desestimulaba la capacidad de ahorro de los cubanos.

    Una misión del Banco Mundial que visitó Cuba en 1950 y presentó un
    voluminoso informe sobre el desarrollo económico de la Isla, señalo que
    el juego iba contra el espíritu empresarial y la capacidad de ahorro del
    país:

    “El espíritu del juego en la economía distorsiona el espíritu de
    empresa. Es una de las razones de la escasez relativa de capital y de
    iniciativa empresarial en el desarrollo de nuevas industrias. Para el
    dueño del gran capital, lo que se puede ganar en el fluctuante e
    impredecible mercado del azúcar —casi comparable con la lotería— puede
    enseguida opacar todas las ganancias posibles de una empresa nueva que
    necesariamente tomaría mucho tiempo, trabajo y molestia…”.

    “Para el hombre pequeño —en una economía en la que las oportunidades de
    crecimiento en la industria y la promoción en el empleo parecen ser
    pocas— un ticket de lotería o cualquiera de los muchos juegos de apuesta
    que florecen en toda Cuba, puede parecer un uso más atractivo del dinero
    que el ahorro. Además de proveer emociones, parecen ofrecer una mayor
    esperanza de salir adelante que el proceso prosaico de ahorro constante,
    planeación y trabajo duro”.

    En 1959, unos meses después de la revolución cubana, el influyente
    intelectual e Historiador de la Ciudad de La Habana, Emilio Roig de
    Leuchsenring, escribiría en su libro Males y vicios de la Cuba
    Republicana, sus causas y remedios:

    “Desde los primeros tiempos coloniales hasta los presentes republicanos,
    el juego ha sido el vicio máximo característico y contumaz del cubano”.
    “Herencia directa de nuestros antepasados, los primeros españoles
    establecidos en la isla, el juego arraigó bien pronto entre nosotros”.
    “Esta viciosa afición tan violenta y extendida que bien puede llamarse
    la pasión dominante de los cubanos…”.

    En los años cincuenta había muchas quejas de los turistas
    norteamericanos de que los estafaban en los casinos. Batista llamó a
    Meyer Lansky, quien tenía relaciones de vieja data con los casinos en
    Cuba, para reformar la industria. Batista también instruyó a la policía
    para evitar las estafas a los turistas en los casinos.

    Curiosamente, años atrás, el mismo Eduardo Chibás, fundador del Partido
    Ortodoxo y crítico implacable de la corrupción, había defendido el
    fomento del turismo en Cuba “como la más importante y trascendental de
    cuantas empresas pudiera acometer nuestra patria para su definitiva
    liberación política —a través de su no menos definitiva redención
    económica—”.

    En forma similar a las quejas de los norteamericanos en Cuba, Chibás
    criticó a aquellos cubanos que “a ciencia y paciencia de nuestras
    autoridades se dedican a explotar y piratear a todo género de desafueros
    y violencia (…) explotan al (…) sin frenos ni sanciones (…) Es
    más perjudicial que el turista se constituya en detractor de Cuba, que
    dejar que se dirija a otras playas donde lo acojan y le brinden una
    hospitalidad más en consonancia con las normas de civilización”.

    En 1955 se abrió un casino en el Hotel Nacional, propiedad del gobierno,
    que puso a Lansky a manejarlo. El gobierno expidió una ley dando
    beneficios tributarios para la construcción de nuevos hoteles, y
    facilitando la instalación de casinos en los hoteles y clubes nocturnos.
    Lansky tomó ventaja de esta ley y empezó a construir en 1956 el
    hotel-casino Riviera, que fue inaugurado en diciembre de 1957.

    Entre 1952 y 1958 se abrieron 28 nuevos hoteles en Cuba. Pero contrario
    a lo que afirman escritores como Enrique Cirules, los mafiosos
    norteamericanos como Lansky, que se dedicaron al negocio de la hotelería
    y el juego durante los años cincuenta en Cuba, no estaban involucrados
    en el narcotráfico.

    Después de todo, los casinos eran legales, altamente rentables. Cirules
    no muestra prueba alguna para sustentar su argumentación. De hecho, en
    nuestra investigación no hemos encontrado ningún indicio serio que
    conecte a personajes como Lansky o el mismo Lucky Luciano con el tráfico
    de drogas en Cuba.

    La conexión andina

    Durante la Segunda Guerra Mundial y con la ocupación japonesa de las
    plantaciones de coca de los británicos y holandeses en Asia, aumentó la
    demanda de coca peruana. Al finalizar la guerra y con la reapertura de
    las fuentes de aprovisionamiento asiáticas, la demanda legal por hoja de
    coca peruana cayó de forma precipitada.

    Sin embargo, para ese entonces, Perú ya se había convertido en la
    primera fuente de cocaína ilegal en el Hemisferio Occidental. Los
    reportes señalaban el fuerte aumento en los decomisos de cocaína
    proveniente de Perú y transportada desde puertos peruanos y chilenos.

    Traficantes de diferentes nacionalidades, además de peruanos, traficaban
    desde Perú. Varios de ellos eran cubanos. La cocaína peruana era
    transportada en barco, pasaba a través del Canal de Panamá y llegaba a
    Cuba, tanto para el consumo de la droga en la Isla como para su
    reexportación hacia Estados Unidos.

    Anslinger se puso en contacto con el embajador peruano en Washington y
    logró que se cerraran las fábricas de cocaína legales en Perú. El
    tráfico ilegal cayó como resultado de la condena a varios traficantes
    importantes, entre los que estaba el grupo del peruano Eduardo Balarezo,
    ex marinero nacido en 1900 y radicado en Long Island. El grupo de
    Balarezo estaba compuesto principalmente por peruanos y chilenos,
    quienes llevaban la droga en vuelos comerciales o como marinos en los
    barcos de la Grace Line.

    Balarezo fue condenado a cinco años de cárcel en una prisión federal
    norteamericana. Seis de sus socios fueron también llevados a juicio. Una
    quincena de traficantes fueron arrestados en 1949. Entre 1950 y 1951 se
    arrestaron decenas de procesadores de cocaína en Perú, incluyendo
    aquellos que venían operando como empresarios legales durante años.

    Un artículo de la revista Bohemia de septiembre de 1950 mencionaba los
    lugares de consumo en Nueva York y cómo cubanos y puertorriqueños
    distribuyan la cocaína en una “complicada madeja (en) que se
    interconectaban Lima-La Habana-Nueva York”. La organización de Abelardo
    Martínez, El Teniente, y Octavio Jordán, El Cubano Loco, importaba las
    drogas a Cuba desde Perú, vía Panamá, y España, y las distribuía para el
    mercado de la Isla y para Norteamérica, a través de Nueva York y Miami.
    Meses después, El Teniente fue arrestado en Perú en compañía de otro
    traficante, después de haber adquirido dos kilos de cocaína.

    Tras la disminución del tráfico desde Perú, el contrabando de cocaína
    desde Bolivia aumentó considerablemente. Irónicamente, a comienzos del
    siglo XX, la cocaína consumida en Bolivia con fines medicinales era
    importada desde , Bélgica y Francia. Durante la primera mitad
    del siglo XX, Bolivia era un país productor de hoja de coca, mas no de
    cocaína procesada, y tanto los terratenientes bolivianos —productores
    legales de hoja de coca— como el gobierno enfatizaban esa diferencia y
    se resistían a atender las campañas para erradicar el cultivo de la
    Sociedad de las Naciones primero y de las Naciones Unidas después de la
    Segunda Guerra Mundial.

    Desde que se empezó a reprimir el tráfico de cocaína desde Perú, Bolivia
    pasó a suplir parte de la oferta. Así, por ejemplo, enviaban cocaína
    boliviana hacia Argentina. En octubre de 1951 se descubrió una banda que
    tenía un laboratorio en las afueras de La Paz. Varios de sus integrantes
    eran de origen sirio-libanés. A pesar de que semanas después se
    descubrió otro laboratorio relacionado con la misma banda en Cochabamba,
    los acusados en el primer allanamiento fueron liberados, ya que la ley
    boliviana no contemplaba los procedimientos punitivos para condenar el
    procesamiento de cocaína.

    El Teniente envió a La Paz, en abril de 1955, a otro cubano, Manuel
    Méndez Marfa, para pagar a Rames Harb la suma de 10.000 dólares por un
    cargamento de drogas. Harb tenía un laboratorio en La Paz y otro en
    Rurrenbaque, una población al norte de la capital, y contaba con la
    protección de Freddy Henrich, un alto oficial de la policía boliviana,
    quien a su vez hacía frecuentes viajes con cocaína a Arica, un puerto en
    el norte de Chile. Otro cubano, un tal Jorge Juan Lemes García, por
    ejemplo, fue arrestado ese año en Bolivia en posesión de cocaína lista
    para ser enviada a La Habana. Lemes enviaba la cocaína a Cuba a su
    asociado en La Habana Antonio Ledesma.

    Aparentemente, la droga era reenviada a Estados Unidos. Mario Spechar,
    otro traficante boliviano, le vendía droga a los cubanos. Según el
    Ministerio de Gobierno boliviano, los envíos de cocaína de Bolivia a
    Cuba llegaban a 30 kilos mensuales en 1958. Buena parte de esa cocaína
    era reexportada hacia Estados Unidos.

    Ecuador también tenía nexos con el tráfico orientado a Cuba y Estados
    Unidos. El cubano Jesús Moms, alias Orejitas, estaba asociado con El
    Teniente y viajaba entre Ecuador y Cuba llevando cocaína. Había campos
    cultivados con amapola en las provincias de Riobamba e Imbabura. En
    Guayaquil, Joffre Torbay, un químico de origen libanés, era uno de los
    principales narcotraficantes. Torbay estaba asociado a Méndez Marfa.

    Quito también se convirtió en un importante centro de procesamiento y
    tráfico de drogas. Un médico, Enrique Alarcón, era el principal
    traficante en Quito. Alarcón además le vendía armas a los políticos
    liberales colombianos que se encontraban enfrascados en los conflictos
    con el Partido Conservador durante los años cincuenta. A su vez, dos
    colombianos, Carlos Rodríguez Téllez y Guillermo Cadena, el primero de
    ellos bogotano y ex militar, compraban grandes cantidades de pasta de
    opio en Ecuador para procesarla en Colombia.

    Rodríguez Téllez y Cadena trabajaban para Guillermo Mesías, jefe de
    depósitos de la subsidiaria de los Laboratorios JGB en Pasto, una
    capital de provincia al sur de Colombia. Mesías tenía un asociado en
    Ipiales (población fronteriza entre Colombia y Ecuador), Alejandro
    Montenegro, un médico que también tenía una droguería. Guillermo Lozano,
    otro colombiano, quien sostenía ser abogado y exiliado político, era
    otro contrabandista de drogas entre Ecuador y Colombia. Otro ex capitán
    del ejército colombiano, un tal Quinteros (sic), era otro traficante
    entre los dos países, mientras que Luis Cortez, un ecuatoriano radicado
    en Quito, traficaba con Colombia y Perú.

    En 1953 el agente del Buró Federal de Narcóticos, George White, se hizo
    pasar por un comprador de drogas y ayudó a la policía ecuatoriana a
    capturar seis hombres y una mujer y a decomisar drogas evaluadas en
    medio millón de dólares en Quito.

    Contacto en Francia

    Durante buena parte del siglo XX, Marsella fue un centro de
    procesamiento y contrabando de derivados del opio. Además, era un puerto
    cosmopolita, visitado por buques y marinos de todo el mundo, y un centro
    de contrabando de todo tipo de artículos. Sus organizaciones criminales
    estaban dominadas por personas de origen corso.

    A su vez, buena parte de los opiáceos llegaban a Marsella provenientes
    de Beirut, otra ciudad cosmopolita y rica como La Habana. Los
    traficantes libaneses le vendían la base de morfina a los corsos de
    París y Marsella. La base era procesada del opio por parte de
    traficantes en Aleppo, Siria. A su vez, traficantes cubanos, algunos de
    origen cubano-libanés, también traficaban con opio y base de morfina
    provenientes de Turquía y Siria y que enviaban desde Beirut.

    Los corsos Paul Mondolini, Jean Batiste Croce y Josef A. Bistoni, y el
    francocanadiense Lucien Rivard, habían usado Nueva York, Montreal y
    Ciudad de México para el tráfico de heroína. Sin embargo, dada la
    presión de las autoridades de esas ciudades, empezaron a utilizar Cuba
    desde 1955.

    En la Isla tenían como centro de operaciones La Habana y Camagüey.
    Gracias a la presión de la Interpol, Croce y Bistoni fueron arrestados
    en la capital cubana en octubre de 1956 y deportados a Francia.
    Mondolini también estaba perseguido por la policía francesa por robo de
    joyas. A pesar de que sobornó a varias autoridades en Cuba y logró que
    un miembro del gabinete intercediera por él, Fulgencio Batista lo hizo
    deportar a Francia. Meses después, al dejar la prisión en Francia en
    julio de 1957, continuó realizando viajes a Cuba.

    En vísperas de la revolución

    Quiero presentar unos datos sobre condenados por narcotráfico y consumo
    de drogas en la Isla en vísperas de la revolución Cubana. En Cuba las
    penas por narcotráfico, aunque no tan severas como en Estados Unidos,
    eran más fuertes que en la mayoría de los países. En Gran Bretaña y
    Australia, por ejemplo, las penas eran de semanas, máximo unos cuantos
    meses, y en muchos casos se limitaban a una simple multa. El problema de
    la impunidad en Cuba estaba en las cortes, no en las leyes.

    A finales de los años cincuenta, tal y como había ocurrido en el pasado,
    las cortes cubanas condenaban los delitos por tráfico y consumo de
    drogas siguiendo criterios de clase social. Las personas juzgadas y
    encarceladas, a quienes no se les fijaba fianza, eran de origen humilde
    y generalmente condenados por tenencia o tráfico de marihuana.

    No encontramos casos de personas pudientes y condenadas por delitos
    relacionados con cocaína, por ejemplo. La lectura de unos treinta
    expedientes de los años cincuenta en el Archivo Nacional de Cuba muestra
    los siguientes resultados:

    Todos eran varones y eran enviados al Reclusorio Nacional para Hombres
    en la Isla de Pinos. Generalmente eran solteros y jóvenes, cinco de cada
    seis tenían entre 25 y 36 años de edad.

    Un 60 por ciento eran vecinos del área metropolitana de La Habana; cinco
    eran de Oriente, tres de Camagüey; dos de Matanzas y uno de Las Villas.
    Eran pobres, artesanos o jornaleros, con ocupaciones ocasionales.

    Casi la mitad eran clasificados como “mestizos” (mulatos básicamente),
    aunque un 25 por ciento eran blancos (incluido un español), los demás
    negros y un chino (los chinos habían sido el grupo étnico más perseguido
    por drogas en el pasado).

    El reducido número de extranjeros en esta muestra tiene que ver con que
    las grandes migraciones hacia Cuba habían terminado con la Gran
    Depresión de los años treinta.

    Siendo de origen cubano la gran mayoría de los condenados, tenían
    instrucción al menos básica (en esto tenía que ver los altos niveles de
    alfabetización en Cuba, incluso antes de la revolución), únicamente
    algunos convictos campesinos se declaraban como analfabetos.

    Algunos eran reincidentes y sólo en casos aislados el acusado había sido
    convicto por otros delitos, como violación y/o lesiones personales. Sus
    crímenes tenían que ver básicamente con estupefacientes y el único que
    se especificaba abiertamente era la marihuana.

    Panorama en 1959-1960

    Con la revolución desaparecieron el turismo masivo, los casinos y el
    narcotráfico en Cuba. El turismo y los casinos desaparecieron no por
    decreto, sino porque a medida que se agudizaron las confrontaciones
    entre Castro y el gobierno de Estados Unidos, los turistas
    norteamericanos empezaron a dirigirse a otros destinos (a pesar de que
    Castro hizo esfuerzos para no perderlos) y los hoteles sencillamente
    quebraron.

    En cuanto al narcotráfico, éste también desapareció, no sólo porque el
    nuevo gobierno se encargó de perseguirlo (en un comienzo trabajando de
    forma mancomunada con el Buró Federal de Narcóticos de Estados Unidos),
    sino también porque los empresarios privados, tanto grandes como
    pequeños, legales e ilegales, desaparecieron rápidamente.

    Ernesto Betancourt, representante de Castro en Estados Unidos, había
    declarado en abril de 1958 que una vez en el poder sacarían a los
    mafiosos de la Isla. Tan pronto triunfó la revolución, Castro prometió
    la protección de los negocios legítimos norteamericanos en Cuba, pero no
    los negocios de “esos gángsteres” dueños de casinos.

    Sin embargo, los primeros en protestar por el posible cierre de los
    casinos fueron los trabajadores de los hoteles y cabarés, ya que los
    ingresos provenientes de los lugares de juego pagaban sus salarios.
    Charles Baron, vicepresidente ejecutivo del Hotel Riviera, advirtió que
    si se cerraban los casinos no era rentable operar los hoteles de lujo.

    El 10 de enero de 1959 Castro envió un mensaje a los turistas y empresas
    norteamericanas. Este mensaje, reproducido en la primera pagina de The
    Havana Post, decía:

    “Quiero invitar a los turistas y a los hombres de negocios
    norteamericanos a regresar a Cuba con la seguridad de que ellos serán
    bienvenidos por todas las ciudades de nuestro país. Hemos regresado a la
    normalidad en Cuba, en una Cuba en la que hay libertad, paz y orden, una
    tierra hermosa de gente feliz. Nuestros hoteles, comercios y oficinas
    están abiertos y queremos que nuestros amigos de los Estados Unidos
    vengan y vean esta hermosa tierra de Cuba que puede ser contada como uno
    de los países donde la libertad y la democracia son una realidad”.

    El primer ministro José Miró Cardona declaró por televisión el 16 de
    enero: “El criterio del gobierno es absolutamente contrario al
    restablecimiento del juego en ninguna de sus formas y ese pensamiento no
    será modificado”. Pero el mismo Castro desautorizó a Miró Cardona al día
    siguiente.

    La Comisión de Turismo de Cuba fue reorganizada y se empeñó en una
    campaña para estimular el turismo en la Isla. El 6 de febrero Castro
    anunció que aunque se oponía a los casinos, estos continuarían abiertos
    para mantener los empleos. Castro permitió el juego en cuatro hoteles y
    en dos clubes nocturnos. Irónicamente, el gobierno tuvo que seguir
    trabajando con los mafiosos norteamericanos en la administración de los
    casinos y hoteles.

    En abril de 1959, Castro declaró en una conferencia de prensa en Nueva
    York que su gobierno quería hacer del turismo la principal industria de
    Cuba. Su idea era traer entre dos y tres millones de turistas anuales.
    En julio de 1959 Castro anunció que durante los cuatro años siguentes el
    gobierno gastaría 200 millones de dólares para estimular el turismo. El
    gobierno realizó esfuerzos para seguir atrayendo turistas
    norteamericanos, incluso insistiéndole a la Sociedad Norteamericana de
    Agentes de Viajes, ASTA, para que no cancelase su reunión anual, que
    tuvo lugar en La Habana en octubre de 1959.

    La convención fue inaugurada por el mismo Castro en el gigantesco teatro
    Blanquita. Esa noche Castro asistió a una cena en el Capitolio ofrecida
    por el presidente Osvaldo Dorticós a unos 2.000 delegados de ASTA.
    Castro fue muy amable con los delegados y firmó autógrafos durante hora
    y media. Raúl Castro también asistió y compartió la mesa con el
    embajador norteamericano Philip Bonsal. El Departamento de Relaciones
    Públicas del Ministerio de Estado elaboró un folleto dirigido a los
    visitantes.

    Sin embargo, los eventos de esos días (los disparos de las baterías
    antiaéreas contra el ex comandante de la Fuerza Aérea revolucionaria que
    se había asilado en Estados Unidos y quien lanzó volantes contra el
    gobierno desde un avión, la renuncia y captura del comandante
    revolucionario Huber Matos en Camagüey, ordenada por Castro, quien se
    dirigió a Camagüey para acusarlo de supuesta traición) contrarrestaron
    los encantos de Castro ante los delegados de ASTA. Según Bonsal, “cuando
    los agentes de viaje partían, escasamente estaban con un ánimo optimista
    en cuanto a reservaciones futuras. Se fueron convencidos de que promover
    el turismo norteamericano a Cuba sería una pérdida de tiempo”.

    Para 1960, el turismo norteamericano había prácticamente desaparecido de
    la Isla. De ahí que el gobierno cubano buscase formas de estimular el
    turismo latinoamericano y auspició el tercer Congreso de Organizaciones
    Turísticas de la América Latina (COTAL), en La Habana en abril de 1960.
    Seiscientos representantes de 18 naciones recibieron la bienvenida del
    presidente Dorticós en el mismo teatro que había acogido a los delegados
    de ASTA seis meses antes. Además de las actividades en La Habana, los
    visitantes realizaron excursiones al interior de Cuba para conocer los
    centros de atracción turística levantados por la revolución.

    Cuando Anslinger reclamó la deportación de los mafiosos que
    administraban los casinos en Cuba y señaló que estos eran responsables
    por el tráfico de drogas de Cuba hacia Estados Unidos, Castro le pidió
    una lista y le afirmó que estaba dispuesto no sólo a deportarlos sino
    también a fusilarlos.

    En junio de 1959, el mafioso norteamericano Santo Trafficante, dueño de
    los hoteles Capri y Comodoro y del casino Sans Souci, fue arrestado.
    Curiosamente, y debido a su apellido, algunos sostenían que tenía que
    ser narcotraficante, pero después de dos meses fue deportado y enviado a
    Estados Unidos.

    El Hotel Capri no fue confiscado por el gobierno de forma arbitraria,
    incluso en abril de 1959 recibió una línea de crédito —ampliada en
    octubre de ese mismo ano— por parte de la banca de fomento estatal. La
    compañía no pudo pagar dada la caída del turismo y el hotel, sus locales
    comerciales y el casino pasaron a manos del Estado.

    Durante 1959, el Hotel Riviera también tuvo pérdidas considerables. Sólo
    en noviembre de 1959 las pérdidas totalizaron casi 800.000 dólares.
    Finalmente, el hotel fue nacionalizado en octubre de 1960, cuando el
    gobierno cubano expropió un sinnúmero de empresas norteamericanas.

    En cuanto a los narcotraficantes de antes de la revolución, algunos
    cubanos reiniciaron sus negocios en países latinoamericanos, incluido
    México, donde ya tenían sus redes. Los corsos escogieron Sudamérica,
    principalmente Argentina. Y redes de cubanos, no necesariamente los
    mismos que traficaban en los años cincuenta, desarrollaron nuevas redes
    en Miami durante la primera mitad de los sesenta y se asociaron o
    compitieron con colombianos desde finales de esa década. Pero esas son
    otras historias, y parte de otro estudio.

    * Conferencia impartida por el Dr. Eduardo Sáenz Rovner, profesor
    titular de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional
    de Colombia, el 17 de marzo de 2004, en el Instituto de Investigaciones
    Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México.

    URL:
    http://www.cubaencuentro.com/es/encuentro_en_la_red/cuba/historias_de_fondo/el_papel_de_cuba_en_el_narcotrafico/(gnews)/1151294400

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