Prostitution in Cuba
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    Dondeestán los negros en Cuba?

    ¿Dónde están los negros en Cuba?

    Luis Cino

    LA HABANA (CubaNet).— Dicen que en Cuba no hay racismo. El socialismo lo
    eliminó de un plumazo: otro de los logros de la revolución.

    Ese es un asunto que no se discute. Menos aún entre cubanos blancos. Un
    escobazo ocultó bajo la cama el polvo que había en el piso. Desde la
    Independencia, los cubanos nos hemos negado testarudamente a aceptar la
    existencia del problema racial.

    En la bola negra que alguien impuso a Fulgencio Batista para vetar su
    ingreso al Miramar Yacht Club, más que su origen de clase y su
    ilegitimidad como presidente de facto, pesó el color de su piel. La tez
    rubicunda del falso Mesías que lo derrocó pareció una bendición del
    cielo a la burguesía criolla.

    Al triunfo de la revolución, exclusivas playas y hoteles segregados
    fueron eliminados. Nicolás Guillén cantaba en su poema Tengo:

    Tengo, vamos a ver

    Que siendo un negro

    Nadie me puede detener

    A la puerta de un dancing o de un bar.

    En los primeros años era inconcebible que un negro fuera desafecto al
    régimen revolucionario. La revolución había “bajado a los negros de los
    árboles y les había cortado la cola”. Así como lo oye. La frase se
    repitió hasta la saciedad. No se sabe quién la acuñó. No fue el
    Comandante en Jefe. No por anónima dejó de ser reiterada, como si para
    los negros no existieran opciones que no pasaran por el marxismo leninismo.

    ¿Les digo la verdad? En Cuba, la discriminación racial no se acabó.
    Pregunte a los negros si no lo cree.

    El racismo siempre ha estado prendido a la vida cubana. Como una mala
    hierba. Bien arraigado en los prejuicios. Acuñado en estereotipos
    comunes del imaginario colectivo.

    Los negros sólo sirven para la música y los deportes. Fuera de ahí,
    búsquelos en juergas, borracheras y rumbantelas. Son vagos,
    escandalosos, incompetentes y ladrones.

    Además del deporte y la música, para algo tenían que servir. Hay toda
    una mitología sexual en torno a ellos. Las negras son calientes. Los
    negros son desmesurados atletas eróticos.

    De la famosa película Fresa y chocolate transcribo un bocadillo que no
    tiene desperdicio. Lo dice Diego, el protagonista gay, a David.
    Escuchando a María Callas, toman té hindú en tazas de porcelana de
    Sevres que una vez pertenecieron a la familia Loynaz del Castillo:

    “¿Racista yo? ¡Niño! Yo sé muy bien lo que vale un negro. Pero no son
    para tomar té. Es una lástima. Das un pestañazo y zas, desapareció el
    negro y la porcelana de Sevres”.

    Elementos de origen africano han devenido en símbolos de la
    nacionalidad: la música, los bailes, expresiones del habla popular, los
    cultos sincréticos.

    Los jerarcas culturales descubrieron el filón. Para ellos, los negros
    eran poco más que folclor y brujería. Ahora los convirtieron en carnada
    para atraer turistas. Sus dólares salvarían al comunismo cubano. Para
    ello, inventaron los diplobabalaos, los collares de santería sin ache y
    las letras del año de utilería de la Asociación Cultural Yoruba.

    Negros y mulatos conforman, según cifras oficiales, el 63 por ciento de
    la población cubana. Los no blancos pueden ser muchos más. En el censo
    nacional de población, a los cubanos les es posible escoger su raza. Los
    que no tienen pronunciados rasgos negroides suelen declararse blancos.

    El abigarrado mestizaje cubano crea una amplia categoría intermedia de
    personas que no son blancas ni negras. “Pasan por blancos”. Su identidad
    racial neutralizada promueve la discriminación a la vez que niega su
    existencia.

    En la Cuba para turistas, apartando los ojos del escenario y la pista de
    baile, uno pudiera acabar preguntándose donde están los negros.

    No los busque en los puestos vinculados al turismo o a las corporaciones
    con capital extranjero. En ellos se exige “buena presencia”, al parecer,
    casi según los patrones hollywoodenses de los años cuarenta.

    Tampoco están en las altas esferas de poder. El 85 por ciento de los
    miembros del Politburó son blancos. Entre los demás dirigentes del
    Estado y el partido los negros y mulatos se pueden contar con los dedos.
    Son las excepciones que confirman la regla.

    En el cine y la televisión, raramente los negros son protagonistas.
    Ellos tienen reservados los papeles de esclavos.

    Sin embargo, son la mayoría de la población penal en las más de 200
    prisiones diseminadas por el país.

    Históricamente, ha sido un aberrante círculo vicioso. Los negros han
    sido relegados. Les han negado oportunidades. Las estrategias de
    supervivencia de los más desafortunados han sido interpretadas como
    pruebas adicionales de su pretendida inferioridad. Se creó el axioma de
    su supuesta propensión a delinquir.

    Despiertan la suspicacia de las rondas policiales. Son las principales
    víctimas de redadas y operativos de la PNR. “Es como si no hubiera
    jineteras blancas. Como si los blancos no robaran ni fumaran marihuana”,
    me dijo un desolado amigo rasta de Mantilla que ha optado por encerrarse
    en su casa a oír reggae. Él sabe de registros en la vía pública, de
    calabozos y de actas de peligrosidad.

    En Cuba, no hable con los blancos (o los que lo parezcan) de
    discriminación racial. Los hará sentir incómodos. Le dirán que el
    racismo no es un problema aquí. No faltará quien le diga que hablar de
    eso trae divisiones que sólo benefician al enemigo imperialista.

    Si quiere saber, recorra las calles habaneras. Hágalo sin ideas
    preconcebidas ni aires de solidaridad tercermundista. Siéntese en la
    esquina, entre en los solares. Tal vez así descubra dónde están los negros.

    El autor es periodista cubano independiente

    http://www.laprensa.com.ni/opinion/opinion-20060131-01.html

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