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    CUBA CASI POSTCASTRISTA: LOS PERROS LADRAN PORQUE TIENEN MIEDO

    CUBA CASI POSTCASTRISTA: LOS PERROS LADRAN PORQUE TIENEN MIEDO

    Por Eugenio Yáñez *
    Colaboración
    Miami
    Florida
    E.U.
    La Nueva Cuba
    Enero 6, 2005

    Si ya es bastante lamentable para todos los cubanos, de aquí y de allá, haber padecido cuarenta y siete años de férrea dictadura, el colofón más trágico que pudiera traernos el porvenir sería que personajes con criterios como el canciller Felipe Pérez Roque, o la ?intelectualidad? de una izquierda internacional anquilosada, fueran los determinantes en el diseño de la sociedad del futuro en nuestra Patria.
    Si la enclenque legitimidad del dictador para mantenerse medio siglo en el poder sin tener en cuenta la opinión de la mayoría de la población, nunca expresada en elecciones libres y transparentes, se basa en una autoridad moral que tuvo alguna vez al capitalizar en su persona el emblema de la lucha contra la tiranía, y que perdió desde el momento en que transformó los objetivos de esa lucha popular en una obsesión por el poder absoluto, la autoridad que pudiera emanar de adláteres y amanuenses designados a cargos públicos en función del servilismo y la pusilanimidad, es simplemente inexistente.
    Para nadie es un secreto que el dictador no es eterno, y que a pesar del PPG, mariscos y esteroides, ya sus avanzados 79 años de edad y su estado de salud acercan cada día más el momento en que la barca venga a recoger sus restos, que tal vez por algún tiempo quizá estén en mausoleos de gloria hasta su destino final en el estercolero de la historia.
    Los planes de sucesión, si los hubiera, son tan confiables y exactos como los de producir diez millones de toneladas de azúcar, o más leche de vaca por unidad de tierra que Estados Unidos, o crear una potencia médica, o ingresar miles de millones de dólares exportando los productos de la biotecnología.
    Si el futuro ?sucedido? deliró de esa manera, el sucesor designado tiene visiones tan geniales como en 1960 sobre los que abandonaban el país: ?que se vayan los cobardes, los que no tienen fe? pidiendo perdón los veremos a las puertas de nuestras embajadas?; y sus delirios pueden ser muy ?tremens? tomando en consideración lo que se comenta en Cuba y el exterior sobre su excesiva afición etílica.
    Con la salud demasiado deteriorada, cerca de 75 años de edad, y Hugo Chávez aspirando a indiscutido líder continental, con la economía del país en ruinas, toda la población desencantada, y una nomenclatura demasiado interesada en salvar pellejo y migajas para preocuparse por algo más, el sucesor designado no parece muy dispuesto a echarse sobre los hombros la tarea de recoger la antorcha y transitar la próxima etapa, y si no le queda más remedio que hacerlo será temporalmente, como capitán del buque que se hunde, que desea que se puedan utilizar los botes salvavidas, pero que sabe que no puede impedir el naufragio.
    Los gritos de Pérez Roque, Hassan Pérez y compañía a preservar el legado, no son tambores de guerra revolucionaria, sino súplicas de plañideras que saben que no caben dentro del verdadero círculo del poder inmediato postcastrista, y quieren otra cosa para proteger sus posiciones. Y es que ese círculo cerrado de poder inmediato que ya es, inventando la palabra, ?pre-postcastrista?, viste de verde-olivo, porta varias estrellas en los hombros, acumula expedientes y combates de tres o cuatro décadas, y tal vez no les gusten estos nuevos ?cuadros? de ascenso meteórico ni para ordenanzas o choferes.
    En realidad, a pesar de apariencias, gritos y bravuconadas, del avance de la izquierda en América Latina y las fábulas numéricas de la economía y estadística gubernamental, toda la nomenclatura sabe que tras la muerte del déspota viene tarde o temprano el caos y el derrumbe del castillo de naipes, y muchos están sobrecogidos: casi todos los dispuestos a ordenar que los tanques masacren cubanos carecen de la autoridad necesaria para ser obedecidos; del otro lado, muchos de los que tienen poder para desatar los perros de la guerra no están dispuestos a hacerlo a las órdenes de un Pérez cualquiera, aunque sea un Pérez Roque.
    Como hubiera dicho Lenin, quien ya no es citado ni por los comunistas, si los de arriba no pueden y los de abajo no quieren, entonces en Cuba hay lo que se llama una situación revolucionaria. Situación que, como en la legendaria fiesta cubana de El Guatao, tal vez alguien sepa como empieza, pero ¿quién sabe como acaba?
    La dictadura castrista ha sido sui-géneris, única, irrepetible. Si Castro hubiera necesitado del Vaticano para perpetuarse en el poder hubiera convertido en monaguillos y monjas a todos los cubanos. Como necesitó de los soviéticos quiso convertirlos en comunistas domesticados, lectores de Sholojov y adoradores de Pushkin, como ahora no le preocupó convertirlos en sirvientes de turistas, jineteras y siervos de inversionistas mercachifles.
    El totalitarismo castrista tiene el triste honor de ser mucho más sutil y sofisticado que el europeo o asiático. Stalin y Caesescu se apoyaban en la fuerza bruta porque no tenían las dotes personales de liderazgo que caracterizan a Fidel Castro, quien en realidad nunca ha sido un comunista clásico.
    A pesar de su solemne auto-proclamación de marxista-leninista y de su leyenda de revolucionario, su sistema de poder combina los modelos totalitarios del comunismo con fuertes dosis de personalidad autoritaria, que recuerdan a Franco o Mussolinni mucho más que a Lenin o Mao. Como el fascista italiano, buscó en guerras africanas victorias que no le eran posibles en su continente, y no logró obtenerlas. Como el caudillo español, creó un movimiento político para ponerlo a su propio servicio, sometió a todo el país bajo su regla y se aferra al trono hasta la muerte natural, pero a diferencia del falangista, y gracias al apoyo soviético en recursos, armamentos y dinero, no quiso ni necesitó sentar las bases de un serio desarrollo económico del país.
    Castro nunca fue el oscuro dirigente comunista de turno en Europa oriental, con traje gris y sombrero, mirando hacia Moscú en busca de la seña del día o la sonrisa bolchevique, sino un líder de extraordinario carisma e impactante personalidad, pragmático y sutil, que ha sabido jugar el juego del poder absoluto durante cuarenta y siete años y pasar por muy difíciles situaciones sin ceder un ápice en su concepción absolutista.
    Soportó más de diez años de casi absoluto aislamiento en el continente americano sin dejar de enviar guerrilleros a todos los países de América Latina. Se las ingenió para llegar a presidir el Movimiento de los No Alineados y reunir en La Habana decenas de líderes tercermundistas mientras sus Fuerzas Armadas combatían en Angola y Etiopía.
    En dos ocasiones creó serios problemas a Estados Unidos con las emigraciones masivas de 1980 por Mariel y de balseros en 1994, trasladando a su adversario lo que hubiera sido la explosión de la caldera en su país.
    Arriesgó la sede de la Cumbre Iberoamericana antes que permitir que cuatro disidentes declararan que la patria puede ser de todos y no solo del Comandante en Jefe y su Partido.
    Discute en público sobre base ball o boxeo con la misma intensidad que sobre ingeniería genética y resonancia magnética nuclear; no importa si en realidad sabe lo que dice o se lo imagina: es capaz de convencer a muchos con su interminable verborrea, y de agotar a todos.
    Hace como si escuchara con atención a los prestigiosos líderes de muchas naciones que le aconsejan cambiar y abrirse a las nuevas realidades: les responde con su peculiar código de parecer que promete y protegerse con la negación plausible, y sigue haciendo lo que le parece.
    Para el Comandante en Jefe no hay sentido del límite o la ética en lo referente al poder. No le interesa el ?team-work?: no utiliza colaboradores, sino simples asistentes que corren con prontitud a transmitir sus órdenes y asienten dócilmente ante cada frase del ?Máximo Líder?. No pueden mostrar capacidad, creatividad o iniciativa sin arriesgarse a ser sustituidos de inmediato o tener un final más triste o peligroso.
    El poder del autócrata es unipersonal, absoluto y total: no se comparte ni en migajas. Y es omnipresente y total: decisiones sobre el monto de la deuda externa, comprometer tropas en misiones ?internacionalistas?, la asignación de recursos para la salud pública, donde sembrar matas de plátanos o café, quién puede integrar o no un equipo deportivo, como se distribuyen las bicicletas o las ollas de presión?
    No importan el Partido, el gobierno, los planes de la economía, las leyes o los presupuestos. Lo que se oponga a su voluntad y su decisión se modifica, se elimina, o simplemente se ignora. Y todo debe llevar su impronta personal, que es lo mismo que decir la de la patria y la revolución, pues todo se ve y se presenta como la misma cosa.
    Este no es el totalitarismo aburrido de Gomulka o el inmovilismo inútil de Chernenko. Castro lo mismo concentra cientos de miles de cubanos en la Plaza de la Revolución para homenajear a Leonid Brezhnev que al Papa Juan Pablo II. Decenas de miles de cubanos se aglomeran en las calles habaneras para recibir lo mismo a un Primer Ministro electo democráticamente en Suecia, España o Canadá, que a un sanguinario dictador irakí o etíope.
    Esto es completamente diferente al comunismo clásico o al totalitarismo conocido en el mundo comunista: es castrismo puro y duro, exclusivo, incomparable. Es la revolución del castrismo, por el castrismo y para el castrismo. No hay otra palabra para definirlo: es simplemente castrismo y nada más que castrismo.
    Y ?cuando al fin la parca levante sus alas negras?, ¿quién y como fotocopiar el modelo, el estilo, la exclusividad?
    No hay manera de mantener esa mano de hierro sin ese carisma y esa obsesión por el poder, capaz de destruir la nación como lo ha hecho por su ambición y su megalomanía. No hay manera de evitar el derrumbe de la falacia revolucionaria.
    Las tres condiciones que plantea Felipe Pérez Roque para garantizar la continuidad son precisamente tres de las condiciones fundamentales que han llevado a Cuba al desastre en estos cuarenta y siete años. La segunda parte de este artículo analizará esas condiciones.
    El sucesor, quienquiera que sea, tiene dos caminos: el suicidio o la apertura, aún contra su voluntad. Como ningún posible sucesor de Fidel Castro en Cuba es un fundamentalista musulmán, el suicidio se descarta.
    Queda la apertura. No inmediata, por supuesto: primero hay que asegurar la retirada, la piñata, y garantizar alguna forma de impunidad. Es tarea del sucesor: no será una actitud digna, moral ni patriótica, por supuesto, pero no se puede esperar otra cosa del sucesor. Y aunque no nos guste, realmente no resulta fácil impedirlo.
    El camino de Cuba hacia la luz debe corresponder abrirlo al sucesor del sucesor, quien no necesitará esperar a la muerte del primer sucesor para reemplazarlo, tal vez hasta ?por motivos de salud? o de manera ?amistosa?, pues éste ya no será un ?máximo líder? sino un dirigente en funciones.
    ¿En qué plazo ocurrirán estos posibles escenarios tras la muerte del tirano en Cuba? Difícil saberlo. No será en dos semanas, pero tampoco en dos años, porque las presiones internas y externas serán, para decirlo con una frase cubana, ?demasiado para un solo corazón?.
    El salto brusco de la oscuridad absoluta de la dictadura a las luces de la democracia total en Cuba podría dañar demasiadas pupilas, y si fracasa ese intento vuelve el peligro del caudillo providencial.
    Nuestro camino hacia la democracia es inevitable, pero es posible que entre la dictadura absoluta y la democracia total en una Cuba libre haya que pasar inevitablemente por un período de ?dictablanda?.

    * Eugenio Yáñez es analista, economista y un especialista en la realidad cubana. Ha publicado varios libros y junto a Juan Benemelis es autor de “Secreto de Estado. Las primeras doce horas tras la muerte de Fidel Castro” (Benya Publishers, Miami, mayo de 2005).

     
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