Prostitution in Cuba
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    Sobre las buenas malas costumbres (I)

    SOCIEDAD
    Sobre las buenas malas costumbres (I)
    Raúl Soroa

    LA HABANA. Cuba – Octubre (www.cubanet.org) – La plaza Ignacio Agramonte de la de La Habana es un sitio muy agradable. Hacía mucho tiempo, desde los años 80, que no disfrutaba de la sombra de sus árboles. Siempre siento algo extraño en este lugar. ¿Será que aquí se respira aún el hálito de aquella rebeldía estudiantil que convirtió a este paraje en hervidero de ideas, en fuente de energía renovadora de nuestra República?

    Buenas y malas cosas pasaron en este sitio. Lugar de partida para la protesta escalinata abajo contra la dictadura de Batista, de reuniones conspirativas, área de práctica de milicias, de vergonzosos mítines de repudio, de actos revolucionarios.

    Un grupo de jóvenes discute de béisbol, otros se burlan de un profesor mediocre, una joven lee un libro, acostada sobre uno de los bancos. Cerca de mí hay tres muchachos. No pasan de los 20 años. Discuten el alta voz, muy a lo cubano. Cualquier forastero que los vea desde lejos acalorarse creería que están a punto de irse a las manos. Nada más lejos de eso.

    Uno de ellos, un chico alto y desgarbado, afirma categóricamente que no hay nada que valga más que un millón de dólares, que por un millón de dólares está dispuesto a cualquier cosa. Otro hace mención de una película que vio donde un millonario le ofrece un millón de dólares a un tipo para que le deje acostarse con su mujer. “¡Un millón, asere!”, exclama, llevándose las manos a la cabeza. “Por un millón yo le doy a mi madre para se acueste con ella!”

    El tercero del grupo permanece callado. Espero, casi deseo, que este tercero diga que no, que hay cosas que valen más que un millón de dólares. Pero no, se suma a la opinión del resto, y dice muy seguro que por un millón de dólares él mata a cualquiera, que se acueste con su mujer no una vez, que él se la da para siempre, si quiere, por menos que eso, por mucho menos que eso. “¿Sabes cuántas cosas se pueden comprar con un millón?” Y tiene razón, con un millón se pueden comprar muchas cosas.

    No es la primera vez que oigo algo así. Ya en una ocasión unos estudiantes de secundaria básica me contaron, como la cosa más natural del mundo, que ellos mandaban a las novias a buscarse unos pesos como chupa-chupa, para con ese dinero ir después a la discoteca.* Eso de enviar a la novia -y ése es el término empleado- a “luchar unos pesos” se ha convertido en algo común, de todos los días.

    Uno podría preguntarse: ¿Dónde está aquello del hombre nuevo? ¿Del desprecio absurdo por los bienes materiales que tanto propagandizó el castrismo en décadas pasadas? Pero más que eso, uno podría preguntarse: ¿Dónde quedó ese cubano, machista, sí, pero hombre entero que sentía veneración y respeto por sus esposas, novias, madres, amigas?

    Siempre ha gente dispuesta, en todas partes del mundo, a hacer cualquier cosa por un millón de dólares. Pero aquí esa forma de pensar ha devenido en plaga indetenible, en pandemia.

    ¿Qué pasó con nuestra forma de ser? ¿Qué pasó con nuestra moral? ¿Qué pasó con nuestras buenas costumbres? ¿Cuándo empezamos a convertirnos en esa cosa que hoy somos, donde nada ni a nadie se respeta? Hoy hasta sentimos vergüenza de utilizar términos como moral o de hablar de buenas costumbres.

    Para los cubanos y cubanas que fuimos había un código de conducta que era inviolable, cosas de la moral popular, de la ética del pueblo, de la cultura, que no se enseñaban en ninguna . La mujer era inviolable e intocable para nuestros antepasados. La idea de prestar o alquilar su propia esposa o novia era inimaginable. Había chulos y prostitutas, pero estaban bien localizables en sus zonas, y no se mezclaban con la gente de bien, ni eran bien vistos, ni se convertían en héroes de su comunidad, ni su conducta era utilizada como imagen del triunfo en .

    El respeto a la novia, a la esposa, a la madre, a la hermana del amigo, a la mujer del amigo, eran leyes no escritas, pero constituían un código de conducta a seguir para ser considerado un hombre de bien. Ser una especie de Lazarillo de Tormes era, para el hombre cubano, ser alguien despreciable.

    Muchas veces escuchamos decir a los abuelos que la gente de hoy no respeta nada, no cree en nada. Para el ser humano siempre cualquier tiempo pasado fue mejor, pero en la Cuba de hoy eso es una realidad y no cosas de viejos. Cuando era pequeño, recuerdo la emoción que sentíamos cuando en los matutinos izaban la bandera de la estrella solitaria, cuando nos hablaban de Martí, de Céspedes, de Agramonte. Hoy, paradójicamente, en una nación regida por un totalitario que se autodefine como la única opción de la nacionalidad, los jóvenes y niños no sienten el más mínimo respeto por esos símbolos nacionales. Hoy, más que nunca, prolifera el culto a lo extranjero. Nunca ha sido más débil nuestra nación.

    ¿Cuándo empezó toda esta debacle? ¿Quizás es propia del estalinismo esta pérdida de valores nacionales, este desplome de la moral nacional?

    Bueno, podemos recordar y enumerar muchas posibles causas. Quizás fue cuando el café se volvió una bebida pequeño burguesa o cuando llorar a un difunto, velar a un amigo o pariente en una funeraria eran debilidades y rezagos del pasado o amar a la madre o a la novia que se fue para o simplemente escribirles era ser contrarrevolucionario o cuando renunciamos a nuestra religión, cuando empezamos a decir jarachó en lugar de bien o cuando la familia se convirtió en un elemento deformador en la educación del hombre nuevo o cuando le quitaron los adolescentes a los padres para enviarlos a esas terribles escuelas en el campo o cuando salimos a humillar, golpear, ofender y hasta matar en el 80 a nuestros compatriotas que querían irse del país. ¿Cuándo?

    El estalinismo -y no voy a redundar en lo ya harto conocido- nos trajo la mentalidad homicida de los bolcheviques, su austeridad, su terrible seriedad, su odio a la literatura, al arte, a la cultura vino preñado de aires siberianos, de olor a GULAG, de frialdad chekista, de podredumbre moral, de miedo, de su falta de piedad, vino con el koljos y la sopa balanda. Trajo hasta sus frases: sepan que ya Stalin llamaba a sus adversarios escoria y gusanos.

    Por suerte, y a pesar de los estalinistas tropicales, nuestra cultura ofreció resistencia a la barbarie bolchevique. Pero el daño estaba hecho, los ingredientes propios del castrismo hicieron también lo suyo, y hoy pagamos las consecuencias.

    Las buenas costumbres, heredadas de nuestros antepasados, esa raíz profunda que es la columna vertebral de una nación, se convirtió en un rezago del pasado que había que extirpar. Borrón y cuenta nueva. Pero, ¿cuál cuenta nueva? Todo lo pasado se convirtió en malo.

    Las pérdidas demográficas han sido sensibles, casi toda nuestra pequeña, mediana y alta burguesía abandonó el país. Decenas de intelectuales, artistas, escritores tuvieron que marchar al exilio.

    La familia, esa entidad que hasta los comunistas llaman la célula fundamental de la sociedad, fue dividida, fragmentada, demeritada, convertida en reservorio culplable del pasado explotador que había que olvidar.

    Las buenas costumbres se convirtieron en malas costumbres capitalistas. Había que construir la nueva moral socialista. Otra entidad seriamente agredida fue el matrimonio, los nuevos comisarios tropicales se entrometieron desconsideradamente en los asuntos entre marido y mujer. Uno de los colmos fue el envío de los llamados sobres amarillos a los soldados que combatían en el extranjero, donde les anunciaban la traición de su mujer con otro hombre mientras el compañero cumplía una “honrosa misión internacionalista”, un acto de sádica crueldad. El “culpable”, sin cortapisas, debía de inmediato repudiar a la supuesta adúltera, so pena de no ser un digno representante de la nueva moral comunista.

    Tu esposa podía y puede ser enviada al más remoto rincón de la geografía cubana o mundial a cumplir una honorable misión, lejos de su cónyuge, sin que la opinión de ambos sea tenida en cuenta. Primero la revolución sacrosanta.

    Otro efecto devastador sobre el decoro nacional lo ha tenido la doble moral, la necesaria y temible necesidad de ocultar nuestra forma real de pensar, en un medio hostil que niega cualquier pensamiento diferente al oficial, y que no sólo lo niega, lo reprime rigurosamente. El cubano ha aprendido a ocultarse, a enmascararse, se ha convertido en un ser mimético que miente para sobrevivir, para conservar el trabajo, para estudiar, para viajar al extranjero, para conservar algún privilegio o simplemente para no “buscarse problemas”.

    Ante la imposibilidad de dar solución a las dificultades que le aquejan, se hizo popular la frase “no cojas lucha”. No coger lucha, no hacer nada, no buscarse problemas es hoy en día nuestro principal mal nacional. Esa frase pone en el tapete una actitud nacional, una renuncia impropia de nuestro carácter.

    Las innovaciones y mimetismos lingüísticos también son plaga y reflejo de una actitud ante la vida, de una forma de ser el cubano de hoy, que alarma y preocupa. Muchos creen que uno de los retos de nuestra sociedad futura es la corrupción. ¿Cómo combatirla? ¿Cómo evitar un mal que se ha enraizado, que no es nuevo, pero que ha crecido como un tumor maligno que compromete nuestra vida nacional?

    Y regreso a los subterfugios lingüísticos. En nuestro país se sustituye robar por luchar. Un ladrón es un luchador, el que está robando está luchando. Robar es también desviar recursos en el argot burocrático. Robar en un almacén es tener faltantes. En lugar de decir prostituta decimos . Pedir a alguien que robe algo que necesitamos es conseguir o resolver, y así pudiéramos citar cientos de términos que nos sirven para enmascarar nuestra pérdida de valores.

    Los cubanos no preguntamos, a la hora de elegir un puesto de trabajo, cuánto nos pagan, sino cuánto podemos robar en ese lugar. Claro, no decimos robar, sino resolver. Los puestos más cotizados son aquéllos en los que más se puede resolver. Mientras más descontrol, mejor. Total, como nada es de nadie, como todo es de esa figura abstracta que es el Estado, como todo es de todos, ¡sírvase usted! ¿Acaso no es eso lo que pregona el socialismo, o es que entendimos mal?

    Las remesas familiares han jugado su papel. Por un lado, permiten aliviar la difícil situación económica de los que viven en la Isla. Con la ayuda de los parientes que viven en el extranjero más de una familia ha logrado sobrevivir estos años. Pero han creado un nuevo grupo social, los remeseros. Duele ver a esos jóvenes que viven durante años sin oficio, sin meta, sin trabajar, que llevan un nivel de vida superior al de muchos de sus compatriotas, sin más esfuerzo que acudir todos los meses a la CADECA o a la Western Union a buscar los dólares que les mandan sus hermanos o sus padres desde cualquier lugar del mundo. Dinero fácil, obtenido sin esfuerzo, fruto del trabajo y de sus familiares.

    No englobo en esto a todas las personas que reciben dinero de sus familias fuera de Cuba, pero el efecto perjudicial que sobre la formación de un niño, adolescente o joven provoca ese vivir del dinero ajeno, sin hacer nada, sin proyecto de vida, es nefasto. No culpo a la familia cubana, de una orilla o de la otra. Todos sabemos quiénes son los responsables de esta situación, y quiénes son los que provocan que en Cuba no exista un proyecto de vida para nuestros hijos, un presente y un futuro. La remesa es un auxilio, un gesto loable que demuestra que no todo está perdido. El hecho de que los “enemigos”, los calumniados de ayer, olvidando todas las agresiones, las humillaciones, las ofensas, pongan el sentimiento familiar y la solidaridad por encima de todo da fe de que no todo está perdido.

    Tenemos la esperanza de que no sin gran esfuerzo de todos, con la restauración de la república democrática, podamos emprender una verdadera cruzada para restaurar también, junto a nuestros valores cívicos, nuestros principios morales. No podrá haber democracia en Cuba si sigue rigiendo en el país la doctrina del sálvese quien pueda, la actitud del no cojas lucha, la doble moral, la corruptela que convierte el robar en resolver. Podremos ser entonces la república más corrupta y amoral de las Américas, y eso no es lo que queremos para el futuro.

    * Chupa-chupa. Así se conoce en la Cuba de hoy a los muchachos y muchachas que por cuarenta pesos se venden en los semáforos, pasos peatonales, esquinas oscuras, etc.

     

    http://cubanet.org/CNews/y05/oct05/24a4.htm

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